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ENTREVISTA | Fernando Aramburu

"La equidistancia me parece ofensiva para aquellos que sufrieron la violencia en el País Vasco"

"Busco suscitar emociones. Mi tarea como escritor no se limita a trasladar al texto algo que ha ocurrido, quiero intervenir en la conciencia de quien me lee, pero no prejuzgando la lectura de una manera ideológica", apunta Fernando Aramburu

"Sentiría mucha pena si olvidáramos a las víctimas y su dolor, si las dejáramos solas o las barriéramos debajo de la alfombra como si fueran polvo" 

"La memoria es una tarea de todos. Delegamos en los políticos y manipulan, manipulan de una manera instintiva"

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El escritor donostiarra Fernando Aramburu juega una partida imaginaria de ajedrez.

El escritor donostiarra Fernando Aramburu juega una partida imaginaria de ajedrez.

A Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) le ha sorprendido la contienda electoral vasca presentando su última novela Patria (Tusquets), una obra que trata sobre todo sobre la convivencia en una Euskadi que ahora respira paz, pero que en las últimas décadas ha estado bañada por la sinrazón, las bombas y las pistolas de ETA. Podría ser el libro de cabecera de esta campaña electoral, pero sin duda eso es hacerle de menos a esta obra literaria que ha enganchado a los lectores.

La entrevista tiene lugar en un céntrico hotel de la capital vizcaína. Aramburu, que vive en Alemania desde 1985, suele venir a Euskadi "al menos dos o tres veces al año". Es la una de la tarde y se nota que tiene ganas de volver a sentarse a la mesa junto a su madre en Donostia, una ciudad en la que, de nuevo, acaba de estallar el celuloide de la mano de la 64º edición del Festival de Cine de San Sebastián.

Lo que ha pasado en Euskadi en las última décadas dista mucho de ser solo un guión más de otra película de acción. Aramburu cree que ha llegado la hora de "crear el relato de lo sucedido". Y ahí ve la necesidad de que todo el mundo participe: "La memoria es una tarea de todos". Y añade en tono crítico: " Delegamos en los políticos y manipulan, manipulan de una manera instintiva".

Aramburu deja claro que en esa construcción del relato, las víctimas deben tener un lugar fundamental. "S entiría mucha pena si olvidáramos a las víctimas y su dolor, si las dejáramos solas o que las barriéramos debajo de la alfombra como si fueran polvo", confiesa.

Estamos en campaña electoral en Euskadi.

Sí, pero no la estoy siguiendo, la verdad. Me ha pasado completamente inadvertida. No me llega nada a Alemania y ahora estoy tan absorbido por la promoción, que no tengo tiempo ni de ver el telediario.

Quería aprovechar esta charla para hacer una entrevista casi como una mezcla de cultura y política. Aprovechando las diferentes puertas que nos abren los nueve personajes de la novela para sobrevolar sobre esa época sangrienta, la de ETA, que ya es casi historia. Y, sobre todo, la de la convivencia, la construcción del relato de lo ocurrido aquí. 

El discurso político es insuficiente para entender la realidad. Y una de las cosas que no me gustaría que hiciera nadie con mi novela es que la instrumentalizara políticamente. Mi dedicación plena, y la más intensa en mi vida, es la literatura. Opuesta a la manera de cómo el discurso político entiende y representa la realidad.

Le confesaré que he empezado el libro por el final. Por pura curiosidad. Usted afirma que la novela fue concebida "como un largo antecedente de su episodio final".

Sí. El episodio final suscita una interpretación simbólica, pero para entenderlo hace falta la explicación previa de todas las páginas anteriores, claro.

Sin duda.

Porque es un hecho común: todos nos abrazamos a los amigos y familiares continuamente, pero algunos abrazos son muy difíciles. Particularmente cuando han ocurrido hechos atroces: abrazar a quien te hizo daño no es fácil, ni que a uno le abrace el que le hizo daño.

O la petición de perdón.

