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¡Vociferen, se rueda!

La retransmisión televisiva de los debates parlamentarios (o de los plenos municipales), en contra de lo que sostienen los falsos ingenuos, no ha dado como resultado una «mayor transparencia». Nos decían que introduciendo cámaras y micrófonos en los hemiciclos podríamos acceder a la esencia de la política y veríamos cómo se negocia, como se «transacciona» la voluntad popular. En realidad, llevar las cámaras a los debates políticos ha tenido el mismo efecto que introducir el caballo de madera en Troya: ha entrado el enemigo.

El resultado de las retransmisiones televisivas ha sido nefasto. Exactamente el mismo que se ha producido al introducir la cámara del Gran Hermano en la «vida real», en la conversación de una pareja, en un debate ciudadano sobre la emigración o en una tertulia sobre la poesía renacentista: ha convertido a todos los participantes en actores que representan un papel ante un público. Pero con la diferencia de que pretenden hacernos pasar por real lo que no es sino una representación: es decir, se han convertido en farsantes.

En política, los integristas de todo tipo sostienen que los principios no son negociables y ven mal cualquier acuerdo en el que deban rebajar sus programas de máximos. Quieren introducir cámaras y mostrar en vivo una negociación para evidenciar que la voluntad popular se «traiciona» cada vez que se negocia, porque hay que ceder. A ciertos líderes, depositarios de una verdad trascendente, no es difícil imaginarlos en el escaño portando las Tablas de la Ley. Pero esta reclamación sobreactuada de pureza acaba condicionando los discursos y al final todos actúan como si negociar fuera perverso y como si todos, salvo el que habla, estuvieran contaminados de una podredumbre moral inherente al cargo. Da un poco de grima ver a personas que perdieron su virginidad cuando los dinosaurios dominaban la Tierra actuar como si se hubieran reencarnado ayer en Juana de Arco.

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Contra los gilipollas

«En primer lugar —y por eso lo pongo al principio del texto— quiero dejar claro que me parece repugnante y salvaje y blablablá blablablá el atentado perpetrado en la revista satírica Charlie Hebdo en París y blablablá blablablá porque nadie como yo defiende la libertad y blablablá blablablá por eso condeno enérgicamente blablablá blablablá y resalto mi compromiso con la libertad de expresión y blablablá y blablablá pero...

Pero, no me identifico con la versión caricaturesca y humillante que estos dibujantes han perpetrado durante años contra el islamismo, el cristianismo, el judaísmo, el budismo, el sindicalismo, el feminismo, el imperialismo, el papanatismo, el agroturismo, la homosexualidad (y el lesbianismo), la aromaterapia, la clase obrera, el Papa de Roma, la OTAN, Le Pen y los neonazis, Israel, USA, el Che Guevara, los jóvenes tontosdelculo, los follacabras, mi partido político, las mujeres con burka, la corrupción, la energía nuclear, Marx y El Capital, los museos, los escritores, la banca, mi presidente del gobierno, las marujas, los hinchas de fútbol, mi bandera, el rock'n'roll, mi nación, la música celta, mi himno, el rock sinfónico, las películas del Señor de los anillos, la merluza en salsa, el whatsup y así sucesivamente y así sucesivamente y así sucesivamente. [TÁCHESE LO QUE NO PROCEDA] .

Porque no todo vale, ni toda crítica blablablá blablablá y el humor no debe ofender y con su actitud despectiva estos dibujantes se han aliado blablablá blablablá contribuyendo a la espiral de represión blablablá blablablá al crecimiento de la reacción blablablá blablablá. Por eso reitero mi compromiso con la libertad de expresión, condeno este atentado execreibol e intolereibol blablablá pero el que siembra vientos recoge tempestades y quien ríe el último ríe mejor».

Más o menos, aunque con tono más solemne y por tanto más patéticamente cómico y trágicamente risible, hemos tenido ocasión de leer algunas pseudocondenas a los asesinatos de París. Vendrán más. Han brillado con luz propia carlistones navarros, dinosaurios paleocastristas, histerofeministas y, en general, creyentes a tutiplén.

Qué panda de hipócritas. Deberían haber abierto el champán o el anís del mono. O por lo menos haber cerrado el pico, que es más elegante.

