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Un sopapo a tiempo

En la historia de la madre detenida por sacudir un sopapo a su hija hay mucho más que una anécdota; está el conflicto entre la esfera pública y el reducto irrenunciable de lo privado

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La coeducación nace para educar en igualdad.

No es fácil abordar este tema, porque está justo en la frontera entre la esfera íntima de lo que ocurre en casa y la esfera pública del bien común, del cuidado por los ciudadanos. Me refiero al asunto recientemente ocurrido en la ciudad que resultó con la detención de una madre por la Policía Municipal después de que ésta sacudiera un sopapo a su hija.

Lo siento, no puedo darles fe de la intensidad del sopapo, pero me inclino porque fue bastante considerable. Como quizá ya sepan, la mocosa había salido del colegio y eran las cuatro de la tarde cuando por fin consideró razonable aparecer por su casa, mientras su madre la esperaba al borde del ataque de ansiedad.

Sinceramente, mis padres no hubieran sido tan pacientes y les aseguro que el sopapo hubiera sido el prólogo de un largo e inolvidable castigo. Pero es verdad, son otros tiempos y las cosas se ven de otra manera. Mi novia dice, con mucha gracia que, siendo cinco hermanos, si a su madre le hubieran aplicado esta legislación, le hubiera caído cadena perpetua porque no es fácil gobernar una casa con cinco críos inquietos.

Tampoco quiero culpar al vecino que alertó a la Policía Municipal. Todo lo contrario, con las cosas que se ven hoy en día, bien valía la pena dar la voz de alarma aunque fuera para un paseo del coche patrulla en balde antes que encontrar una situación irreparable como la actualidad nos enseña cada día.

"No creo que pegar a un niño sea la manera más adecuada de educarle, pero afirmo que los niños son los primeros en darse cuenta cuando hacen algo que no deben"

No creo que el asunto del sopapo pase de simple anécdota, probablemente los policías que la custodiaban iban tan inquietos como la detenida y estoy seguro de que la más tranquila era la niña. En fin uno de esos disgustos que son intensos en lo inmediato pero que no tardan en superarse.

Lo que les planteo es olvidar un poco el trazo grueso de la anécdota, la discusión de sobremesa y adentrarse en algo más profundo como es la autoridad de lo público sobre lo privado, sobre la vida de las personas.

El ayuntamiento de Barcelona pretende prohibir que los peatones recorran las calles de la Ciudad Condal sin camisa y lo cierto es que el buen gusto y el decoro se verán beneficiados por ello. Pero si el objetivo es que los paseantes no sean horteras, el empeño va a ser ímprobo porque no es misión de lo público velar por lo cool y mucho menos colocar la barrera entre lo que mola y lo que no.

Con ese ejemplo traído por los pelos vuelvo al asunto del sopapo y me siento orgulloso de que la Policía Municipal de Santander esté pendiente del bienestar de los ciudadanos, pero me preocupa que los poderes públicos me digan cómo tengo que educar a mis hijos. Hace tiempo que incluso la severa Inglaterra prohibió los castigos corporales en los colegios y, desde luego, mis hijos no han recibido ni uno de los pocos cachetes que en su día me gané yo en la rifa de mi colegio, de modo que no percibo una alarma en este aspecto.

No creo que pegar a un niño sea la manera más adecuada de educarle, eso por descontado, pero afirmo que los niños son los primeros en darse cuenta cuando hacen algo que no deben. La única forma de modificar su conducta, sin recurrir a la zapatilla, es a través de transmitir cierta autoridad y la autoridad no se gana a golpes, sino principalmente a través del ejemplo.

Para mi -y les aseguro que tengo una relación con mis hijos inmejorable- los padres no podemos ser amigos de los hijos, porque la amistad requiere unas conductas que tienen muy poco que ver con la jerarquía familiar. En la estructura del parentesco, los padres están en la punta de la pirámide, con su responsabilidad y sus obligaciones irrenunciables, y los hijos en la base, con las suyas propias.

Seguro que tarde o temprano mis hijos harán suya esa evolución que dice: cuando era niño creía que mi padre lo sabía todo. En la adolescencia, pensé que mi padre estaba muy equivocado. En la juventud creí que mi padre no tenía ni puta idea. Y ahora, en la madurez me doy cuenta de cuánta razón tenía el viejo.

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