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El trenecito y la gabarra

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Cuando esta columna se publique Bilbao estará en plena resaca de la fiesta o de la decepción. Supongo que, siendo éste un diario digital, podría haber esperado a conocer el resultado del partido antes de ponerme al teclado pero no quiero desaprovechar la ocasión de escribir sin conocer el marcador final del partido y también, lo reconozco, sin una afición al fútbol que no me va a entrar de aquí al sábado. Así tal vez pueda decir algo diferente de ¡AUPA ATHLETIC!, que es el verdadero pensamiento único estos días.

Bilbao es ciudad plural a despecho de muchos, que la querrían aldeana, unitaria y unánime en todo. Afortunadamente siempre han fracasado, aunque episodios como este les nublan la vista y les reverdecen el espejismo de que tal vez un día lo consigan. Yo espero que no.

Aquí hay de todo y todo lo que hay es bilbaíno. Solo al Athletic parece que le corresponde la bandera de la identificación de todos, el monopolio del bilbainismo. Tanto es así que a quienes no somos futboleros ningún día del año nos sorprende la omnipresencia y el ardor que nos rodea en fechas como estas. La tristeza y la alegría nos suelen provocar a todos fuertes sentimientos colectivos de pertenencia tribal y mejor que sea por una alegría; ni comparar.

Porque, sin duda, es una alegría ver el espectáculo de los balcones engalanados, las tiendas, las camisetas en la calle, en los trabajos y en todas partes y hasta ese trenecito rojiblanco que irá hasta Barcelona llevando su león, su escudo y un diseño tan cuajado de pasión como ayuno de buen gusto. Lo mismo que pasa en Navidad, los adornos y tradiciones más asombrosos se disculpan ante el entusiasmo colectivo, más aún cuando éste no se produce todos los años.

El “aquí todos somos de…” es un enunciado que me incomoda siempre, sea lo que sea lo que se escriba sobre los puntos suspensivos

Hoy, jueves, me sumo a la marea de entusiasmo colectivo pero inevitablemente lo hago como invitado, con ganas sinceras de compartir la sonrisa de mis amigos y amigas que se saben los nombres de los jugadores, no como yo. Pero en el mismo vagón de la sinceridad no puedo dejar de subir que la cosa está teniendo un punto de desmesura.

El “aquí todos somos de…” es un enunciado que me incomoda siempre, sea lo que sea lo que se escriba sobre los puntos suspensivos. La inundación de banderas y gallardetes me encanta verla en Pozas y en los alrededores de San Mamés pero estraga un poco, o bastante, en los edificios oficiales. Los sentimientos pueden ser personales y colectivos pero nunca forales ni municipales, ni tampoco universitarios.

El otro asunto que siempre me chirría es lo de “histórico”. Porque no tengo ninguna duda de que la jornada se presentará como histórica, sobre todo si acaba con la gabarra en la Ría. Esa manía de convertir en “histórico” cada acontecimiento que nos entusiasma (sobre todo los del fútbol) dice poco de la consideración que tenemos sobre la importancia de la historia y tampoco habla bien de la prudencia de los comentaristas deportivos. Pero es lo que hay.

El lunes, cuando usted lea esta columna, estaremos frente a una de dos tareas, no sé cuál de ellas más ardua: la de desmontar la pasión, el trenecito, los restos de la fiesta y pasar las barredoras o la de mantener viva la hoguera mientras se prepara la gabarra y se organiza su recibimiento. No sé qué me da más miedo. Pero eso será el lunes, de momento a disfrutar.

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