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"Cuando te empiezas a dar cuenta ya es tarde"

Un grupo de mujeres víctimas de la violencia de género describen sus sufrimientos, sus miedos, esperanzas y, sobre todo, sus ganas de seguir adelante.

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“Es que realmente no te das cuenta ni cuándo empieza el maltrato. Tú estás viviendo el día a día. Cuando te empiezas a dar cuenta ya es tar­de”. Este relato forma parte de un libro-informe editado por la Dirección de Atención a las Víctimas de la Violencia de Género del Gobierno vasco, en el que se narra la historia de un grupo de mujeres que han sufrido malos tratos por sus parejas o ex parejas y cómo están tratando de salir adelante y rehacer sus vidas. Un libro en el que 28 mujeres dan testimonio de su sufrimiento, a la vez que trasladan a las instituciones sus demandas y las carencias que sufren. En una semana especialmente negra, con cuatro mujeres muertas a manos de sus parejas y ex parejas, con la apresurada presentación de la Estrategia Nacional contra la Violencia de Género, los testimonios de las víctimas que están tratando de salir de este túnel supone una esperanza para las miles que aún ni siquieran logran atisbar algo de luz. A pesar de todo lo sufrido, una de las reflexiones es que "es necesario creer en los hombres aunque los nuestros hayan sido unos hijos de puta".

Se trata de un proyecto puesto en marcha por la Dirección de Atención a las Víctimas de la Violencia de Género del Gobierno vasco para descubrir las carencias en la prevención de esta lacra. Para ello dinamizó a finales de 2011 un grupo integrado por 28 mujeres víctimas de violencia de género y ha ido recopilando información sobre sus ideas, opiniones y sentimientos. Es la primera vez que el Gobierno vasco incorpora en un documento escrito la voz de las víctimas. Un trabajo que recientemente ha sido editado y con el que se pretende mejorar la legislación y las líneas de trabajo institucionales.

Euskadi registró a lo largo del año pasado más de 4.000 episodios de malos tratos, la inmensa mayoría infligidos a mujeres. Las víctimas que llevan escolta por temor a sus agresores supera las 60 y las que cuentan con algún tipo de protección se eleva hasta las 4.600. El drama parece no tener fin. Mariola Serrano, ex directora de la Dirección de Atención a las Víctimas de la Violencia de Género del Gobierno vasco y profesora de Derecho de la Universidad de Deusto, fue una de las impulsoras de este proyecto.  “Todo parte de una idea: la administración diseña políticas para mejorar la situación, pero sin contrastarlas con las verdaderas protagonistas. Cada mujer que sufre el maltrato doméstico tiene sus propias vivencias y eso le lleva a actuar según su propia realidad”.

La lectura de los testimonios de las 28 mujeres que han intervenido en el proyecto refleja que no hay dos historias iguales de maltrato. Algunas duran mucho tiempo, otras poco. En algunas, las agresiones físicas tienen  todo el protagonismo y en otras el maltrato es continuo, pero más sutil.

Aunque resulta difícil establecer un momento de inicio concreto de la violencia, el trabajo advierte de que “en muchas de las historias las agresiones comienzan o se incrementan sustancialmente una vez se contrae matrimonio o cuando la mujer queda embarazada o da a luz al primer hijo o hija, agresiones que son justificadas por la falta de atención que se presta a la pareja”.

Así lo vivió una de las protagonistas del estudio: “No sé en qué punto pasa… que te peguen una patada es normal, que te empujen es normal, que te tiren de un coche en marcha es normal… porque algo habrás hecho… y cuando te das cuenta es tarde de narices”.

Aislamiento

En las historias se repite la soledad con la que han vivido un maltrato que han intentado mante­ner oculto. Se sienten cuestionadas por los demás, avergonzadas y no se atrevan a contar lo que pasa. Suelen ser momentos de baja autoestima y de miedo, que impiden identificar otras formas mejores de vida, apuntan los autores del trabajo. “Les cuesta identificar los primeros síntomas de la violencia”, recalca Serrano.

“Durante esos diez años”, refleja una de las historias, “nadie supo nada, ni mis padres ni nadie sabían nada de lo que me estaba pasando. Era la vergüenza”.

Pero ¿cuál es el desencadenante o el momento en el que se toma tal con­ciencia de la situación como para dar el paso hacia la ruptura? Al igual que ocurre con el inicio del maltrato, indica el estudio, no existe un único factor o momento con­creto de toma de conciencia, sino que son distintos los factores que pueden desencadenar el final de una realidad que, en la mayoría de los casos, no se quería aceptar.

