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La hipótesis Martínez

Un país que condena a una parte de la población cada vez mayor a unas condiciones de vida cada vez más precarias se convierte en un lugar peligroso.

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Al maestro Juan Martínez, bailaor flamenco de Burgos, la I Guerra Mundial le pilló en Turquía. Unos meses antes había cogido un barco con su esposa Soledad y se había cruzado el Mediterráneo en ruta hacia el Bósforo, porque los turcos pagaban bien y porque había que ganarse la vida. Aquello fue el comienzo de muchas historias que Martínez le contó años después al periodista Manuel Chaves Nogales, que andaba exiliado en París y decidió novelar su aventura, tal vez porque advirtió un destello que conectaba a aquel hombre con el espíritu de su tiempo.

Martínez tuvo que salir de Turquía con las maletas a medio hacer después de un altercado con un oficial alemán borracho. Vivió una temporada en Bulgaria y más tarde en Ucrania. El regreso a España era imposible y Martínez y Soledad terminaron estableciéndose en Rusia. Allí, mientras se buscanban la vida bailando en teatros y cabarets estallaron la revolución y la guerra civil, sin avisar y soltando chispas. Por alguna extraña razón, el maestro Juan Martínez tenía la poco envidiable virtud de atraer sobre sí los acontecimientos históricos.

Todo lo que ocurrió entre Turquía y Rusia, Martínez lo fue contando a través de Chaves Nogales, que escribió unas memorias en primera persona con lo que el viejo bailaor le fue relatando por las mesas de los bares del París de entreguerras. Tituló el libro con exactitud de buen reportero: El maestro Juan Martínez que estaba allí. Sin adjetivos, sin lirismos. Europa se hacía pedazos y los hombres se asesinaban, y el maestro Juan Martínez estaba allí, eso era lo importante.

Martínez no era un experto en política internacional pero sabía una cosa: que la situación empieza a volverse peligrosa cuando escasea el pan. Por eso cuenta que lo primero que hizo al llegar a Bulgaria, que aún no había declarado la guerra a nadie, fue aprovisionarse de hogazas de pan blanco, en previsión de lo que pudiera pasar y ante la sonrisa ingenua de los búlgaros, que no sabían todavía la que se les venía encima. El pan era para Martínez como el canario enjaulado de los mineros antiguos: la señal convenida para echar a correr.

Hoy Europa ya no es aquella Europa. Las dos guerras mundiales limaron el continente hasta dejarlo en los huesos. Europa dejó de ser el centro del mundo y tuvo que rehacerse con respiración asistida y Plan Marshall hasta volver a alcanzar lentamente la paz. El rescoldo ya quema poco. Habrá nuevas guerras, pero difícilmente volveremos a ver otro Auschwitz u otro Hiroshima.

La Europa actual anda metida en otros peligros y en otras luchas, pero la hipótesis Martínez sigue siendo válida. Hace tan solo dos años, en 2013, varias personas se quemaron a lo bonzo en Bulgaria en unas protestas que comenzaron por un aumento drástico en el precio de pan.

Ahora que en España hay quien empieza a hablar alegremente de recuperación económica no pasa nada por recordar que la desigualdad sigue estando ahí, que las estadísticas son demoledoras y que un país que condena a una tercera parte de su población a unas condiciones de vida cada vez más precarias y se desentiende de los más débiles se convierte en un lugar peligroso e injusto.

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