Los hipócritas necesitan hacer constantemente publicidad de su propia valía y fingir lo conveniente y hacer alharacas de ostentación moral para ganar prestigio

Pero los muy hipócritas no pueden. Los hipócritas necesitan hacer constantemente publicidad de su propia valía y fingir lo conveniente y hacer alharacas de ostentación moral para ganar prestigio. Los hipócritas tienen que exhibir como propios los comportamientos, las ideas, los sentimientos y hasta las creencias y opiniones ajenas que consideran tendencias sociales triunfantes para invertir en su propia reputación y hacerla crecer por capilaridad como aumentan de volumen las compresas en contacto con los líquidos. A estos hipócritas les importa muy poco la libertad de expresión, salvo la suya, y cerrarían el pico a todos los que les llevan la contraria, pero tienen que adaptarse al medio. Propagan el discurso dominante, para integrarse con éxito en la comunidad moral e ideológica, adocenándose para poder homologarse, y por eso les molesta tanto que unos dibujantes anarquistas, incrédulos, cachondos, burlones e insolentes se partan de risa con las tonterías que se ven obligados a decir un día sí y otro también. Les han dolido durante todos estos años las risas como si hubieran sido bofetadas. Y les han dolido porque provenían de unos individuos que no les tomaban en serio, que se reían de sus hábitos o de sus corbatas o de sus coches de lujo o de su puño en alto o de su himno o de su camiseta o de su gin-tonic con bayas o de sus rezos o de sus burkas o de su kalashnikov de mierda.

No les tomaban en serio. Tomaban sus contradicciones, nuestras contradicciones, y nos las pasaban por el morro, y se mofaban, y se burlaban, y se cachondeaban, y sus risas atronaban hasta tal punto que de vez en cuando algún imbécil montaba en cólera, lo que aumentaba las risas generales y propagaba más la burla.

Ahora, los más espesos entre los obtusos se afanan en encontrar conjuras y les acusan de todo, de tantas cosas y tan contradictorias que no merece la pena ni pensar en ello. No han entendido nada. Su cruzada era contra la idiotez. Se reían de todo, pero principalmente de la gilipollez y de los gilipollas. Y les han acabado matando dos de ellos, islamistas, para que lloren lágrimas de cocodrilo vastos y bastos rebaños de gilipollas.

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Nada nuevo

"Lo que fue, será, y lo que se hizo, se hará, porque no hay nada nuevo bajo el sol" dicen que dijo el rey Salomón, que ya era sabio mil años antes de Cristo. Sólo le faltó añadir "lo que ya se dijo, se dirá", para aventurar por qué seguimos repitiendo las mismas milongas desde el origen de los tiempos. O desde antes.

Es raro, porque novedades sí hay. Hay automóviles y láser, y aviones supersónicos y teléfonos listos a los que sólo les falta un buen orgasmotrón. Pero la conversación humana sigue dando vueltas y vueltas a la noria de los tópicos para que el imparable caudal de criaturas humanas que llegan al mundo reciba de viva voz de sus mayores las frases y creencias que ellos aprendieron sin pararse nunca a pensar si eran o no razonables.

Muchos advirtieron el fenómeno a lo largo de la historia, pero sólo Gustave Flaubert, el autor de 'Madame Bovary', se propuso recopilar una enciclopedia de la estupidez humana ('encyclopedie de la betisse humaine') que habría de recoger todos los tópicos, trivialidades, ideas predigeridas y cursiladas que componen el 90% de la conversación y habría de ser "la glorificación histórica de todo lo que se aprueba (...) todos los temas posibles, todo lo que es necesario decir en sociedad para convertirse en una persona decente y amable". Lamentablemente la obra quedó en apenas una breve colección de apuntes que se publicaron treinta y un años después de su muerte, en 1911, con el nombre de Diccionario de lugares comunes ('Dictionnaire des idées reçues'). Nadie se ha atrevido luego con tamaña tarea.

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Humanistas contra tecnócratas, la película

Cualquier persona que haya analizado mínimamente la mecánica de las organizaciones humanas se habrá sorprendido del enorme caudal de tiempo y esfuerzo que estas dedican a analizar su propio funcionamiento y a comentar (o a cotillear, a mascullar o a quejarse de) su propio devenir. Basta pegar la oreja a la charla entre un grupo de sanitarios, militantes de un partido, funcionarios de un ministerio o profesores, para descubrir un apasionante mundo de recelos, pugnas internas, antigüedades, horarios, libranzas, promociones, complementos y así. Alguna vez hablan de su trabajo propiamente dicho, pero suele ser más raro. Como ocurre con las conversaciones entre embarazadas y ocurría antes con el relato del servicio militar (dos grandes chapas por excelencia) todo lo que se suele contar sobre los asuntos en sí mismos es más bien poco, lo que importa es la descripción del ambiente y el relato de los personajes. (¿He dicho ya que somos monos narrativos?).

