Opinión y blogs

eldiario.es

Geuk, una mirada dentro de nosotros

Un momento de la reunión. Foto: Ixi García.

“Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada.”

Antoine de Saint-Exupéry

El alineamiento 'irrupción digital + crisis económica + crisis social' de los últimos años ha provocado un seísmo de considerable escala en todos los sectores de producción cultural que sin duda transformará el viejo modelo en el que la cultura era pieza inherente al bienestar social.

Seguir leyendo »

Los fantasmas de Kukutza

Estos días se juzga a una veintena de jóvenes por la ocupación del 'gaztetxe' bilbaíno de Kukutza. En este juicio estoy citado como testigo por la defensa, en calidad de experto en asuntos culturales, aunque sospecho que más bien es por dar a la 'causa' un barniz pluralista. Y puesto que demandan visiones plurales, voy a ofrecer mi punto de vista sobre el tema.

En cualquier ciudad que se enorgullezca de serlo conviven espacios culturales institucionales y espacios alternativos. En Bilbao, a finales de los 80 la implantación de los centros cívicos convivía con locales ocupados ('gaztetxes') y si repasamos su historia nos encontraremos con que el primer centro cívico de Bilbao, el de Otxarkoaga , se construyó sobre unos locales municipales ocupados, después de alcanzar un acuerdo con la coordinadora de grupos del barrio.

Entre los años 1987 y 1992 se pactó un modelo de gestión compartida entre Ayuntamiento y asociaciones. Cogestión (centros cívicos) versus autogestión (gaztetxes). En el espacio sociocultural de los centros cívicos, convivían la capacidad de impulsar actividades de la iniciativa social y la capacidad de aportar recursos comunitarios de la institución. Hablo con conocimiento de causa, ya que además de vecino fui el director del centro cívico en aquellos años.

Seguir leyendo »

¿Qué pensaría Yoko Ono de estar exponiendo en un buque de guerra?

'Offensive', de Paul McCarthy y Mike Bouchet.

Nunca ha habido demasiadas dudas sobre que el Museo Guggenheim Bilbao, antes que una institución cultural es un instrumento desarrollista, una marca tan global como localista, un emblema comercial, paradigma de una de las últimas mutaciones de la sociedad de mercado: el capitalismo cognitivo. También nos resulta cada vez menos extraño que una institución financiada principalmente con fondos públicos y cuyos fines también deberían serlo, opere bajo formas y lógicas corporativas neoliberales y neocoloniales.

Pero aunque todas lo sepamos, el Guggenheim (en connivencia institucional) siempre ha puesto mucho celo en que esto se note lo menos posible, promoviendo su imagen como joya de la corona de la milagrosa transformación urbanística y económica (y por ende social) de Bilbao (y por ende de Euskadi). Por eso, podría parecer también normal que el Museo apenas cuente con departamento curatorial, pero que en cambio si posea una importante maquinaria al servicio del marketing y un potente brazo jurídico. Una manera de producir y proteger su legitimidad hegemonica, que esta no sea cuestionada.

A pesar de todo, en ocasiones, escándalos en la gestión o pequeños (grandes) gestos artísticos -desde un arte que aun resiste débilmente a su total instrumentalización y genera, ya no sabemos si anticuerpos o virus-, ponen en jaque a la institución, cuestionando, si no su legitimidad, si sus fundamentos éticos y morales. Y es en estos casos -en los ligados al propio arte- cuando la institución se desenmascara y muestra a las claras lo que es. Un lobo con piel de cordero, una fiera depredadora del propio arte, un soberbio instrumento de softpower que sólo tolera un arte domesticado (del que no importa tanto el contenido como que esté sometido a su lógica, dentro de sus límites, de su control), mero maquillaje chic consensual. Una máquina de guerra simbólica, dispuesta a descargar su fuego real sobre aquello que pretenda desvelar su simulacro.

La obra objeto de polémica, exhibida en la Grán Vía de Bilbao.

La obra objeto de polémica, exhibida en la Grán Vía de Bilbao.

