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Arqueología del ser humano

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El ser humano es un recién llegado a la Tierra. No llevamos mucho tiempo en ella en comparación con la existencia del planeta y otras especies vivas. Según Darwin, procedemos de la evolución de antepasados homínidos menos evolucionados. Según Stephen Hawking somos la consecuencia física de la evolución de la materia a partir del Bing Bang. Sin embargo, pese a llevar tan escaso tiempo sobre el planeta, Foucault anuncia en 1966 la muerte del ser humano a manos del lenguaje. La subjetividad, en contra de lo que se pensaba, no remite a una supuesta e innata naturaleza espiritual, sino a un orden simbólico que lo precede y constituye. Es, por tanto, una ilusión, un mero rostro troquelado y cómplice del poder establecido, pues nace y se hace inevitablemente en una determinada comunidad política. La arqueología del ser humano revela que éste es una construcción de los discursos políticos, económicos, científicos y religiosos, cuya finalidad es elaborar un modelo humano normalizado fácilmente controlable. Freud, en su libro El malestar en la cultura, publicado en 1930, ya había anunciado que el individuo deviene sujeto en la medida en que es sujetado o disciplinado por la cultura. En efecto, cuando un individuo se inscribe en el orden simbólico se identifica con sus discursos dominantes que van condicionando su voluntad y comprometiéndole con unos rituales, unas tradiciones, unas costumbres, una identidad nacional, una moral y una directriz considerada políticamente correcta.

Estas identificaciones personales, si bien se mantienen débilmente en el plano racional, arraigan vigorosamente en el ámbito de los sentimientos, y cuanto mayor sea la intensidad afectiva, más deviene el ser humano sujeto, esto es persona sujetada o controlada por el poder. Así, devenir ser humano equivale a reprimir el deseo y subordinar el libre albedrío a un modelo ético, nacional, cultural, ideológico, epistemológico o jurídico impuesto. La exacerbación sentimental de un determinado discurso es la causa del fundamentalismo religioso, del nacionalismo radical, de los extremismos ideológicos o del machismo, pues son la expresión de ideas sobrevaloradas, emocionalmente muy arraigadas, que se hallan en las antípodas de la racionalidad. Incluso la construcción de una subjetividad impuesta y adecuada a los intereses de la clase dominante, difundida masivamente mediante una eficaz publicidad, puede ser la causa de un determinado resultado electoral. Obviamente el vehículo mediante el cual el discurso dominante conforma la subjetividad y se instala en los sentimientos es el lenguaje. El ser humano, muy lejos de su consideración trascendental, no es más que un efecto del lenguaje, un producto del discurso establecido por el poder. Así, el antropomorfismo divino, representación estratégica de la mitología e inventora del ser humano trascendental, desaparece como la matriz que le dio origen, pues los nuevos epistemes lo condenan a lo impensable e indemostrable, y lo sitúan en un lugar meramente discursivo. En definitiva, el sujeto trascendental, como dice Jacques Derrida, se convierte en un indecible.

     El lenguaje objetiva al sujeto hablante, es decir toma por objeto al sujeto, moldeándolo según interesa al discurso dominante, siempre coyuntural y contextual. La política, la economía, la biología y la moral definen y construyen un modelo de ser humano que se impone al sujeto que se constituye convenientemente en patriota, productivo, competitivo, sano y honesto, aunque la definición y fundamentación de este modelo sea racionalmente interesada, equívoca e insuficiente. El poder, que instituye al sujeto dominado, opera a través de epistemes, paradigmas o formaciones discursivas que no son producto de la actividad libre de un sujeto independiente, pues éste no puede, si no es consciente de la mixtificación a la que ha sido sometido, producir, libre y responsablemente, saberes útiles y antitéticos al poder. Al contrario, es el poder el que determina la moralidad y conveniencia del conocimiento ético y políticamente correcto.

       El discurso del poder, como dice Heidegger, ampara unos intereses que, desde los albores de la humanidad, tienden a mantener una sociedad estratificada en dominadores y dominados. El discurso es, en definitiva, el que estructura, justifica y moraliza este tipo de sociedad clasista, que incluye al poder financiero, político, judicial, científico, técnico y religioso, y que, en un contexto especialmente propicio a la uniformidad humana, busca su máxima rentabilidad, cuya consecuencia es la desigualdad, la corrupción sistémica y los ciclos económicos en los que el desempleo se dispara hasta alcanzar cifras alarmantes.  

No cabe duda de que hay más y mejores posibilidades que descubrir y desarrollar en nuestro futuro que las que nos procura un humanismo totalitario y caduco, puesto al servicio de intereses claramente insolidarios

     Sin embargo, esta prematura muerte del ser humano trascendental, anunciada por Foucault, no nos deja frente al desierto. Al contrario, precisamente esta tensión dramática es la que nos sitúa ante una alternativa más atractiva y más digna que la banalización de la existencia ante la supuesta inevitabilidad del discurso estructurante del poder. Hemos llegado al final de la historia previsible y determinista, pero se abre la oportunidad de elegir entre el poder, supuestamente inevitable que predice, calcula, sopesa, controla y ordena la sociedad en beneficio de unos pocos; o, como dice Rousseau, una vez perdido el paraíso podemos optar por el autogobierno democrático e igualitario.

Debemos convertirnos en históricos contra la historia mixtificadora, pues la esencia de la verdad se devela como libertad e igualdad. La contingencia originaria, vehiculizada por el lenguaje, condiciona la libertad, pero no la determina, pues una vez ha estallado en la conciencia de un ser humano, ni los dioses pueden nada contra ella. Es posible, por tanto, la deconstrucción de la subjetividad impuesta y su sustitución por otra más original y solidaria. Sartre plantea que lo importante no es que es lo que se ha hecho con una persona, sino que es lo que hace esa persona con lo que se ha hecho de ella. Por desgracia, lo habitual es la sumisión, la aceptación de lo impuesto, pero también es posible la crítica e incluso la rebelión. Si bien el ser humano deviene sujeto cuando es coartado por una subjetividad impuesta, pese a todos sus condicionamientos, el ser humano es libre y está obligado a elegir constantemente entre infinidad de posibilidades. Y mediante estas elecciones libres puede y debe desarrollar su propio y original proyecto que lo devuelva en condiciones de igualdad a la retorta democrática. No cabe duda de que hay más y mejores posibilidades que descubrir y desarrollar en nuestro futuro que las que nos procura un humanismo totalitario y caduco, puesto al servicio de intereses claramente insolidarios. Es posible, sin duda, un mundo más racional, más justo e igualitario.

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