Uno de estos grupos jeremíacos lo componen los profesores de Humanidades, que desde la Edad Media (o antes) vienen sufriendo el descrédito de sus materias (el Trivium y lo trivial) y tratan de contrarrestarlo describiendo las fulgurantes apariciones estelares de sus respectivas ramas del saber en el panorama intelectual de la Humanidad. Grandes revoluciones intelectuales que, con su habitual modestia y dominio de la herramienta, califican de renacimientos, edades de oro, nuevos clasicismos, nuevos renacimientos, edades de plata, modernisismos, ultravanguardias y todo así. Mientras tanto, los grises y torvos científicos, arrastrándose por el barro de lo real, se limitan a inventar la rueda, la pólvora, la máquina de vapor, la luz eléctrica, el automóvil, la penicilina, el transistor, internet, el ordenador de bolsillo y, en general todas esas cosas rastreras que nos alejan del Espíritu y nos acercan al Dinero. El reaccionarismo contrailustrado que para abreviar llamamos Romanticismo los clavó en nuestra retina: son los creadores de monstruos, gólems y robots; los Frankestein que generan nuevas criaturas, desatan el terror nuclear e inyectan (¡oh, grandísimo horror!) ADN en nuestros filetes y nuestros tomates mientras los humanistas tocan el violín, componen una oda y reflexionan sobre si lo que es lo es por sí mismo o porque lo pensamos.

Esta lucha singular no acabará nunca y hay que reconocer que los generadores de metáforas manejan con mayor destreza su principal herramienta de trabajo (sólo los astrónomos pueden competir generando belleza y vendiendo sueños).

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Modelos retrógrados

La centrifugación, queridos niños, consiste en separar sólidos y líquidos por medio de un movimiento mecánico de rotación acelerada. Las partículas más densas se sedimentan mientras que los líquidos se desplazan hacia el exterior del eje de rotación. Así funciona el centrifugado de la lavadora, se separan los isótopos de uranio o se obtienen tras molienda algunos aceites de oliva que ciertos caraduras pretenden luego vendernos como “virgen”.

Siempre he lamentado que las disciplinas conocidas como Humanidades (historia, filosofía, antropología, política…) no pudieran disponer de medios mecánicos de batalla, como sierras, martillos, barrenos o centrifugadoras. Podríamos tomar así cualquier fenómeno, no sé, los nuevos secesionismos y euroescepticismos europeos o las revoluciones árabes y, tras someterlos a sierra, martillo y barreno, introducirlos en la centrifugadora para ver cómo decantan las ideas y se separan las chorradas líricas, digo líquidas. Quedaría sustanciado el meollo ideológico en un sedimento reconocible y clasificable por sus grados de consistencia, acidez, toxicidad y hasta color.

—Ha salido de color marrón grisáceo.

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Evolución

Aunque no creo haber sufrido jamás los efectos del llamado síndrome de Sthendal, que provoca temblores, vértigo y palpitaciones cuando uno se ve expuesto a raciones ingentes de arte y belleza, sí es verdad que suele invadirme una sensación de melancolía al contemplar objetos fabricados por los humanos hace miles de años. Me ha ocurrido por última vez al admirar una vasija datada entre 3800-3700 años antes de Cristo en la que se representa un íbice, y he sentido luego una vaga sensación de incomodidad al pensar que ese objeto lo fabricó uno de mis abuelos.

Entre el 3.800 antes de Cristo y hoy han transcurrido poco más de 5.800 años. Tomando 50 años como vida media de una persona, solo nos separan 116 generaciones de individuos del momento en que se creó esta vasija. Y solo 270 generaciones del momento en el que, posiblemente, fue pintado el conjunto principal de Altamira, hace 13.500 años. Doscientos setenta individuos en fila se interponen entre aquellos pintores geniales y este humano que apenas sabe hacer la O con un canuto.