Exacto, son actuaciones personales y tienen además una repercusión muy positiva en la sociedad. No es lo mismo desarrollar la vida de cada uno en una sociedad pacífica, donde la gente convive, y ahora estamos mucho mejor que antes, eso es indiscutible. Ahora la tarea, aparte de construir la convivencia, es crear un fondo testimonial para que las futuras generaciones o los jóvenes de ahora tengan respuestas a preguntas que se puedan hacer. ¿Qué pasó? ¿Por qué se hizo lo que se hizo? ¿Quién lo padeció? ¿Quién lo perpetró? ¿Cómo se vivió todo aquello? Y la literatura puede hacer una contribución a este fondo testimonial.

Cuando se plantea escribir este libro, ¿es ese uno de los impulsos primordiales?

Es un impulso que percibo claramente, Patria estaba terminada para 2015 y el trabajo abarcó casi tres años. Quiero contribuir, no a la memoria histórica, sino al fondo de la memoria de mi tierra natal mediante mi particular relato, que no es el único que existe. Yo no puedo aportar la versión verdadera o la única, eso es falso, pero aporto mi mirada, que es una entre otras muchas.

Porque su obra va de la convivencia, ¿verdad?

Claro, es que Patria va exclusivamente de la convivencia. Pone a convivir a nueve personajes, los interrelaciona, algunos mantienen lazos afectivos, de amistad que se rompen por causa de la violencia, y que unos logran más o menos rehacer. La convivencia es la médula de Patria.

Es una novela coral en una Euskadi donde se ha sufrido mucho. Ha querido otorgar voz a todo el mundo.

Eso lo tenía muy claro: no iba a escribir desde fuera sobre mis protagonistas, sino que ellos también intervendrían con voz propia en la trama, y para esto tuve que hacer un ejercicio de modulación lingüística, que el habla singularizase a cada uno de ellos.

Se reconoce muy bien cada perfil de cada personaje, desde el terrorista Joxe Mari, hasta Bittori, pasando por su marido Txato, asesinado por la sinrazón. Se nota que ha habido un trabajo en ese sentido. Pero me gustaría ligar esa idea con el concepto de equidistancia o con la intención de blanquear el pasado terrorista, un riesgo que algunos ven en esta sociedad.

A mí, la equidistancia no me parece válida moralmente, creo que es ofensiva hacia aquellos que sufrieron la violencia y creo también que las víctimas del terrorismo merecen, si no cariño, cosa que también creo que merecen, por lo menos respeto. Y el respeto supone que no se las ponga a la misma altura que a los agresores. No hace falta abrazar una determinada ideología para darse cuenta de que se está siendo desconsiderado con un sector de la población.

Y le preguntaba también por el riesgo del blanqueo...

Lo que no he querido es intervenir en mi novela para aclarar quién es malo o quién es bueno. Mi novela tiene que ver con el terrorismo, con la realidad común que hemos vivido en el País Vasco, pero tiene también episodios de amor, familiares, laborales, viajes, accidentes, hay momentos felices.

Bueno, como la propia sociedad vasca, que ha estado atravesada por el fenómeno del terrorismo y la violencia, pero donde la gente seguía viviendo el día a día.

Sí, es verdad que el terrorismo está como un telón de fondo, vertiendo unas sombras sobre los personajes, pero éstos tienen otro tipo de vivencias que no son las que tienen que ver con el terrorismo. Era muy importante que los personajes tuvieran un desarrollo vital dentro de la novela, que abarca 30 años de narración, van cambiando, tienen contradicciones y facetas diversas. Si no, la novela no me funciona como documento vital. Si los personajes no son creíbles, no van a emocionar, el entorno no se va a identificar con ellos o no los va a rechazar como quien rechaza a un ser real. Esa es la diferencia con respecto a la historia, que opera con datos; la novela tiene ese componente humano, emocional que le da su propia identidad.

Pero también habrá sido importante ser fiel a la realidad, a lo que pasó en relación al fenómeno del terrorismo.