El último caso que ha puesto en funcionamiento el brazo legalmente armado del Guggenheim Bilbao ha sido la obra de Paul McCarthy y Mike Bouchet, 'Offensive'. Una lona publicitaria de 2.000 metros cuadrados que, a modo de 'spin off' de la exposición de los artistas en Portikus de Frankfurt, ocupaba un emplazamiento principal en plena Gran Vía bilbaína. Una gran imagen invertida del Museo, representando un buque; pero no uno de esos mercantes antaño construidos en Abandoibarra y que supuestamente inspiraron a Gehry, sino un acorazado. Una metáfora sobre los intereses ocultos, políticos y económicos, que cada vez más (¿no siempre ha sido así?) sustentan y atraviesan el sistema del arte. Algo que ha molestado al Museo, quizá por considerarlo una dañina parodia, quizá por mostrar de manera excesivamente hiperrealista su reverso tenebroso.

Hoy, por efecto de la censura-legal corporativa, la lona ya no está. Visto lo visto, probablemente el Museo hubiese preferido dejar pasar el tema o manejarlo de forma más diplomática para evitar la amplificación comunicativa de la noticia a nivel internacional. Pero eso nos da lo mismo, es sólo un signo más de su torpeza (una torpeza que al menos abre fisuras). Lo que nos interesa es el arma de defensa-ataque que habitualmente utiliza el Guggenheim contra lo que le incomoda: la Ley de Protección Intelectual (LPI) y un posible abuso de derecho (o ejercicio antisocial del mismo). Así, la Fundación Guggenheim ha registrado el edificio como marca. Un subterfugio con el que pretende (parece que por ahora con éxito) no verse afectada por las excepciones que contempla la LPI, y más concretamente por su Artículo 35.2: Las obras situadas permanentemente en parques, calles, plazas u otras vías públicas pueden ser reproducidas, distribuidas y comunicadas libremente por medio de pinturas, dibujos, fotografías y procedimientos audiovisuales (y que también afecta al exterior de los edificios).

Pasta Bilbao' de Fausto Grossi.

Pasta Bilbao' de Fausto Grossi.



Este episodio nos recuerda otro sucedido en el 2000, que paso más desapercibido pero que probablemente es más certero en evidenciar los pliegues del Guggenheim, no tanto de la obra arquitectónica como de su modelo y su efecto. Se trata de la obra 'Pasta Bilbao', un macarrón elaborado en por el artista y pizzero Fausto Grossi, que como bien se explica en Souvenir Porvenir 'surgió del encuentro fortuito entre un edificio construido con la intención de convertirse en souvenir y un artista produciendo un objeto souvenir, en un momento en el que el valor inmaterial de una marca de un museo semipúblico-semiprivado dejaba de ser inmaterial'. Una obra para ser cocinada que se vendía en paquetes con una etiqueta en la que se leía, 'Cuestión de pasta'. El Guggenheim amenazó al artista con denunciarle y consiguió que la pasta saliese de circulación.

Es curioso que el Museo no haya hecho lo mismo con esos chabacanos souvenirs bola de nieve del Museo que, desde por ejemplo las estanterías de la tienda del Aeropuerto de Loiu, sí podríamos decir perpetran un atentado de orden estético y devalúan la marca.

Pero no nos dejemos despistar por la estética. Porque de lo que aquí se trata es de dos cuestiones fundamentales. Por una parte, el derecho a crear: con actitudes como la que el Guggenheim promueve, Monet no habría podido pintar su serie sobre la Catedral de Rouen, Duchamp, en vez de haber creado el ready-made habría sido perseguido por plagio, y el apropiacionismo o la remezcla serían prácticas, sin lugar a dudas, fuera de la ley. Y por otra parte, el derecho al uso y disfrute del espacio público (y de los bienes comunes en general) frente a su mercantilización, llegándose ya incluso a la privatización del paisaje y de la mirada subjetiva proyectada sobre él.

Para terminar, un advertencia: no nos engañemos. Todo esto no significa necesariamente que el Guggenheim sea una institución especialmente perversa. Simplemente es un síntoma más de por donde va el mundo. Desde el Museo nos dirán que ellos no tienen la culpa, que no han hecho más que ceñirse a las leyes. Y es verdad, la culpa no es suya, porque como cantaban Def Con Dos 'La culpa de todo la tiene Yoko Ono'.

Quizá este incidente con el acorazado de Paul McCarthy y Mike Bouchet pueda servirnos como acicate simbólico para pasar de buscar culpables a, desde el arte, desde la cultura, desde la sociedad civil, activar nuevas formas de reclamar nuestros derechos. Defenderlos y ensancharlos.