Los antropólogos suelen prevenirnos contra la idea de concebir la evolución como un progreso. Tenemos incrustada en la retina la clásica fila de antropoides sucesivamente más erguidos que culmina en un tipo caucásico que avanza con seguridad hacia el futuro. Pero la idea de progresión que transmite es falaz. Basta con poner en el extremo a Kim Jong-Un para que la trampa narrativa se disuelva como un castillo de arena: ni más listos, ni más guapos, ni mejores personas. Si esta comparación le resulta incómoda, póngase usted al final de la fila y mire hacia atrás que a mí me da vértigo. ¿Lo va viendo?

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Seis de cada tres

“Seis de cada tres españoles son absolutamente imbéciles, por eso Televisión Española trabaja para ellos. Hay el doble de españoles imbéciles que de españoles. Usted no puede escapar a la regla, Televisión Española tampoco. Televisión Española, la imbecilidad de nuestra vida. Dé las gracias imbécil, encienda el televisor. Televisión Española le da el doble”.

Este falso anuncio, que recuerdo de memoria y que creo haber recortado de la revista humorística 'Por Favor' a finales de los años 70, resumía la opinión que mantenían muchos de los intelectuales de la época sobre la televisión: un medio de manipulación de masas al servicio de la imbecilidad. Desde entonces han cambiado muchísimas cosas: irrumpieron las televisiones privadas y las públicas autonómicas, las decenas de canales de la televisión digital, las comisiones de control parlamentario o los costosos consejos audiovisuales públicos. También se formaron en nuestras gloriosas universidades y escuelas varias generaciones de “magníficos profesionales” y periodistas. Gracias a estos cambios y a los prodigiosos avances tecnológicos que han convertido a la entonces llamada “caja tonta” en un electrodoméstico inteligente, podemos afirmar con justo triunfalismo que hoy, incluidos los ciudadanos autonómicos que no se consideran tales, seis de cada tres españoles siguen siendo absolutamente imbéciles y por eso todas las televisiones trabajan para ellos. Sigue habiendo el doble de españoles imbéciles que de españoles y seguimos dando las gracias a la imbecilidad de nuestra vida encendiendo el televisor. Usted no puede escapar a esta regla. Yo tampoco.

La televisión es sólo entretenimiento y quien diga lo contrario, miente. Su trivialidad contamina cualquier contenido. El mismo “gran profesional” que te explica en un minuto —es un decir— las complejidades del conflicto ucraniano, te aconseja que adquieras un seguro o abras una cuenta corriente en un banco. Luego da paso a un programa de debate en el que media docena de expertos descubren la rueda o ponen a parir al hijo de una folklórica. Nueve de cada diez deontólogos desaconsejarían estas prácticas, pero al que contrataron es al décimo.

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Sobredosis de ficciones

Decía Antonio Rivera hace unos días en este mismo periódico, en un artículo rebosante de ideas —y de cuyo cinismo de fondo no creo que sea consciente ni él mismo— que es urgente elaborar nuevos relatos, mitos o “mentiras” fundacionales que nos cohesionen socialmente como comunidad en un momento en el que el mito de la democracia se resquebraja. Construida sobre la falacia de que pueden ser iguales en derechos quienes no lo son en recursos, la democracia liberal sigue soportando grandes niveles de desigualdad y corrupción y permite que determinados estamentos mangoneen. Sostiene Rivera que el sistema se mantiene porque la ciudadanía es capaz de asumir sus mentiras siempre que disfrute de beneficios económicos, pero que si estos desaparecen, las mentiras se vuelven insoportables. El resultado es la desafección, el desprecio a los representantes y la quiebra del sistema democrático.

Como dijo Blas de Otero en un hermoso poema en prosa, “esto no es triste porque es verdad”. Las sociedades humanas no son sino agrupaciones de beneficiarios que conviven en armonía mientras el beneficio se reparta, aunque sea de manera desigual, pero que se vuelven hostiles cuando, en lugar de recibir, toca aportar. Sólo la promesa de un futuro venturoso hace la espera soportable. Sin esperanza, las crisis estallan.

