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Una ciudad que se gusta

Dicen los psicólogos que una condición necesaria para que una persona sea feliz es que se guste a sí misma. Algo así les pasa también a las ciudades. Reconocerlas como un lugar “disfrutable” es una actitud de su ciudadanía que de verdad impulsa a las ciudades que tienen la suerte, o el buen juicio, de gustarse. Pronto tendremos la noche blanca y estos últimos días Bilbao acogió una nueva edición del triatlón, que es una cosa festiva y vistosa pero también muy tremenda, en la que los participantes, hombres y mujeres, se pegan una pechada que ni sé cómo es posible que lleguen vivos a la meta después de nadar casi dos kilómetros, hacerse otros 90 en bici y, para rematar, 21 kilómetros más a la carrera. Espeluznante.

Pero de esas tres agotadoras pruebas -les digo la verdad- la que más me desasosiega a mí es la de natación. Cuando un bilbaíno de mi generación ve cualquier cosa viva dentro o sobre las aguas de la ría, les juro que no podemos reprimir un estremecimiento. Nuestra memoria aún se mantiene bien contaminada de la imagen de cloaca a cielo abierto que siempre tuvo el Nervión para nosotros así que cientos de personas nadando como un gran banco de mubles, bajo el puente de la Salve, nos parecerá algo espectacular pero nos inquieta siempre por dentro porque, aunque ya sepamos que no hay peligro, el susto lo traemos de serie.

El alcalde saliente, Ibon Areso, que el sábado pasó la makila al que acabamos de estrenar, ha dicho muchas veces, y con toda la razón, que la transformación de Bilbao empezó con la regeneración de la ría. El más prolongado en el tiempo de todos los proyectos y uno de los más caros, si no el que más. El plan de saneamiento ha sido, con mucho, la inversión medioambiental más importante de la historia del País Vasco. Sin ese cambio, que empezó nada menos que en 1979, la transformación más visible de Bilbao hubiese sido imposible.

Cuando un bilbaíno de mi generación ve cualquier cosa viva dentro o sobre las aguas de la ría, les juro que no podemos reprimir un estremecimiento.

Como imposible nos parecía, al menos a mí, que pudiera hacerse realidad cuando allá por los primeros 80’s se nos hablaba de que el objetivo era conseguir que la ría volviese a acoger vida. Muchos no lo creíamos y alcalde hubo que propuso cubrirla y hacerla desaparecer de la vista. Sin embargo hoy la ría acoge incluso nadadores humanos y es el eje central de la regeneración
de la villa.

Areso sabía de lo que hablaba porque durante muchos años presidió el Consorcio de Aguas, que es el organismo encargado de poner en marcha el plan a lo largo de todos los municipios de la Ría. A él ya a quienes le precedieron les corresponde legítimamente el derecho a sentirse satisfechos del trabajo realizado y a esta columna, por lo común crítica, como saben si me
leen, hoy le tocaba un punto de reconocimiento de lo equivocado que yo estaba en mi tierna juventud y de la satisfacción que me produce ver a esos competidores salpicando con sus brazos en plena carrera sin peligro de morir intoxicados al instante. Una gozada. Cosa diferente será que me meta yo un día en esas aguas para lo que me temo que, además de bañador, necesitaré un psicólogo que me ayude a superar previamente mis fijaciones de juventud.

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Pitar es divertido

Los himnos son símbolos muy exigentes. Así como las banderas y los escudos únicamente precisan “estar ahí” a la vista de todos, del conmovido, del desafecto o del adversario, los himnos requieren una actitud más proactiva. No hay más que ver a los deportistas de otros países cantándolos con fervor, algunos con la mano en el corazón.

En España (y en Euskadi) el fervor lo reservamos para la tribu propia, no para la nación así que nunca ha cuajado mucho eso de los himnos. Hay que reconocer que el hecho de que ni el himno vasco ni el español tengan letra y, por tanto, solo pueda uno participar escuchando la melodía, no ha ayudado a hacerlos populares, pero a cambio ambos tienen la enorme ventaja de ahorrarnos el bochorno de vernos cantar a voz en grito inquietantes estrofas como las alabanzas “a nuestros brazos vengadores”, que hacen en Francia con La Marsellesa, o al “estruendo de bombas y resplandor de cohetes” de los americanos, ni apelar al “corazón quemado de Austria”, como los italianos, ni tampoco invocando “a las mujeres, la lealtad, el vino y las canciones alemanas”. Todo esto sea dicho desde el mayor respeto a los sentimientos y tradiciones de nuestros vecinos.

