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De sombras, pueblos y miedos

Lo del éxodo rural es una evidencia. Que cada vez haya más pueblos sin bar (con lo que eso significa de comunitarización de la sociedad) es dato incontrovertible.

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Cabezón de la Sal

Andaba yo el otro día paseando por el interior de Cantabria, despreocupado, feliz en esa ignorancia de quien ver pero no mira. Totalmente absorto, en definitiva. No iba solo, claro, pero las palabras iban apagando pensamientos aquí y allá, así que prefiero no culpar al resto de nuestra sorpresa.

Decía que estaba por el interior de Cantabria, en uno de esos valles que se van estrechando cada vez más hasta que no queda otra que remontar las montañas. Esas cosas que hay en La Montaña, digo, cuando se deja atrás el azul (y, más frecuentemente, el gris). No voy a decir en cuál, por no dar mala publicidad, nada más lejos de mi intención. Solo deseo ponerles en situación.

Contaba que andábamos por un sitio de esos, y que, además, habíamos parado en un pueblo, un pueblo pequeñito, diminuto, uno de esos que crecen alrededor de una iglesia que lleva allí toda la vida y que después se va dispersando en manchitas hechas de casas y vacas aquí y allá. De los que tienen la misma entrada que salida, por allí la carretera acaba, y los sueños se empenachan por entre las ramas del bosque, de tan cercano. Creo que todos nos hacemos una idea.

Pues eso, que nos decidimos a parar allí, que era lugar conocido, acogedor. Y entonces pasó, sin saber muy bien cómo. El sol ya se había escondido tras las montañas y estaba oscureciendo a pasos agigantados, porque cuando las cumbres están cerca la noche llega antes, y parece como si alguien apagase la luz. Y lo mismo con el frío, que antes había un solecito de lo más agradable, y ahora todos teníamos las manos metidas en los bolsillos y cuando hablábamos empezaba a salir vaho de nuestras bocas. Aunque cada vez menos, porque el silencio se estaba apoderando de aquello. Y el vello de la nuca se me erizó, y supe que no era por el viento, y empecé a tener una vaga sensación de inseguridad, de desconocimiento, que resultaba inquietante.

Nadie sabía muy bien qué estaba ocurriendo. Lo que antes era un vecindario recogido, detenido en el tiempo como un barco dentro de una botella, un sitio por el que habíamos cruzado caminares en el pasado, tornaba ahora en espacio ignoto. Sombras apagadas surgían aquí y allá, por el rabillo del ojo, por el sentir a la espalda. La brisa ya no acariciaba las ramas de los castaños, sino que les arrancaba gemidos sordos, ahogados. Un aullido de lobo rasgó lo que ya era un silencio incómodo y todos nos acongojamos un puntito más. Bueno, en realidad, era un ladrido de un perruco diminuto que llevaba una amiga mía, pero en aquellas situaciones la sugestión hace milagros, oigan.

Y entonces, sin saber la razón, todos nos detuvimos, asustados. Ligeramente acojonados, vaya. Nos miramos fijamente, sin cruzar palabras. Las pupilas titilantes que sorprendían, aquí y allá, a figuras sin forma, entes que sin duda encerraban cosas. Cosas malas. Estábamos frente a una casa enorme, una de piedra, con ventanas sucias y la puerta cerrada a cal y canto. De su muro frontal sobresalía un cartel cuadrado, de colores desvaídos, blanco y rojo, ajado por el paso del tiempo, por el abandono, por los inviernos que juegan a deslucir la vida.

Todos los que allí nos encontrábamos nos pusimos en círculo, a estas alturas era inútil fingir que nada pasaba. Algunos se cogieron de las manos, uno apretó contra su pecho al chucho, que gruñó agobiado. ¿Qué ocurre?, dije con voz chillona, ¿qué está pasando aquí? Y solo silencio. Hasta que alguien, no recuerdo quién, respondió. La tragedia. Y los peores temores, los más profundos, los más ancestrales, se hicieron realidad en aquel puñado de palabras.

- Han cerrado el bar del pueblo.

Dice Xoan Tallón, parafraseando a Menéndez Pelayo (aunque en ese giro de citas cruzadas, existentes o inventadas, que son los artículos del gallego ya no sabe uno bien quién cita a qué autor y quién es citado) que el pueblo que cierra sus bares está condenado al olvido. Y es verdad. Reconozco que lo anterior está tratado de una forma un poco frívola, deliberadamente exagerada. Pero encierra, creo, una gran verdad. Y es que en los pequeños concejos rurales del interior de Cantabria han ido cerrando, en los últimos años, multitud de establecimientos. Que no eran solamente bares, sino también tienda, centro de reunión, de esparcimiento, noticiero de lo que acontece en el valle, refugio en invierno, olor a leña en chimenea, café bien cargado, matarratas en vaso fino con hielo, por favor. Puede parecer banal, algo sin importancia, pero no lo es. Porque la realidad que encierra es bastante más dramática.

Se ha hablado bastante durante los últimos meses de un meritorio ensayo de Sergio del Molino titulado 'La España vacía'. Al margen de ciertos errores incomprensibles (como decir que el treceñés Fray Antonio de Guevara era asturiano) y de algunas faltas de contextualización a nivel histórico, el libro bien merece una lectura, y una reflexión. Porque trata de lo que su nombre indica, de la desertización de prácticamente todo el interior de la península. Y porque, a menor escala, causas y consecuencias parece que se pudieran trasladar al caso de Cantabria.

Porque lo del éxodo rural es una evidencia. Que cada vez haya más pueblos sin bar (con lo que eso significa de comunitarización de la sociedad) es dato incontrovertible. Y, al final, se concentran recursos, servicios y posibilidades en un espacio geográfico cada vez más y más reducido, abandonando consecuentemente otro que aumenta en igual medida su tamaño. Y es eso lo que acarrea el final de un pueblo.

Bueno, eso y cerrar el bar, vaya. Que nos tuvimos que ir a otro pueblo un poco más abajo. A hacer gasto.

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