Seguir leyendo »

Cultumetría: no llores que es por tu bien

'Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo'

Ludwig Wittgenstein citado por David Ruiz

El viernes 7 de febrero acudí a la invitación de Kultiba y Tenzing a la jornada 'Cultumetría: Aproximación al retorno económico y social de la cultura' en el BCAM-Basque Center for Applied Mathematics en Bilbao.

Seguir leyendo »

Parón y cuentas viejas

2013 será recordado en el mundo de la cultura vasca como un 'annus horribilis'. O, en el más caritativo de los casos, como un año en blanco.

Tras la gestión de los socialistas vascos, los nacionalistas se han aplicado al ejercicio de hacer olvidar la misma por la vía de borrar las huellas de una gestión aperturista e integradora de la diversidad cultural del país, y por la de aplicar un silencio y una inacción que nos exima a todos de cualquier atisbo de balance. ¿Qué puede decirse si nada se sabe? Últimamente, demasiados gobiernos apuestan por 'dar la espalda a la tormenta' de la crisis y pasar por la misma sin romper un huevo. Así nos va.

Huellas y hechos que ahí están o hasta hace poco estaban gozando de prometedora salud, como las Fábricas de Creación, el Bono Cultura,  Kulturklik (portal vasco de la cultura), Antzerkia Bultzatuz, Liburuklik (la biblioteca histórica digital), la red de cines Zineuskadi, los nuevos Gure Artea, Zinema streaming, Urdaibaiarte, Zinemira, el primer Plan de Fomento de la Lectura, el anteproyecto de Documentación y Archivos, el Archivo Histórico listo para inaugurar y esperando durante un año…

Seguir leyendo »

Ramón Barea, Premio Nacional de Teatro

Parece que hubiera trayectorias condenadas a un destino persistente que va cambiando de vestuario a lo largo de sus diferentes escenas: el destino de tener que defender con tu profesión verdades apremiantes más allá de tu propia vocación o tu propio trabajo.

El Ramón que solo quería ser actor, para nacer fue a ponerse en la cola de una de las más inhóspitas taquillas posibles, la Euskadi de los cincuenta agrisada por la contaminación industrial y el franquismo; amordazada por la censura y el maltrato al pensamiento y al cultivo de cualquier sensibilidad estética que no encajara en sus rígidas hormas; sin escuelas de teatro, ni estructuras teatrales, ni apenas una tradición a la que seguir. Bilbao era una ciudad de barrios para morir, clamaban las asociaciones ciudadanas de aquel tiempo, y en este contexto espectáculos como “Vivir por Bilbao” y los demás producidos por ‘Cómicos de la Legua’ adquirían pleno sentido como farsa política comprometida con los movimientos sociales y emancipadores de su tiempo.

Después comenzó la transición democrática. Llegaba el momento de cambiar de vestuario. El teatro del activismo antifranquista debía de encontrar su nuevo papel en la nueva sociedad en cambio. Todo estaba por hacer y el teatro independiente debía de construirse a sí mismo como profesión y actividad económica, como conciencia crítica de su tiempo, como arte escénico. Poco a poco entran en juego las políticas institucionales centradas durante mucho tiempo en apertura de salas municipales y subvenciones de mera supervivencia. Durante años, eclosionan los grupos de teatro basados en profesionales multifuncionales autoexplotados: actores y actrices guionistas – sastres – utileros – escenógrafos – administrativos – productores – diplomáticos – estibadores – electricistas en salas - conductores de furgonetas con sobrepeso a las tres de la madrugada de vuelta a casa bajo la lluvia antes de descargar los bártulos para que nadie robe el equipo de sonido.

Seguir leyendo »

Las empresas del sector del libro, cada vez más alejadas de la lectura

Mientras los años de vacas gordas duraron, todos, editores, distribuidores y libreros, viajaron contentos bajo el mantra de más lectura más compra de libros, o viceversa, que les servía como argumento autojustificativo ante las distintas instituciones y administraciones culturales de este paisito para conseguir ayudas públicas y demás.

Llegó la crisis, como la plaga bíblica, después de los años de bonanza, y todo empezó a desmoronarse. Camino lleva este proceso de generar situación de derribo en el sector como siga por la senda lastimera y poco solidaria.

Octubre suele ser mes de datos en el sector del libro ya que es cuando se hacen públicas las cifras de comercio interior; las que hemos conocido en estos días sitúan al sector del libro en el 2012 a niveles del 2001 ó 2002 en lo que a facturación se refiere.

