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Sin voto, sin debate

El voto rogado cumple perfectamente con su cometido: un 94 por ciento de los emigrantes españoles en el extranjero no votará el 20 de diciembre. Quienes promovieron la reforma pueden sentirse orgullosos. Es una obra maestra.

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Viñeta

Hay casi dos millones de ciudadanos españoles con derecho a voto que viven fuera de España. Eso lo sabe el PP, lo sabe el PSOE, lo sabía la difunta CiU y lo sabe el PNV, los cuatro partidos que en 2011 decidieron reformar la Ley Electoral para poner todos los obstáculos posibles y alguno más a todos esos ciudadanos que, a día de hoy, tienen que rogar que el Estado les conceda la gracia si quieren ejercer su derecho al voto. El verbo no es casual, el mecanismo que permite votar a los emigrantes se denomina así, voto rogado, y en su nombre no hay engaño: literalmente se trata de un ruego.

Lo normal cuando uno es español es vivir en España. En ese caso no hay que hacer gran cosa para votar el próximo 20 de diciembre: basta con acertar con el colegio electoral, enseñar el DNI y meter una papeleta en un sobre. Para quienes por distintas circunstancias, y el paro, los infrasueldos y la falta de oportunidades no ayudan, se han marchado al extranjero, la cosa es mucho más complicada. En función de la situación en la que se encuentren en el país de residencia, permanente o temporal, los emigrantes tienen (en realidad han tenido, porque el plazo se cerró el 21 de noviembre) que dirigir una petición a los consulados a través de internet o de manera presencial, lo que supone desplazamientos, tiempo, kilómetros y otro tipo de zancadillas.  

Una vez que se completa el proceso hay que cruzar los dedos porque a veces, aunque uno lo haya hecho todo correctamente, las direcciones se atragantan, los sellos se marean, las cartas se extravían en correos y las papeletas llegan tarde o no llegan nunca. Si todo se ha hecho de manera correcta (y a estas alturas, entre la desinformación, las distancias al consulado, las webs que se bloquean y los errores postales la gran mayoría de quienes alguna vez tuvieron intención de votar ya han desistido) solo queda ir a una oficina postal, certificar el voto y confiar en que llegue a su destino.

Parece un mecanismo propio del siglo XIX, es cierto, pero cumple perfectamente con su cometido: un 94 por ciento de los españoles que viven en el extranjero no votará el 20-D. Quienes promovieron la reforma pueden sentirse orgullosos. Es una obra maestra. Desde 2011 la participación electoral entre los expatriados, que solía rondar el 35 por ciento, ha caído casi veinte puntos. Eso son muchas bocas calladas.

Atresmedia decidió que no había necesidad de que los expatriados vieran el debate a cuatro del lunes. Quien lo intentó desde cualquier lugar del mundo a través de su página web se encontró con un mensaje que informaba de que solo los suscriptores podían acceder al contenido.

Tal vez por eso Atresmedia decidió el lunes que no había necesidad de que los expatriados vieran el debate entre Soraya Sáenz de Santamaría, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. Desconocemos las explicaciones porque no se han dado, pero quien intentó ver el debate desde cualquier lugar del mundo a través de la página web de Atresmedia se encontró con un no así de grande y un mensaje que informaba de que solo los suscriptores podían acceder al contenido. Suscribirse cuesta cuatro euros al mes. Ver el debate en televisión en España, en cambio, no costó nada. Uno de los actos centrales de la campaña electoral se privatizó para casi dos millones de personas, un jódete y baila y no haberte ido de los que te dejan haciendo palmas.

Como vivimos en un mundo como Dios manda sabemos que nada prohíbe a Atresmedia cobrar por el acceso a sus contenidos, porque eso es lo que hacen las empresas: vender y cobrar y viva la libertad de comercio. Pero tal vez, por vergüenza y por aquello de actuar de vez en cuando como un servicio público, la cadena debería haber dejado el debate al margen de la mercancía. Y tal vez también los candidatos participantes, que tan bien negocian los tiempos, los turnos y las preguntas, deberían haber impuesto que el debate se emitiera para todos, también para los que viven fuera pero no renuncian a participar en la vida política de su país.

Los españoles que residen en el extranjero ya han votado porque la Ley obliga a hacerlo antes de que comience la campaña electoral (pasarán otros treinta años, veremos a gente pasear por la superficie de Marte y seguiremos votando por carta, asfixiados por los plazos, y nos seguirá pareciendo muy lógico) por lo que ningún emigrante iba a cambiar su voto independientemente de lo que ocurriese en el debate, pero digámoslo claro: cuando a la carrera de obstáculos del voto rogado que organiza la Administración se le suma el detalle buitre de Atresmedia no hay expatriado que no se quede con la cara de medio lado y la incómoda sensación de que irse de España es dejar de existir.

(A modo de posdata puedo decir que el debate lo tuve que escuchar por la radio, así que no sé si Rivera parecía demasiado nervioso, si Sáenz de Santamaría leyó en exceso, si el sudor en la camisa de Iglesias fue para tanto o si a Sánchez se le torció el gesto más de la cuenta cuando oyó hablar de las puertas giratorias. Yo solo venía a recordar que la emigración no es un destierro).

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