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La mentira de la posverdad

Decimos “posverdad” porque decir “os estamos mintiendo en la puta cara y además os lo creéis” queda más feo

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"La primera víctima cuando llega una guerra es la verdad”. La frase se le atribuye a Esquilo, aunque yo no he sido capaz de encontrarla en ninguna de las siete obras que se conservan de este autor clásico. Podría haberla dicho, porque estuvo jugándose el pellejo en Maratón, y debía de saber algo de lo que ocurre en esos momentos de sangre, vísceras, mierda y miseria. Los hay que dicen que en 1917 Hiram Johnson, un senador aislacionista estadounidense, retomó la cita en 1917, cuando se debatía sobre la entrada de los americanos en la guerra que iba a acabar con todas las guerras. Tan solo un par de décadas después ese cínico que fue Churchill dejó escrito que en tiempos de guerra “la verdad es tan preciosa que debería ser protegida con guardaespaldas”. Al parecer esta cita sí es certera, pero vamos… las quejas al traductor.

Dijese quien dijese tales frases hoy en día debería estar mucho menos preocupado. Y es que la verdad ya no es tan perseguida, ya no mola tanto, ya no es cool, moderna, transgresora, juvenil. No, no, ahora lo que estremece el paladar de los membrillos más exigentes es un invento llamado posverdad. Invento valga la redundancia, deberíamos decir. Porque es precisamente de eso de lo que hablamos. Lo pueden ustedes decorar con los ornatos que les vengan en gana, pero estarían engañándose. La posverdad es modular la información apelando a las emociones del receptor. La posverdad es identificar la realidad con una construcción individual y social que puede venir provocada únicamente por la confluencia de factores objetivos y subjetivos. Bla, bla, bla. La posverdad es una mentira, y eso es lo único que debe importarnos.

¿Cuál es el cambio, entonces? ¿Por qué inventarse términos nuevos para esconder lo que otros antiguos venían a decir con igual precisión? Seguramente no haya necesidades concretas, sino una total y absoluta falta de principios que se va haciendo más y más evidente a lo largo del tiempo. En otras palabras, decimos “posverdad” porque decir “os estamos mintiendo en la puta cara y además os lo creéis” queda más feo. Pero es así. Hay una tendencia generalizada a relativizar la verdad, lo empíricamente comprobable. A reducir su importancia. A, cada vez más, no tenerla en cuenta a la hora de articular movimientos, teorías, incluso ideologías completas. Y esto es lo particular. Que cada vez nos asombra menos, que lo vamos asumiendo, que no nos indignamos ante algo que hace un tiempo sería, sencillamente, inconcebible. Nos mentían igual que ahora, pero disimulaban porque sabían que no lo íbamos a consentir (o que fingiríamos, en este juego de máscaras, que no íbamos a consentirlo). Hoy en día ya no es necesario. De ahí a declarar que es la realidad la que, obstinada, niega nuestras certezas hay un pequeño paso. Uno que, estoy seguro, no tardaremos mucho en ver.

Escribía hace unos meses Javier Marías que los sucesos políticos de los últimos tiempos (y sigo resistiéndome a hablar directamente de “El Tema”) se habían llevado por delante la exactitud en el lenguaje, debido a la sobreabundancia de palabras grandilocuentes usadas en términos poco precisos (y aun menos preciosos) que muchos de los protagonistas han ido escupiendo aquí y allá. Marías (que es un soberbio novelista y un excelente articulista que hay que leer aunque no se esté en muchas ocasiones de acuerdo con él… ni falta que hace) apuntaba bien, pero quizá su reflexión pueda ser considerada desde otro punto de vista. No es tanto que ya no manejemos palabras como “dictadura”, “democracia” o “fascismo” en su significación precisa. O sí, pero no es solamente eso. Y quizá ni siquiera es lo más grave. Eso, lo peor, es que sabiendo que una argumentación basada en esos términos se sostiene solamente hasta cierto punto de metáfora, la misma se ha ido imponiendo de forma totalmente generalizada. Es decir, que nos mienten a sabiendas. Y nosotros aceptamos el discurso asumiendo que una parte del mismo es falsa. Sin problemas. Como si fuese lo normal. Posverdad, lo llaman.

Ya les digo, de aquí a poco tiempo alguien nos dirá abiertamente que nos está mintiendo. Que es por nuestra salud, por nuestro bien. Que aceptemos la mentira sin rechistar. Y lo haremos, vaya si lo haremos. Porque nos estamos acostumbrando. ¿Saben lo peor? Que nadie podrá quejarse de que no se veía venir.

O, a lo mejor, todo lo anterior es mentira. O posverdad. Ustedes deciden.

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