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La manada y los camaleones

Los aspirantes pisan el acelerador y si hace falta sacar el codo o el pie, lo hacen. A menor pastel, mayores codazos.

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Las candidaturas electorales están compuestas por hombres y mujeres con formación, honradas, trabajadoras, educadas, simpáticas y cultas. Son personas generosas que deciden alejarse de su oficio por unos años para servir a la gente y para mejorar sus condiciones de vida. Porque tienen ideas, buenas ideas, y creen en el mejor uso de los recursos públicos.

Hasta aquí la versión infantil. Ahora, vamos con la realidad, que las niñas ya no quieren ser princesas. O eso se canta.

Como ya se sabe que en la manada hay de todo, la selva de la política no iba a ser distinta.

Si en nuestro entorno familiar, de amistad, de trabajo y de la relaciones sociales en general no existe un panorama idílico, tampoco vamos a pedírselo a los políticos.  Ahora bien,  ¿contiene mayores miserias? ¿Debemos exigir un plus al servidor público? Al fin y al cabo, manejan el dinero común y sus decisiones nos afectan.

Comienza la hora de hacer las listas electorales en las que irán unos seres humanos que decidirán en nuestro nombre. Las férreas estructuras de todos partidos políticos y el sistema de listas cerradas contaminan el ambiente. Lo marcan. Lo determinan. Lo que manda es la obediencia al amado líder y a la guardia pretoriana de turno, muy amada en esta época.

Los aspirantes pisan el acelerador y si hace falta sacar el codo o el pie, lo hacen. A menor pastel, mayores codazos.

Lo que prima es la fidelidad o más bien la capacidad de convicción del  'precandidato' de esa lealtad y valía para ocupar el puesto. El idolatrado líder (ahora más que nunca, aunque le hayan puesto verde durante los últimos tres años) oirá esos cantos y puntuará al aspirante en función de los votos que calcule que atraiga y las simpatías que le merezca.

La sabiduría o ingenuidad de cada number one para  discernir y decidir es cosa suya, aunque lo pagaremos nosotros.

Como la ambición lo mismo vuela que se arrastra, entre los aspirantes hay que destacar una subespecie que requiere especial atención: los camaleones. Son seres que no han pasado por una evolución ideológica que puede ser perfectamente respetable. Modificar las ideas no es malo, pero hacerlo por lograr una posición social y económica es criticable.

Apunto al que cambia de chaqueta en vísperas electorales. Se puede ofrecer o le pueden ir a buscar, da igual. Los compañeros que abandona le llamarán traidor mientras que los nuevos dirán que es un converso que ha visto la luz.

La historia no es nueva y ya lo decía Groucho Marx: "Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros". El problema es que los camaleones suelen carecen de principios. Lo suyo no es la ideología. Es otra cosa.

La carrera ha empezado e iremos viendo quién asoma la cabeza en la manada y cuantos camaleones hay.

Es cierto es que no todos los políticos son así de chungos como no todos nuestros familiares políticos tienen un champiñón por cerebro, por mucho que a veces lo pensemos. 

Es más, el perfil del candidato puede ser complejo: vago-ocurrente que cae en gracia, trepa-trabajador, eterno ahijado-fiel... De todo hay en la manada.

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