“No lo queremos ver (…) Lo ves en pequeños detalles, son indicadores de que algo está ocurriendo (…) Se hundía el barco y había que salvarse”, así detalla una de las víctimas el momento en el que empezó a tomar conciencia de lo que le estaba ocurriendo. “Te empiezas a dar cuenta cuando ves que tú no eras así. (…) que estás muerta en vida. Llega un momento que te das cuenta de que no, que esto no, igual por una misma puede aguantarse pero por unos hijos no”.

“Te empiezas a dar cuenta cuando ves que tú no eras así. (…) que estás muerta en vida. Llega un momento que te das cuenta de que no, que esto no, igual por una misma puede aguantarse pero por unos hijos no


El miedo a que los hijos e hijas sufran. Ese suele ser el detonante para dar el paso y denunciar. Las madres se dan cuenta de las situaciones de riesgo que pueden sufrir sus hijos e hijas si siguen conviviendo con el agresor. “Mis hijos estaban en riesgo, se le iba la boca con ellos (…) No veía más opción, mis hijos corrían peligro”, detalla una de las víctimas. “El miedo a la muerte, el peligro a morir y que mis hijos se queda­ran sin madre”, apunta otra. “No quería enseñarle a mi hija que un hombre no la valore”. “Eres consciente cuando ves que perjudica a tus hijos y cuando ves que hay otro mundo”.

Tras la identificación del maltrato y el miedo por las consecuencias para los hijos, llega el momento de dar el paso hacia la ruptura.  La disolución de la pareja se caracteriza, según el informe, por el miedo al ‘qué dirán’, la vergüen­za de tener que exponerse, la incerti­dumbre de si se las creerá o el cuestio­namiento del entorno (segunda victimización). También por un periodo marcado por la inseguridad y la in­defensión, por la inestabilidad emocional, por las consecuencias de la ruptura (residencial, económica, etc.) y por el riesgo al que se exponen al romper con el agresor.

“El día que dices lo dejo”, narra una de las víctimas, “se te llena todo de entusiasmo, alegría, te entran ganas de cantar, vas por la calle como pisando fuerte, he podido… pero jooo, el dinero, el juicio, el abogado de oficio, la ventanilla… Es un tema muy duro, te ves sola muchas veces (…) me he visto sin dinero para dar de comer a mis hijos, una vecina me daba, una amiga me dejaba, la otra no sé qué… (…)”.

Otra recuerda los miedos que le invadieron tras la ruptura. “Después de esa primera noche que consigues dormir tranquila vuelven los miedos, el miedo a cuando salga de la cárcel, el miedo a encontrarlo, el miedo a que aparezca en la puerta del cole­gio…”.

Todas las mujeres coinciden en señalar que el camino que hay que re­correr para superar una situación de maltrato es infinitamente más difícil de lo que cualquiera se imagina en un principio. Describen el proceso como “una carrera de  fondo en la que hay que conseguir ir sumando fuerzas para no volver atrás”. De ahí que sea tan importante el apoyo de la red social próxima (familiares, amigos…), el sopor­te de los recursos especializados, etc.

Y en esa carrera, la administración  no puede convertirse en un obstáculo, advierte Serrano. “”Se ha avanzado en la atención y protección, pero existe una dispersión de recursos que las víctimas denuncian. Existen diferentes ventanillas a las que acudir sin la coordinación necesaria. La administración debe conectar sus recursos y no constituirse en un problema más”.

Normalización

La normalización de la vida es uno de los deseos más anhelados por las mujeres participantes en el grupo. Sin embargo, identifican factores que impiden esta normalización: el sistema no consigue garantizar su segu­ridad, los procesos judiciales y administrativos se dilatan mucho en el tiem­po, se enfrentan a deudas que no les corresponden, deben de volver a cons­truir su entorno social, etc.

Además, “la inseguridad es algo con lo que hay que vivir durante mu­cho tiempo” , no sólo por un miedo irracional sino por situaciones reales que recuerdan a las mujeres que el agresor sigue estando presente: cuando in­cumple las órdenes de alejamiento, cuando sale de la cárcel. En esos casos, son las mujeres las que vuelven a perder su libertad.

En lo concerniente a la vida sentimental, algunas ya han rehecho su vida, pero otras no lo creen probable ni tan siquiera dentro de diez años, incluso más de una no lo desea. Las que han vivido el maltrato hace más tiempo se muestran más esperanzadas:

“Es precioso tener relaciones sexuales con alguien y no sentir asco ni miedo (…) a quien puedas decir hoy no me apetece ir al cine, prefiero ir a…”.  “Es necesario creer en los hombres aunque los nuestros hayan sido unos hijos de puta”.

Por encima de todo, lo que más anhelan es reconciliarse consigo mismas, verse más seguras, con más autoestima. En definitiva, verse “mejor que ahora”. Lograrlo, pasa para algunas de ellas por que se las reconozca el sufrimiento (los hijos, la familia, amistades), para otras solamente depende de ellas mismas.

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