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Unas vacaciones baratas en el mundo de la normopatia

El normópata (o la normópata) sitúa la norma como una muralla de piedra entre sus pensamientos y el mundo social que le rodea. Cuantas más normas haya mejor.

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Son las 12.20 de un 22 de diciembre de 2016. A las afueras de Santander, en un colegio de la periferia, cerca de un conocido centro comercial y de una vieja fábrica que produce alambrón, se desarrolla una función escolar de navidad. Justo a esa hora y en ese lugar actúan mis hijos. Llego tras un largo viaje con la idea de aparecer para poder ver la obra que representan. Para mi sorpresa llego a tiempo. Veo, mientras me acerco, el movimiento de niños intranquilos que se agitan, el ritmo de la mañana, los círculos de padres y madres que conversan felices en el exterior del recinto. Nada fuera de lo habitual en este tipo de festejos escolares y navideños. Sin embargo, justo al entrar, una chica me detiene el paso. Una joven que sin embargo tiene ya el gesto severo de una vieja profesora rancia. Me mira y me pide "la entrada". Es cierto, no tengo. No la llevo. Sin embargo, mientras me insiste en la necesidad de tener "entrada" puedo ver desde fuera que el salón donde actúan (en realidad el gimnasio) está medio vacío. Es la última actuación y la mayoría de gente (padres y madres de cursos inferiores) se ha ido. Pero no puedo pasar, "son las normas", me dice.

Aunque apenas haya gente a esas horas, las normas son las normas y sin entrada no hay acceso a la actuación. "Está bien", digo. Me acerco a saludar y la joven me persigue y me pide que salga del gimnasio. "Son las normas", insiste. "Bueno, lo veré desde fuera", añado. "No. Tampoco. Sin entrada no se puede ver la actuación", concluye para mi asombro dicha profesora. "Son las normas". Es una actuación escolar de navidad, pero las normas se imponen con puño de acero, como si el contenido y la seguridad implicasen la necesidad de esa férrea disciplina. Finalmente, desoyendo la prohibición de permanecer siquiera en la puerta para ver la actuación mientras el interior está medio vacío con algunas de las sillas sin ocupar (algo bastante ridículo, por cierto), decido mantenerme en la puerta. Algunas madres en el interior se percatan de lo fuertemente estúpido de la situación y una de ellas consigue una entrada. Así, finalmente, pude acceder. "Son las normas", insiste posteriormente la directora del centro. Las normas son así. "En ningún teatro se puede entrar sin entrada", insiste. ¿Teatro? ¿No era una inofensiva actuación de navidad? Y vuelve: "son las normas, iguales para todos". Normas, normas, normas.

Este caso personal y navideño puede servir de ejemplo a uno de los temas clave de la actualidad y que se convierten, por desgracia, en algo recurrente: la pulsión normópata que nos rodea. Normas, normas, normas. La directora del centro, sus "secuaces", etc., son perfectamente retratables dentro de esta patología (normopatía) que tiene que ver con considerar la norma como la salvaguardia objetiva ante cualquier problema, como escudo ante cualquier eventualidad. Como si las normas naciesen y se desarrollasen con vida propia, como si el poder naciese de ellas por una especie de ósmosis. Es algo que en algunos lugares y espacios públicos (desde colegios hasta universidades) se ha convertido en muleta para generar una presunta objetividad. Una objetividad que a su vez inviste a algunas personas de una presunta y delirante autoridad, como en el caso mencionado, donde no puede haber diálogo porque lo que hay son: normas, normas, normas. Las normas funcionan en estos contextos en la medida en que sirven para tranquilizar a quien debe gestionar. La norma como anestesia. El normópata (o la normópata) sitúa la norma como una muralla de piedra entre sus pensamientos y el mundo social que le rodea. Cuantas más normas haya mejor. Ahora bien, gestionar no es poner normas y más normas, al contrario, es tratar de conseguir que con la menor cantidad de normas posibles los espacios sean capaces de autodesarrollarse sin problemas. O dicho de otro modo: las normas son estúpidas si, en lugar de favorecer la gestión de lo público y de sus gentes, sirven, únicamente, para generar espacios de vacío.

Las normas no son verdad y no producen verdades. Huyamos de la normopatía que nos rodea, y busquemos otros espacios. Enseñar a disentir antes que a consensuar no tiene nada de malo y puede ser un principio

Las normas no predicen, no tienen vida, son meros formalismos. Las normas, vistas como en este caso, en lugar de servir a la gente terminan por ser su opuesto: acabamos por ser nosotros quienes servimos a las normas. No hay eficiencia en la norma si la norma no se flexibiliza en función de los contextos. Y esta normopatía tiene mucho que ver con las formas capitalistas de difusión de mensajes. Esteban Hernández, en su reciente y recomendable 'Los límites del deseo. Instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI', escribe: "Cuando el deseo de estabilidad no se pretende conseguir mediante la incorporación de conflictos, sino a través del orden y la disciplina meticulosa de la vida, el poder se coloca por encima de la sociedad". Esto implica que más tarde o más temprano uno "está preparado para cualquier problema futuro, excepto para el que terminó aconteciendo". He ahí la ceguera del normópata, para quien el lema es único: normas, normas, normas. Un altar a las normas. Normas rígidas.

La normopatía nos excede, nos vacía plenamente de subjetividad y le otorga a la norma todo el peso del deseo. Los psicoanalistas Joyce McDougall y Christopher Bollas lo han estudiado en varias ocasiones. Para ellos los normópatas son "aquellas personas que tienen una tendencia a atender las normas de manera extrema. Las personas que tienen esta característica suelen perder su propia subjetividad, ya que sus decisiones están fuertemente influenciadas por lo que ellos consideran que la norma define como "lo correcto". Lo correcto es que haya normas y que estas normas sean iguales e inalterables en todo momento y lugar, ya sea eso la NASA, la Constitución Española, o un pequeño colegio público de una pequeña ciudad de un país periférico.

Enseñar a nuestros hijos e hijas que las normas en contextos sociales públicos y de relación educativa son importantes no puede desligarse de que aprender a flexibilizar esas normas en función de variables inesperadas o simplemente diferentes es también un valor educativo, incluso un valor superior. Para otros psicoanalistas el problema es más complejo. Por ejemplo, Christophe Dejours relaciona la normopatía con "la banalidad del mal", de la que hablase Hannah Arendt. Es decir, el normópata es aquel de actúa "porque las normas lo dicen". Inoculado por el virus de una norma, el normópata no se cuestiona el sentido o las posibilidades de cambio, ya que la norma es objetiva y habla por nosotros. Esto es: actuar sin percatarse de la maldad y/o estupidez de esas normas. En muchos centros públicos esta normopatía se convierte en un eje delirante.

Es importante impulsar la necesidad de huir de esa normopatía para generar espacios de encuentro y disenso, sobre todo en los espacios educativos públicos. Cumplir la norma por el mero hecho de tener forma gramatical de norma no otorga a esa proposición sentido de verdad. Las normas no son verdad y no producen verdades. Huyamos de la normopatía que nos rodea, y busquemos otros espacios. Enseñar a disentir antes que a consensuar no tiene nada de malo y puede ser un principio.

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