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Casi

El secretario general de Podemos Santander, Juanma Brun, analiza con sorna su expulsión del proceso de primarias y habla de los candidatos al Parlamento de Cantabria. 

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Chiste: “Hago el amor casi todos los días: casi lo hago el lunes, casi lo hago el Martes….”

A mí me pasa como en el chiste. “Casi he sido candidato de Podemos, casi he sido diputado autonómico, casi he sido presidente regional….”. Cierto que esto último era muy remoto, pero yo con mis “casis” hago lo que me da la gana.

Adaptarse al “casi” es muy complicado. Reconforta un ratito, porque “casi” –desde un punto de vista físico– da una sensación de cercanía, de estar a punto de algo, como cuando el balón impacta contra el poste: “Qué cerquita ha estado el gol, ¿eh?”. Ya, pero luego miras el marcador y sigues cero a cero. No cero con cincuenta a cero o un miserable cero con veinticinco a cero. No, cero a cero y no hay más que hablar. 

La vida es dura, ¿eh? Bueno, casi lo es. He llegado a un punto en que ya no veo las cosas de forma completa y exacta. Ni siquiera la vida. Vivo en un ‘casi’ permanente.

Y esto ha terminado por generarme un síndrome muy conocido que ofrece cierta apostura clínica a este último trastorno mío, que me sigue haciendo parecer un trastornado, es cierto, pero por lo menos uno con pedigrí.

Tengo el “síndrome del miembro fantasma”. Ya saben. Te cortan la pierna y te sigue doliendo como si no te la hubieran cortado. En cierta manera es lo que me está pasando.  La muñeca, desde hace unos días, me duele horrores, como si hubiera estado estrechando estas últimas semanas centenares de manos. Desde hace unos días saludo a todo el mundo –hembra o varón – con  dos besos (“¡Oh, que parisino!” – “Bueno, en realidad soy de Badajoz”. Adiós glamour.)

Ayer también me levanté con afonía, debido seguramente a esas decenas de mítines en los que debía haber participado. Me pasó además en un día que no me debía haber pasado. Tenía un juicio importante. Momento clave en la lectura del informe final (pónganme aquí voz del padrino): “Perdone, señoría, pero me estoy quedando sin voz y no sé si voy a poder continuar”. –“No se preocupe Sr. Brun, le estamos por ello especialmente agradecidos. Hoy ha sido, sin duda y con diferencia, su mejor intervención en esta sala”. Nunca falta el humor en una sala de vistas. Por eso los jueces van de negro: son todos imitadores de Eugenio.

Pero lo peor de todo es la sonrisa que se me ha quedado. Una sonrisa enorme, tipo cuarto creciente, o gato de Cheshire, como ustedes quieran. Y eso no es bueno. Sólo sonríe la gente con mala memoria, los imbéciles y los políticos en periodo electoral (y también en periodo pre-electoral o pre-pre… electoral). Sonreír es un signo, básicamente de ‘cretinitud’ (¡toma ya!!). Yo, más que a favor del derecho a la felicidad siempre me he manifestado decididamente a favor del derecho a la infelicidad. Y me manifiesto así por algo obvio: hay que estar siempre con aquellos derechos que realmente puedan disfrutarlos todo el mundo. Y la felicidad, como la mantequilla de cacahuete o las albóndigas de mi abuela, es algo que no pueden disfrutarlo todos.  Además, ya lo dice la santa biblia, la vida es un valle de lágrimas y yo no voy a ser el guapo que le diga a Dios (y menos al del viejo testamento que tiene bastante mala leche) que se ha equivocado en esto.

Pero mis problemas con los “casis” no acaban aquí. Cuando veo a los candidatos al Parlamento regional, los veo a todos también en plan ‘casi’, veo que a todos les falta algo.

 

Es muy complicado ser feliz en la vida. Recordemos que la vida es sobre todo ruido, que ya lo dijeron Skakespeare y Sabina. Este lo dijo, además, cantando, lo que ayuda a recordarlo más fácilmente. No hacer caso a Dios o a Shakespeare, tiene un pase, pero no hacer caso a Sabina, eso es intolerable.

Una persona que sonríe –que es la chapa identificativa que se ponen los felices para darnos con ella la chapa– no es una persona de fiar. A mí a lo largo del día sólo me sonríe un señor que quiere venderme una póliza contra incendios, cuando los únicos incendios que temo son los de mi corazón (segundo y último “¡toma ya!”). Un amigo mío, un poco cabroncete él, que siempre me pregunta qué tal voy en Podemos; y un chico muy agradable de Unicef, que me pide todos los días que me haga socio y que me sonríe con una sonrisa obscena justo antes de ponerme una cara de tristeza aún más obscena mientras me narra toda la miseria que hay en el mundo. Creo que piensa que no veo los informativos o que soy un agarrado. O ambas cosas a la vez, que también puede ser. A mí este tipo de personas siempre me han parecido del tipo “ducha escocesa” –ya saben, agua muy fría y luego muy caliente –que dicen que es muy bueno para el cuerpo, pero a mí esa falta de transición entre la sonrisa magnífica y la cara aún más magnifica de pena, la verdad, es que no puedo con ella-.

Yo sólo concibo la risa al modo Pantoja: “Dientes, dientes, para que se jodan”. Hay que reírse para recordarle al resto de la gente que, en realidad, es desdichada. No hay que hacerlo por maldad, sino para que la gente no se haga ilusiones… Que la gente es mucho de ilusionarse y luego le da por pensar que todo es jauja (si saben lo que es jauja, claro, que yo todavía no lo sé).

Pero mis problemas con los “casis” no acaban aquí. Cuando veo a los candidatos al Parlamento regional, los veo a todos también en plan ‘casi’, veo que a todos les falta algo.

A unos les falta barba, a otros el pelo largo, a otros más altura y a todos les falta un poquito de acento de Badajoz. Como ven, cosas importantes, que yo podría haber llevado sin problemas al Parlamento.

Entre los candidatos hay uno por el que me siento especialmente atraído. Es el candidato de Ciudadanos. Y precisamente le he cogido cariño por eso. Por ser “el candidato de Ciudadanos”. Básicamente por carecer de un nombre propio, que es algo que a mí siempre me ha parecido que está muy sobrevalorado.

El otro día me sorprendió esta conversación:

- Hola, me llamo Juan, ¿y tú?
- Yo soy el de Ciudadanos.
- ¿Puedo llamarte ‘Elde’?

Está claro que en la vida es fundamental abreviar.

Bueno, en fin, que pensando tanto en los últimos “casis” de mi vida y en los trastornos que me han ocasionado, me he dado cuenta de que ya casi he acabado el artículo y de que después de mucho rodeo, realmente no he escrito nada de lo que quería escribir. O casi.

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