En el tiempo en que el fútbol era un deporte de caballeros despreciar un himno nacional se hubiese considerado una “deplorable falta de estilo”, pero lo mismo ocurría entonces con las faltas intencionadas, con las pérdidas de tiempo, con los hachazos a la rodilla del delantero que se escapa, con las patadas en el suelo…con todas esas cosas que hoy se consideran lances normales de juego.

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El trenecito y la gabarra

Cuando esta columna se publique Bilbao estará en plena resaca de la fiesta o de la decepción. Supongo que, siendo éste un diario digital, podría haber esperado a conocer el resultado del partido antes de ponerme al teclado pero no quiero desaprovechar la ocasión de escribir sin conocer el marcador final del partido y también, lo reconozco, sin una afición al fútbol que no me va a entrar de aquí al sábado. Así tal vez pueda decir algo diferente de ¡AUPA ATHLETIC!, que es el verdadero pensamiento único estos días.

Bilbao es ciudad plural a despecho de muchos, que la querrían aldeana, unitaria y unánime en todo. Afortunadamente siempre han fracasado, aunque episodios como este les nublan la vista y les reverdecen el espejismo de que tal vez un día lo consigan. Yo espero que no.

Aquí hay de todo y todo lo que hay es bilbaíno. Solo al Athletic parece que le corresponde la bandera de la identificación de todos, el monopolio del bilbainismo. Tanto es así que a quienes no somos futboleros ningún día del año nos sorprende la omnipresencia y el ardor que nos rodea en fechas como estas. La tristeza y la alegría nos suelen provocar a todos fuertes sentimientos colectivos de pertenencia tribal y mejor que sea por una alegría; ni comparar.

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Lo peor de todo es que será verdad

Aparte de que pronto tendremos nuevo alcalde hay más noticias en Bilbao, como que el año que viene seremos sede del Campeonato Mundial Juvenil de Bádminton.

El bádminton lo conocemos todos. ¿A quién no le regalaron de niño las dos raquetas y el volador que estrenamos un día de playa y arrinconamos ese mismo día al volver a casa? Fue muchos años después cuando supimos que aquello incluso tenía un nombre. Pues eso. Reunida en China, en la ciudad de Dongguan, la Federación Mundial de ese deporte designó a nuestra villa como sede de la competición, en dura pelea con Yogyakarta, en Indonesia que, no obstante, ha conseguido acoger el campeonato en 2017, por lo que aquí paz y después gloria.

La estrategia de atracción de eventos desplegada por nuestros responsables municipales se apunta así un nuevo tanto, esta vez con una actividad que suena bastante exótica, lo mismo que nos suenan también los propios nombres de Dongguan (8 millones de habitantes) y Yogyakarta, capital de una región con 3 millones de almas. A la vista de tales cifras, y la de 200 millones de practicantes que dicen que tiene ese deporte, tal vez los exóticos seamos nosotros, los escasos 2,1 millones de vascos, arracimados y mal avenidos en un pequeño territorio que se asoma al mar Cantábrico.

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Yo, siempre con los buenos

Recuerdo que cuando éramos niños y nos sentábamos a ver una película ya empezada, lo primero era preguntar “¿quiénes son los buenos?” Una vez informados, ya estábamos por entero preparados para seguir el hilo de la narración, cuyo final nunca defraudaba.

En Bilbao también se está desarrollando estos días una interesante película en torno al comercio local. El éxito de la ciudad y su notoriedad internacional, de la que en general estamos tan orgullosos, está atrayendo a importantes inversores en el ramo inmobiliario y comercial, que dicen que Bilbao es uno de los mercados con “mayor potencial” de España. ¡Albricias!

Compañías de moda se pelean por comprar edificios completos y el run run de estas informaciones hace pensar que los motores económicos más punteros rugen ya en la parrilla de salida a la espera de que se apaguen las luces rojas de la crisis.

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En picos palas y azadones, cien millones

En picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo, cien millones de ducados, en limosnas para que frailes y monjas rezasen por los soldados del Rey caídos, ciento cincuenta mil, en guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de los cadáveres… en reponer las campanas rotas de tanto repicar a victoria… y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados.

Las cuentas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, suelen ponerse como ejemplo de chulería, mala administración y de un reprochable poco cuidado en el gasto por parte de quien administra dinero ajeno, auténtico “pecado nefando” de nuestros días.

A mí, por el contrario, me gusta la actitud a contrapelo de aquel militar que con un ejército menor que el de sus enemigos, peor abastecido y armado, fue capaz de vencer a quienes recibían de sus monarcas suministros mucho más generosos. Pero lo más admirable fue su valentía de decirle al soberano a la cara lo que sus economistas no sabían o -peor- no se les había ocurrido calcular: el valor del Reino de Nápoles.