Lo que ocurre es que este panorama no es exclusivo de la democracia liberal. La igualdad de derechos sigue siendo un objetivo pendiente de cualquier asociación humana y las que más presumen de igualitarias suelen ser, precisamente, las que establecen los más férreos controles jerárquicos y disciplinarios para que esa igualdad sea tan sólo aparente y siempre al precio de la anulación de las libertades, de la crítica y del individuo. En cuanto a la otra igualdad, la de los recursos, sí que entra en el territorio del mito y la utopía, palabra que, como todo el mundo sabe, significa tanto “un buen lugar” como “en ningún lugar”.

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¿Y tú qué miras?

Leo en Change.org un manifiesto ' En defensa de la democracia en la era digital', apropiadamente grandilocuente y sucintamente apocalíptico, que me causa una honda preocupación. De una hondura, aproximadamente, de un pie, para que nos entendamos. El manifiesto, firmado hasta la fecha por casi 600 intelectuales y escritores de 86 países, dice entre otras cosas: “Con unos cuantos clics de ratón, el Estado puede acceder a nuestros dispositivos móviles, nuestro correo electrónico, nuestras redes sociales y nuestras búsquedas en Internet. Puede seguir la pista de nuestras inclinaciones y actividades políticas y, en colaboración con empresas proveedoras de Internet, puede reunir y almacenar todos nuestros datos y, por tanto, predecir nuestras pautas de consumo y nuestro comportamiento”.

Hay que reconocer que el Estado es el tocapelotas por antonomasia. El muy cabrón no se conforma con freírnos a impuestos, vigilar las grasas saturadas de los bollos o fastidiarnos el placer del fumeque, ahora pretende enterarse de quiénes son nuestros ‘hamigos’ del Facebook o de si hemos buscado en Google la palabra zoofilia. Un día de estos conectarán a traición la cámara del portátil para descubrir la cara de gilipollas que ponemos delante de la pantalla.

No es un asunto baladí. En internet vamos dejando una huella creciente de nuestro paso. Hace ya unos años, Cindy Gallop prevenía en TED.com del grave riesgo que estaban corriendo —y nunca mejor dicho— los alumnos universitarios de sexo varón y género macho por pasar horas enganchados a internet: la feminización de la enseñanza universitaria es ya un hecho porque ellas estudian mientras ellos dedican su tiempo a visitar páginas porno, consumiendo sus recursos intelectuales a humo de pajas. Como sigamos así, llegará un momento en que entre los requisitos para acceder a una beca Erasmus (que los profesores universitarios, no sé por qué razón, llaman Orgasmus) estará el historial del navegador para ver cuántas horas se han perdido al día estudiando anatomía dinámica. (—Su rendimiento ha bajado mucho este trimestre, Kortajarena. ¿Cuántas a la semana? —Sólo las justas, Padre, sólo las justas). Por mi parte, me gustaría aclarar a quienes tuvieran la tentación de vigilarme que todas esas páginas, ejem, extravagantes, que aparecen en mis historiales son para un estudio del comportamiento humano. Pura ciencia, o sea.

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No me gusta tu plan

La pretensión del Estado por regular todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida resulta estomagante. Es cierto que una porción de la ciudadanía quiere al Estado más que a un padre putativo y le pide que nos vigile, nos cuide, nos lave, nos peine, nos limpie las caquitas y nos ayude a cruzar la calle, pero somos también muchos a los que nos gustaría que nos dejara un rato en paz. Que la pesadez consume el cariño.

Es bastante higiénico que de vez en cuando se dé cancha a esas buenas gentes añorantes del estatalismo romano o soviético que tienen tan grandes ideas para arreglar toda nuestra existencia colectiva. Pero que el mundo esté lleno de grandes pensadores no es razón para que tengamos que experimentar un día tras otro cada una de las ocurrencias de cualquier charlatán, por mucho que ponga cara de ser la reencarnación de la virgen de Fátima. Que el Mediterráneo ya está descubierto.

Europa occidental ha tardado muchos siglos en apartar de la política al mesianismo cristiano para ponerlo en el lugar que le corresponde, las iglesias, así que no es cosa de que nos lo metan de nuevo a escondidas por la vía prepóstera. Por eso resulta particularmente cansino la proliferación de tanto portavoz de la conciencia universal y la salud físico-espiritual de las masas; siempre a costa, por cierto, de amargar nuestra ya de por sí amarga existencia personal. Si alguien quiere ganarse el cielo, que se vaya a predicar al desierto, que últimamente andan por allí bastante necesitados de mensajes de paz, amor y convivencia.

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