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La torre más blanca

El patrimonio arquitectónico de Cantabria es tan rico que muchas de sus joyas nos pasan habitualmente desapercibidas. Desafortunadamente solemos reparar en ellas cuando las noticias que las rodean son negativas.

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Seguramente la imagen no ha pasado desapercibida para esas miles de personas que cada día recorren la (tortuosa) autopista entre Torrelavega y Santander. Su figura erizaba, aun eriza, una pequeña montaña a la altura de Gornazo, quedando a mano izquierda si se viene desde el Besaya. Era orgullosa, coqueta, algo decadente como tienen que serlo las damas de provincias desde que la Bovary marcó tendencia, tan guasona. Era, además, misteriosa como una noche de niebla, porque resultaba complicado llegar hasta su base, y porque había que meterse en vericuetos de mil y una carreteras, descubriendo tesoros de esos que, como todos los que merecen aun la pena, están escondidos. Y desde allí miraba, recta como la historia nunca lo fue. Con aroma a dorado añejo en sus piedras. Que ahora no están.

Es una torre, una torre de esas defensivas, de forma prismática, con gruesos muros y vanos casi inexistentes, lo justo para poder pasar por allí una flecha con la que intentar asaetear a los malvados que nos están cercando (si estás dentro de una fortaleza y te someten a sitio los de fuera son, indefectiblemente, “los malvados”). Seguramente no sea ni siquiera la torre original (aunque sin duda está donde estuvo ésta, porque el emplazamiento es ideal para una de esas construcciones), sino una reedificación posterior, de Edad Moderna y aun después. Pero parecía antigua y tenía el aire que tienen las cosas importantes. Tenía, digo, porque ya no lo posee.

Esta torre que podemos ver desde la autovía ha cambiado su aspecto, y donde antes presumía de piedra vieja y labrada por los vientos luce ahora, avergonzada, un traje de hormigón que destaca como un saco de patatas en una fiesta de Mario Vargas Llosa. Puede relucir, sí (y lo hace en días de sol, parece un espejo de malas intenciones, que esos siempre brillan) pero al final se le ve fuera de sitio. Y lo mismo pasa con la misma piel de la torre, que ahora semeja, paradójicamente, desnuda, y en lugar de modernizarla tiene pinta de que la han herido de muerte.

Esta torre que podemos ver desde la autovía ha cambiado su aspecto, y donde antes presumía de piedra vieja y labrada por los vientos luce ahora, avergonzada, un traje de hormigón

El caso es que hoy esa torre, esa torre defensiva, recuerdo de tiempos más duros, de tiempos donde había que estar prevenido ante el ataque de todos (y esos todos eran, normalmente, tus propios aliados, los del valle de al lado, los que apoyaban a otro señor de la zona…las guerras que hubo en Cantabria durante la Edad Media y la Edad Moderna eran, sobre todo, guerras banderizas y nobiliarias) ya no parece tal, y ha quedado como un enorme dedo extendido de blanco marmóreo que lucir, luce, pero parece que no alimenta el espíritu.

Ojo, no estoy diciendo que la rehabilitación, si es que ha sido eso, haya sido errónea. No soy arquitecto, ni historiador del Arte, no tengo capacidad para discernir la importancia cultural que pueda tener este bien en concreto, no me atrevo a emitir juicios categóricos. Es más, de lo poco que he ido leyendo a lo largo de los años veo que este tipo de intervenciones son las más demandadas en algunos países del entorno. Intervenciones, digo, que se preocupan de mostrar con evidencias claras (a veces incluso obscenas, recuerden la rehabilitación de otra torre en Cádiz que saltó a la prensa hará unos meses) qué es lo original en el edificio y qué es lo que ha sido retocado, para lograr de esta forma no una armonía entre ambas realidades, sino un contraste tan grande que cualquiera que lo vea pueda fijar sus ojos alternativamente en aquellas piedras que vieron pupilas siglos atrás y en esos pegotes que solamente atraen mirares desde hace cuatro días. Insisto, esta es la tendencia, y hay tratados muy sesudos explicando por qué es lo adecuado y por qué a quienes les gusta lo contrario son simpáticos borregos a los que adoctrinar. Así que dicho queda, no me voy a meter más con esto.

La idea era más reflexionar un poco sobre el inmenso patrimonio arquitectónico que existe en Cantabria (solo en torres defensivas hay varias docenas…y muchas otras que se han ido perdiendo) y que, en muchas ocasiones, está en manos privadas y sujeto, por lo tanto, a los caprichos (limitados por la Ley, pero caprichos al fin y al cabo) de sus dueños. Y que este patrimonio es tan extenso que no todos sus edificios pueden tener la protección máxima, y luego nos encontramos con zarandajas como las de esta torre de la que hablamos. Y, oigan, que igual es para pensarlo un poco.

Así que ya saben, la próxima vez que salgan a pasear por Cantabria (que es eso tan verde, tan azul y tan gris que hay más allá de los edificios grandotes, aclaro por si a alguno le resulta extraño el concepto) vayan fijando su ojear curioso aquí y allá. Seguro que encuentran alguna joya en la que antes no habían reparado. Una casona, un blasón, una torre. Seguro que la encuentran. Y, con un poco de suerte, aun no estará en ruinas.

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