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A portagayola

Antonio Fernández Casado es un señor de Bilbao experto en hostelería, a la que siempre ha aportado conocimiento, dinamismo y valor añadido. En tiempos, su activísimo trabajo en uno de los más clásicos hoteles de la ciudad llegó a convertirlo en sorprendente centro de la vida social. Vamos que lo de Antonio ha sido siempre un no parar.

El año pasado aceptó hacerse cargo de la Presidencia del “Club Cocherito”, que es uno de los 2 clubes 2 que los amantes de la tauromaquia tienen en Bilbao, y muy antiguo además.

Recuerdo que la noticia de su llegada a la presidencia me hizo pensar algo así como “seguro que a partir de ahora sabremos más de ese club, ¡bueno es Antonio!”. Ya empezamos a saber. De entrada 6 candidatos 6 para las próximas elecciones fueron convocados esta semana a un debate sobre los toros. Algunos mandaron a buenos gregarios pero todos los grupos políticos comparecieron. Allí estuvieron el socialista Alfonso Gil, Luis Eguiluz, del PP, Andoni Rekagorri, por el PNV, Rodrigo Vilallonga, de Vox, Helena Gartzia, de Bildu y Asun Merinero que es candidata de Podemos.

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Eso no me lo dices tú en la calle

Ya ha empezado el desfile de declaraciones del caso Kutxabank y la cosa promete tener recorrido. Por supuesto que con el término “recorrido” no pongo en cuestión el que sin ninguna duda será el final para los acusados desde el punto de vista de su imagen y de su prestigio social: En ese aspecto están ya tan muertos como Fernando López Aguilar, o Rodrigo Rato ¡Faltaría más!

Lo que empieza ahora es el juicio 'jurídico'. El juicio social ya se ha producido, ya se terminó y ya hubo sentencia: de culpabilidad, por supuesto, como pasa en todos los juicios que se hacen fuera de las salas, en los titulares y en las barras de los bares. Eso es agua pasada.

Al juicio 'jurídico' le corresponde en todo caso aportar un poco más de espectáculo y, por lo visto, apunta a que no va a defraudar. De momento en sus declaraciones el anterior presidente, Mario Fernández, ha dicho que no olvida y que no acostumbra a “dejar heridos”, una expresión cuasi tabernaria que anuncia jugosas sesiones en el palacio de los Jardines de Albia.

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Extramuros de la OTA

Las antiguas ciudades medievales siempre disponían de sus correspondientes arrabales, una palabra procedente del árabe hispano que designaba el caserío que surgía fuera de los núcleos urbanos, constreñidos entonces por gruesas murallas defensivas.

Vivir en el arrabal no era plato de gusto, ciertamente. Allí iban a parar las clases más humildes que, aunque viviesen más aliviadas de la maloliente insalubridad de las atestadas villas, a cambio se veían sometidas al descrédito social y, lo que es peor, a la fácil degollina de cualquier atacante de los muchos que había. Que las murallas no se construían por gusto. Nuestra calle Ronda, en cuyo número 16 nació Unamuno, el bilbaíno más universal (con perdón) no se llama así en recuerdo de las costumbres txikiteras ni tampoco en honor de los mozos que cortejaban a sus amadas sino que era justamente la calle que separaba la muralla de Bilbao de las primeras casas y por la que los centinelas hacían la ronda de vigilancia.

Hoy para sentirse arrabal puede bastar con no tener metro (de ahí la pelea de los vecinos de Rekalde) o, en estas últimas semanas, estar al otro lado de la impalpable muralla que, como torres tecnológicas, forman las canceladoras de la OTA

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Las ciudades que importan

De vez en cuando conviene mirarse con ojos ajenos, con unos que no estén ya cegados por nuestras propias rutinas, que a nosotros nos impiden ver aquello que para los demás resulta perfectamente obvio.

Hay quien lo hace yendo al psicólogo, otros acuden al confesionario y están los que tiran de los amigos. Todos hacen bien, sin duda. Lo importante es tratar de evitar que nos pase como a los peces, que no ven el agua.

Mi amigo Juan Carlos es cordobés y hace ya muchos años que viaja a menudo a Bilbao por motivos laborales. Como tanta gente que nos visita, Juan Carlos aprecia y valora la transformación que ha experimentado nuestra villa y ha sido testigo de los muchos cambios de Bilbao. Estos días me señalaba que una de las cosas que ha visto cómo cambiaba es la consideración que los bilbaínos tenemos de nuestra propia ciudad que, curiosamente, le parecía que no ha ido a más con el éxito de Bilbao, sino a menos.

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