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Somos idiotas (II)

El aburrimiento activo de la posmodernidad sólo es soportable con una amplia oferta de consumo para idiotas. Pensamos tan poco que lo deleznable parece estupendo

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El peligro del emprendimiento (ya saben: la única oferta del sistema agrietado para nosotros, los habitantes del precariado) es que se pueble de iluminados. La cosa funciona así: todo lo que venda está permitido, todo aquello por lo que la gente esté dispuesta a pagar es una idea brillante... y vaya que si brillan algunas.

Ayer estuve a punto de morir atragantado con el delicioso café que disfrutaba en una hermosa terraza de Cabezón de la Sal cuando cumplía el ritual de leer el periódico para dejarme sorprender por la mirada 'oficial' de la vida que se practica en esos gruesos pliegos de papel dispuestos a modo de mapa de lo consentido en nuestra sociedad. Sin querer llegué a un reportaje sobre una oferta alucinante que está siendo el último grito del ocio activo (¿he escrito ocio activo?) en Santander. Un gancho que trae a gentes desde Asturias a Euskadi porque, ya se sabe, Santander es una ciudad inteligente sembrada de imaginación emprendedora (si no suscriben esta afirmación es que nunca han entrado a la página fake de El Mundo Today: santandercitybrain). Una súper idea de negocio que va en contra de toda inteligencia compleja pero que arrasa entre los habitantes de la indolente posmodernidad, aquella donde el aburrimiento activo (sí, he escrito aburrimiento activo) nos obliga a estar todo el tiempo "viviendo experiencias" nuevas sin pensar mucho en lo que estamos haciendo.

Vale, ya deshago el nudo dramático del artículo: me refiero a XKapa Santander... ¿No saben qué es? Seguro que sí... no se hagan los remolones, que si no lo sabían ya se ha encargado el diario del mainstream local de publicitarlo sin que paguen por módulos. El Mundo Today titularía: "Santanderinos pagan 50 euros porque los metan en la cárcel". Y no sería El Mundo Today sino un titular ajustado a la realidad.

La gracia de XKapa Santander (una experiencia –atención- de Room Scape) consiste en que uno paga y lo meten en una cárcel de la que debe escapar en 60 minutos. "No sirve la fuerza", explican, sino que es una "experiencia" de "equipos eficaces", de colaboración... En fin, que la publicidad de esta empresita no tiene desperdicio porque de algún modo nos explican que entrar a la cárcel es para "personas de todas las edades y habilidades. No se necesita tener ningún conocimiento previo, solo ser creativos y curiosos". Bueno, y tener 50 pavos.

La casa matriz de esta experiencia está en Barcelona. Allí por 45 eurazos te permiten robar un banco para sacar de una caja de seguridad una joya depositada por el primer ministro de Thaqar (a mi me hubiera parecido más molón sacar de un banco en suiza la pasta que nos están robando los mangantes a los que vamos a volver a votar, pero cada uno con sus obsesiones arabescas). En Barcelona hay otro lugar similar que ofrece entrenamiento para robar joyerías, así que imagino que en ese intercambio de geniales ideas y técnicas se debió cocinar lo de Presmanes (eso de lo que ya nadie habla).

Somos idiotas si seguimos jugando en este tablero perverso del capital donde todo vale y nada se cuestiona, donde todo vale excepto lo que se pueda traducir en dignidad. Vaya mal rollo. Vaya encontronazo con la realidad

Es verdad que yo soy un tipo aburrido y sin imaginación para esto del "aburrimiento activo" pero reconozcamos que hemos pasado de la cutrada militarista del paintball, a las emociones fuertes carcelarias, pasando por el fin de semana zombi con el que cada años se nos tortura. Somos idiotas. O lo son, que uno sigue apostando a lo clásico y ni se maquilla de mortadela, ni va disparando pelotas de titanlux, ni entra a una celda sin resistencia. Esta "aventura", esta "experiencia" es un insulto colectivo en un país donde la población carcelaria es de 65.000 reclusos y reclusas que no pueden jugar a salir porque tampoco les dejaron elegir la entrada. Los emprendedores que se benefician de nuestra idiotez pronto comenzarán a ofrecer la experiencia del feminicidio fingido en un parque temático de violencia de género o tendrán un bono regalo para pasar 60 minutos como secuestrado por un terrible comando de yihadistas oriundos de Astillero (pero convenientemente acicalados para la ocasión).

Esto del juego de escape es simplemente un síntoma de dos enfermedades mucho más graves. La primera se traduce en la oferta del mercado de una vida simulada en la que tener las emociones que nos son esquivas en la vida real. La segunda, en el individualismo más feroz sólo convertible en "trabajo de equipo eficaz" al servicio del mercado o para entretenernos sin pensar.

Leyendo el reportaje que traía la mala nueva pensaba en ese aterrador libro de Isaac Rosa ( La mano invisible) en el que los espectadores pagan por ver a trabajadores en acción mostrando las miserias de la vida laboral precarizada. Me daba miedo pensar en una sociedad que banaliza la estancia en prisión, que podría hacer un juego de rol que nos pusiera en la posición de un refugiado sirio o de un inmigrante senegalés a punto de cruzar el Estrecho, que necesita de parques temáticos para imaginar lo que no quiere ver y televisión basura para, enceguecidos por ella, evitar abrir los ojos... me daba miedo pensar que esa era mi sociedad, preñada de idiotas homogeneizados que fingen ser zombis hasta que un día despierten y se den cuenta de que, realmente, ya lo son. Somos idiotas si seguimos jugando en este tablero perverso del capital donde todo vale y nada se cuestiona, donde todo vale excepto lo que se pueda traducir en dignidad. Vaya mal rollo. Vaya encontronazo con la realidad.

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