Seguir leyendo »

La comisaría de Wert

I.Verano. Hace ya un tiempo que las llamas consumieron a Mari Jaia, ese tótem maternal de la Aste Nagusia bilbaína. Con ella se quema el verano festivo, que se va con su música a otra parte. Adios a los festivales de jazz, al rock, a los malabaristas callejeros y a las comedias que prometen risas aseguradas.

Los cuadernillos de prensa especializados en la cultura veraniega se hacen eco de las programaciones al tiempo que hacen balance de la ocupación hotelera  durante las fiestas, del coste de la renovación de los jardines públicos y especulan sobre las toneladas de lomo con pimiento que han podido ser injeridas en bocadillo, entre otros asuntos notables. Pasión por la contabilidad.

Este año, al parecer, las cuentas en lo artístico han sido satisfactorias a juzgar por los titulares que se han ido publicando. "Con sus competidores en horas bajas –decían los papeles-, el festival se posiciona en la cumbre como una renovada forma de ocio con un potente impacto económico". Hablaban de un festival, para el caso, cualquier festival. Ni los críticos de plantilla ni los becarios encargados de llenar páginas han sido parcos en adjetivos. Ha habido públicos entregados, actuaciones vibrantes, conciertos soberbios, inolvidables noches, broches de oro, cierres mágicos, records de asistencia, grandes sabores de boca e incluso algún artista que "se metió al público en el bolsillo dándole a este lo que quería: pura vitalidad y hedonismo". Todo esto "a pesar de la reducción de presupuestos y caída de patrocinadores". Vamos,el milagro de los panes y los peces, pero en peña musical. Como decía uno de ellos: "la demanda y las sinergias del festival (otro festival) deberían hacer reflexionar a las instituciones sobre el riesgo de seguir afectando con los recortes la notable relación entre subvenciones, imagen, turismo y rentabilidad social". Visto así, parece inapelable. Solo que es una lógica cuantitativa que no es la mejor vara de medir el interés artístico. No expresa cuánto hay de 'revival' de viejas glorias, de acudir a lo que echen, de rutina en las crónicas y en los programas.

Seguir leyendo »

Un pacto sin cultura

Si algún sector productivo está sufriendo el efecto de medidas gubernamentales este es el de la cultura. Al efecto depresivo que tiene la propia crisis en todos los ámbitos, hay que añadir el que suponen medidas como la subida del IVA, especialmente brutal si la comparamos con otros sectores, la reducción de todo tipo de subvenciones o las situaciones críticas que afectan específicamente al sector, como el paso hacia el mundo digital que resulta indigesto para muchas industrias culturales.

No hay duda que el mundo de la política tiene una doble pulsión hacia la cultura. Cuando se acercan las elecciones, persigue a las llamadas personalidades de la cultura para que aporten un poco de 'glamour' a sus propuestas, mientras que durante el tempo en que controlan el poder se limitan a apoyar aquellas actividades que proporcionan un cierto prestigio social. El actual Gobierno vasco participa también de ese sentimiento de ningunear la cultura, sobre todo la que no puede controlar. Ya empezó enseñando el colmillo al degradar el Departamento de Cultura a una viceconsejería colgada del departamento de Educación. Continuó, de una forma coherente, rebajando el gasto por encima de la media. Y, por supuesto, no le ha fallado el pulso a la hora de retirar subvenciones a aquellas asociaciones o actividades culturales que no consideraba suficientemente vascas.

Uno de los hechos diferenciales del Gobierno anterior fue su política cultural, de la que ahí van algunas muestras: el impulso de lo digital, especialmente en el terreno del euskera; una pluralidad desconocida en anteriores gobiernos; el fomento del consumo cultural con la creación del bono cultura; el apoyo al club de consumo Kulturtik; desarrollo efectivo de Etxepare; impulso de Ezcenika como escuela nacional vasca de artes escénicas; ayudas a los creadores creando infraestructuras de tamaño racional, como el programa de fábricas de creación. Al tiempo, llevó a cabo una política de contención de gasto con aquellos agentes culturales que han actuado como vampiros del presupuesto del Departamento de Cultura, empezando por el Guggenheim, cortando las exigencias de la familia Chillida, parando el desarrollo de infraestructuras faraónicas, como la Tabakalera donostiarra, o reduciendo el aporte a asociaciones como la ABAO que, aunque han desarrollado durante años un buen trabajo, deben adaptarse a los condicionamientos de una situación de crisis. Ni que decir tiene que el nuevo Gobierno pasa de todo esto.

Seguir leyendo »