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Cuando no se puede

La voluntad sólo traza una dirección, un querer ir, no un poder ir. La voluntad determina lo que se quiere llegar a ser, no lo que se llegará a ser.

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 "The Mask Series with Saul Steinberg". Inge Morath

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Nos dicen constantemente que se puede pero a veces resulta que no. Incluso cuando no se puede nos dicen que ese no poder ahora nos prepara para poder verdaderamente en el futuro. El fracaso como camino hacia el éxito es un mantra que, de alguna manera, nos invita a fracasar con cierto buen ánimo porque con cada caída estamos poniendo, se supone, la semilla para un buen porvenir. ¿Cuántos fracasos hacen falta antes de desfallecer? Bueno, de eso no se habla demasiado porque lo importante es no perder la confianza en que, si nos lo proponemos realmente, podremos. La clave es la actitud: no hay que dejar de sonreír y hay que seguir intentándolo aunque la sonrisa acabe siendo sólo una máscara.

Creer que si se quiere se puede es tanto como decir que si tenemos fe en nosotros podremos cambiar todas las cosas. Creer que se puede es, pienso, una visión deformada, mágica y engrandecida de uno mismo y de las capacidades propias. En los casos más surrealistas algunos creen poder superar enfermedades o retrasar la muerte si tienen una confianza firme en que lo lograrán (la esperanza es otra cosa). En el extremo de este delirio hay quien, incluso, está convencido de que podrá cambiar el mundo, no su vida íntima y cotidiana sino el mundo con mayúsculas.

Creer que se puede no significa que se pueda. Creer que se puede es una confianza un tanto ingenua que nos tranquiliza unas veces y nos llena de angustia otras porque qué faena cuando creímos poder y no pudimos, qué frustración entonces, qué desánimo, qué culpa por no haber creído en que podríamos lograrlo con la suficiente convicción, con la suficiente fuerza. El deporte, en el que sólo puede ganar uno, refleja bien esta trampa. A muchos jóvenes deportistas les dicen que querer es poder pero al final solo uno es el que puede.

Frente a creer que se puede (esa especie de fe) están la voluntad, el tesón, el trabajo y el esfuerzo, ese poner algo de nuestra parte a la hora de intentar conseguir aquello a lo que aspiramos. Intentarlo, tener intención de, es tal vez lo único que está en nuestra mano porque existen el azar, las circunstancias, los otros que también creen que pueden y una larga sucesión de obstáculos.

No es este un canto al desánimo ni a bajar los brazos. ¿Querer es poder? Pienso que no. En el mejor de los casos a quien cree que puede conseguir algo se le podría responder con un “quizás lo consigas”.  Los alrededores están llenos de personas que no creyeron en que pudieran y que pudieron y de gente que creyó poder y no pudo. También de gente que piensa, en un arranque narcisista, que determinadas situaciones de privilegio de su vida se derivan de su voluntad, capacidad y esfuerzo, de haber creído con fuerza que podían lograrlo, cuando tantas veces esas situaciones privilegiadas deben mucho más al azar y las circunstancias que a esa fe ciega en lo que uno puede conseguir. La voluntad sólo traza una dirección, un querer ir, no un poder ir. La voluntad determina lo que se quiere llegar a ser, no lo que se llegará a ser. Es poderosa, sí, pero no es mágica y no garantiza resultados.

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