Eso no quita para que yo me haya inventado mis personajes y los hechos que narro, el 90% también son inventados, pero no estarían en la novela si no hubieran ocurrido otros parecidos. Hasta el punto de que se me han acercado algunos lectores, no profesionales, no críticos, y en privado me han confesado que algunos episodios les resultaban muy cercanos. El texto estaba suscitando emoción.

Que es lo que siempre busca el escritor.

Que es lo que yo buscaba, claro. En realidad mi tarea no se limita a trasladar al texto algo que ha ocurrido, quiero intervenir en la conciencia de quien me lee, pero no prejuzgando la lectura de una manera ideológica, eso desvirtuaría la novela. La novela no lleva ninguna dedicatoria, ni tampoco prólogo, no tiene notas a pie de página. Empieza desnuda y así, hasta que termina, no hay intervención externa alguna. Se presta la misma atención a unos personajes que a otros, lo cual, repito, no quiere decir que haya equidistancia, pero evita que los personajes sean planos. Al final hay un glosario para los lectores que no conocen la lengua vasca, como gesto de deferencia.

Desde fuera de la novela, como lector, también percibo que para el etarra Joxe Mari es una gran liberación salirse de ETA y quizá un comienzo para ponerse a buenas consigo mismo.

Hay una frase de uno de los personajes, Joxe Mari, el etarra, que resume bien el desenlace: "Se salió de ETA, durmió bien", casi al final de la novela.

Él está en la celda de Puerto Santamaría 1 y ha evolucionado. Pasa mucho tiempo a solas, en su sistema marmóreo de ideas empiezan a surgir grietas, grietas que se las infiere no solo la evolución política que pudiera tener, sino otros acontecimientos como el ictus de su hermana, el hecho de que por fin conoce el amor físico, cosa que le faltaba, etc. Y decide salirse de ETA pero no decirlo. Yo no hago comentarios en la novela, pero le lector sacará sus conclusiones y consecuencias. Él le confiesa a su madre el miedo que tiene a volver al pueblo si todo eso se sabe.

Sí, es algo muy real, que les ha pasado a los presos etarras que han abandonado la organización terrorista: el riesgo al ostracismo, a ser señalado con el dedo por sus excompañeros...

Sí, volver al pueblo como un arrepentido. Joxe Mari se sale de ETA pero a escondidas.

Pero al mismo tiempo es una liberación, es quitarse esa mochila vital tan pesada.

Exacto. Desde fuera de la novela, como lector, también percibo que para él es una gran liberación salirse de ETA y quizá un comienzo para ponerse a buenas consigo mismo.

¿Cree que Euskadi está de alguna manera cometiendo un error? ¿Ve a su ciudadanía que va muy rápido? Cinco años después del final prácticamente de ETA, quiere pasar una página tan dramática y dolorosa como la de la violencia, pero y tal vez sin leerla por completo.

Yo lo veo de manera distinta. Creo que el tiempo no se puede detener, pienso en atentados y me doy cuenta de que no existen como hecho inmediato. El presente en el que se produjeron ya no existe, lo que existe es el recuerdo y la posibilidad del testimonio. Entiendo que la gente juega sus cartas en la vida, busca trabajo o va a trabajar, lleva a sus hijos al colegio y tiene otras ocupaciones que no obligan a nadie a volver la mirada y fijarla de la mañana a la noche en un acontecimiento trágico, en un atentado que pasó, etc. Yo no quiero contribuir a hacer la página de lo que pasó o dejar de pasarla, sino contribuir a crear un espacio de la memoria. A llevar como memoria tantas cosas y sucesos atroces que han ocurrido a un lugar al que puedan acudir los ciudadanos de manera voluntaria o por curiosidad para saber lo que pasó. Pero que sea ese ciudadano el que decida libremente si pasa página o no.

