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Si hoy es sábado, hay milagro

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El concierto de Enrique Iglesias en Santander acaba en pitada

El pasado sábado, a las cinco de la mañana, un gran estruendo precedió al desprendimiento de la península santanderina. El satélite Aqua MODIS de la Nasa fue el primero en detectar la falla que recorría en sentido transversal la península desde el castillo de Corbanera hasta Peñacastillo. Rápidamente, otros satélites redirigieron sus objetivos a la zona solo para confirmar el sorprendente acontecimiento geológico. La misión Sentinel-1 de la ESA y su satélite Copernicus así lo hicieron minutos después; y la IceBrisge de la Nasa dejó de seguir la deriva del gran iceberg desprendido de la plataforma Larsen C de la Antártida a primeros de julio para poner su atención en el norte de la península ibérica. ¿Qué estaba ocurriendo?

Sorprendentemente había concomitancias entre ambos hechos. La superficie desprendida de sus respectivos continentes era similar (5.800 kilómetros cuadrados en el caso del iceberg y 5.000 kilómetros el del español), a lo que se sumaba la proximidad de los dos acontecimientos en el tiempo y el hecho de que se trataran de territorios marítimos. Hasta ahí las semejanzas.

Lo que les diferenciaba abría un abismo entre dos singularidades. Uno luce más pelado que el cubito de un vaso de whiski, el otro está poblado; uno se derrite paulatinamente a medida que deriva hacia el norte, el otro se mantiene inmutable, con sus vacas, sus carriles-bus y sus smartfarolas; uno es silencioso, en el otro no paran de cantar.

¿De cantar? ¿Qué relación hay entre los cánticos y el desgarramiento?

Científicos de todo el mundo están investigando todas las posibilidades, pero la línea de acción más insólita, por no decir más descabellada, es la que vincula la explosiva irrupción con megafonía del rosario de la Aurora por las calles de una ciudad desierta con la no menos explosiva ruptura de amarras que retenían la ciudad de su vínculo con tierra a la misma hora.

Sin embargo, esta línea de investigación conduce a un callejón sin salida por el que ningún científico serio se quiere adentrar. Que la espiritualidad propia del Día del Carmen, con las calles abigarradas de fieles extáticos, los grupos procesionales que dándose de latigazos recorrían arriba y abajo Puertochico, el fervor estereofónico e hiperdecibélico que despertó a media ciudad y la hizo oír el rosario, quisiera o no, se vincule con el cataclismo no puede ser aceptado por una mente sensata.

Sin embargo, no todo ha de ser cientifismo en esta vida. Doctores en otros campos tiene la Iglesia y el mismo Vaticano ha enviado equipos para investigar este particular fenómeno de misticismo norteño. Ya hay quien habla de milagro, pero no hay que adelantar acontecimientos.

Mientras, la península deriva hacia el norte, como el iceberg del Larsen C, seguido por una flota de buques científicos, mil ojos polifémicos de satélite y las armadas de los países cercanos. Todos los exorcismos practicados han dado resultado negativo.

Al caer la noche, el pedazo de isla llamado Santander difumina sus contornos, a medida que las tinieblas la van cubriendo en su singladura hacia el siglo XVI.

Ya se la había perdido de vista cuando todavía oíase el himno de un último cantor, un tal Enrique Iglesias. Después, el eco de la isla se perdió en los radares.

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