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Los niños borrados

Desatender la salud de cualquier persona es ejercer una forma de violencia legal desde el poder.

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No fui una embarazada feliz. Lo sabía ya, obvio, pero he recuperado el recuerdo de mi falta de conexión con mi yo gestante leyendo Llenos de vida, de John Fante (un libro que si tenéis a bien os recomiendo encarecidamente leer, como cualquier cosa que lleve en portada el nombre de ese señor).

Había un cuerpo deformado, con una tripa enorme que de vez en cuando cobraba vida propia; había también edema en pies y tobillos y una amiga llamada Carmen riéndose a carcajada limpia de mis pies y tobillos; estaba el calor de agosto; las ganas de meterme una botella de vino gaznate adentro; ellas con sus bikinis, ideales en la playa; la necesidad de liarla a mordiscos contra tres o cuatro patas de jamón ibérico; las clases pre-parto; inspira-expira-inspira-expira-inspiQUEALGUIENMEDEUNCIGARRO; estaba yo como espectadora; estaba la imagen que repetía mis movimientos frente al espejo.

Lo que nunca quité fue la cara de sorpresa. Como si estuviera observando de cerca la vida (y el cuerpo) de otra. Supongo que una cara parecida se les ha quedado a los papás y mamás con hijos recién nacidos que se han tenido que dar la vuelta en la consulta del pediatra a lo largo de los últimos días en Madrid. Veamos, no son papás y mamás normales. Tampoco los bebés son bebés normales. No, no, no. Nada de eso. Son de fuera. ¿Inmigrantes? Inmigrantes, eso es. De fuera, vaya. Y por eso les han borrado del sistema.

Como son diferentes, porque son de fuera, es muy probable que esas madres, todas ellas, se sintieran fenomenal en sus embarazos another-day-is-out-but-i-don´t-care. Seguro que les rechiflaba pintarse las uñas de los pies edematosos y se morían por el agua con gas, el zumo de piña y el mosto rojo. Y seguro también que no echaban en falta la carne cruda ni se cagaban en la madre del que inventó el término 'retención de líquidos'.

Para ser un buen gestor hay que deshumanizar a las personas. Si le privamos al sujeto en cuestión de cualquier característica que le asemeje a uno de nosotros, 'humanitos' por designación divina, el resultado sale a 6.000 bebés extraterrestres sin acceso al sistema sanitario. Que a ver, tampoco vamos a llevar la cosa al extremo. No les vamos a meter en cámaras de gas y morirse no se van a morir a las puertas de uno de nuestros hospitales. Los niños pueden ir al médico de manera puntual, pero nada de historias clínicas que sumen nombres raros en nuestras pulcras bases de datos. Tampoco nada de médicos especialistas y no sé, las vacunas dentro de poco supongo que las rifen en plan Los juegos del hambre o algo de eso.

Creo que desatender la salud de cualquier persona es ejercer una forma de violencia legal desde el poder. Hace unos días me llegó un correo de Save the Children en el que la ONG pedía apoyo para solicitar al Gobierno de España y al resto de partidos políticos que bostezan alrededor una ley de medidas integrales para la protección a la infancia contra todas las formas de violencia. En el correo -además de escupir la dolorosa cifra de 70 menores huérfanos en los últimos dos años a consecuencia de la misma- se alertaba de que miles de niños en España están expuestos a situaciones agresivas que ponen en peligro su vida.

Que ponen en peligro su vida.

Al final, por supuesto, tuve un hijo con diez dedos en las manos y diez dedos en los pies. Igualito al de Fante. Me bebí aquella botella de vino, recuperé el contorno y zampé platos de jamón como si no hubiera mañana. Lo que no se me fue nunca es la cara de susto frente al espejo: ante los locos de corbata, ante los irresponsables de despacho, ante los del argumento en el bolsillo de la americana. Ante los gestores.

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