En ese espacio se reunirían las distintas versiones, relatos en formas diversas: películas, fotos, periódicos antiguos, novelas, libros de historia, entrevistas. Nosotros no tenemos que llevar en el cerebro la historia pasada de la noche a la mañana. Aunque yo sentiría mucha pena si olvidáramos a las víctimas y su dolor, si las dejáramos solas o las barriéramos debajo de la alfombra como si fueran polvo.

Fernando Aramburu posa junto a un tablero de ajedrez antes de la entrevista.

Fernando Aramburu posa junto a un tablero de ajedrez antes de la entrevista.

De ahí que se hable de este tiempo como el de la 'batalla del relato' y la importancia que tiene para construir la convivencia.

Pienso que la tarea consiste en crear el relato, y esa tarea la deben hacer los historiadores, los periodistas, los escritores de manera voluntaria. Hay olvidos de distinta naturaleza, efectivamente. Hay olvidos que favorecen al agresor, borra su culpa, su delito, su acto criminal. La aportación que yo haría a ese espacio de la memoria sería contraria a ese olvido interesado, calculado, que además sirve a algunos para blanquear la casa.

Durante mucho tiempo la reacción de la ciudadanía ante lo que estaba pasando con ETA fue tibia, tardó mucho en alumbrarse ese comportamiento cívico de denuncia. Por eso hay una cierta sensación de culpa, una losa muy pesada.

Creo que hay un vicio que percibo con cierta intensidad cuando vengo de Alemania aquí; la rápida tendencia de muchas personas a delegar en los políticos la interpretación de la realidad. Por ejemplo, hay una inundación y allí van los políticos a echar sus discursitos, que por cierto no suelen ser sinceros o tener densidad humana. En este caso del que hablamos, creo que no deberíamos dejar a la clase política la interpretación de nuestra historia. Es muy importante que intervenga el sabio, el historiador, el poeta, el cineasta...

¿Cree que es patrimonio del todo el mundo ayudar a construir ese relato?

Exacto, ahí lo ha expresado muy bien. La memoria es una tarea de todos,  pero hay que reconocer que no todo el mundo está capacitado para escribir un testimonio o lo que sea. Delegamos en los políticos y manipulan, manipulan de una manera instintiva.

Pues ha aterrizado en plena época electoral.

En época de elecciones, todavía peor. 

La novela está funcionando muy bien, ese detalle que ha contado de personas acercándose para decirle que se ven reflejadas en algunos episodios o sentimientos...

Eso es lo mejor. A mí me toca mas el corazoncito que venga una lectora y me diga que mi libro le ha causado un efecto muy positivo. Una vez una persona me dijo que una novela mía –Viaje con Clara por Alemania– le había salvado el matrimonio. Yo pensé que era una broma. Eso para un escritor es lo máximo: que un libro signifique algo desde un punto de vista personal para el lector. Desgraciadamente estos días estoy hablando muy poco de literatura con respecto a Patria, pero no puedo olvidar que es una novela. Pero una vez que se publica, la obra ya no es mía.  Reconozco que estoy abrumado por la repercusión que está teniendo el libro. Yo soy un hombre solitario, que dedica horas del día en soledad a escribir su libro, con sus dudas e incertidumbres, junto palabras y, por fin, un día llego al punto final y entrego el libro. Bueno, entrego la obra, y el editor la convierte en libro, en un producto. Pero el destinatario del libro es el lector. Y ahora con las redes sociales llegan muchos ecos de lo que supone para mucha gente la novela.

Es usuario de Twitter y Facebook.

Soy tuitero y estoy en Facebook, sí. Como vivo lejos, me permite meter un dedito, a veces de manera juguetona.

Le gusta jugar en las redes, no cree que Twitter sea un estercolero, como dicen algunos.

Es un juguete. No estoy de acuerdo. Si las redes sociales fuesen un estercolero no me metería, no me da placer meterme en estercoleros; todo lo contrario, tengo una relación  afable y divertida con personas que no conozco. Y si la cosa no va bien, los bloqueo. Soy muy borrador. No perdono una, pero tampoco me ocurre continuamente.

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