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Susurrando

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El día a día te lleva al ejercicio de sobreponerte en cada ocasión en que nos sentimos menospreciados, ignorados o incluso insultados. Las situaciones pueden producirse de cualquier manera y en cualquier lugar. La cantidad de agravio que sientas entra dentro de tu responsabilidad y de tu nivel de tolerancia, hay gente que cree que lo que ocurre no va con ellos y, por el contrario, otros son tremendamente reactivos.

Obviamente, es importante desde el punto de vista psicológico saber que todo lo que ocurra en nuestra vida cotidiana no va a suceder siempre como nosotros quisiéramos, ni tampoco como desearíamos, más bien al contrario, son pocas las ocasiones en que todo concuerda.

También es importante conocer que cuando alguien nos hace algo, realmente no se pronuncia pensando solamente en nosotros, más bien actúa por él, vive en sus propias circunstancias. Casi podríamos llegar a la conclusión de que cada uno vive una historia distinta a la nuestra, incluso aún cuando esta se desarrolla en el ámbito de lo más íntimo, en el de las distancias cortas, en el cuerpo a cuerpo.

Es por eso que cuando alguien nos hiere, el contenido tiene mucho más de la persona que lo hace que de nosotros mismos, existe mucho de su educación, de sus ambientes y costumbres. Y en esa labor, en la de entenderlo, nos vemos influidos por lo que queramos ver en los demás. Nos podemos quedar con lo mejor que tienen o sencillamente sentirnos profundamente decepcionados por los hechos que generan.

Eso sí, no todas las personas, no todo el mundo tiene la misma cualidad (no ofende quien quiere sino quien puede), ni mucho menos la misma responsabilidad, si algo o alguien nos ofende es por la diferencia entre cómo pensamos que se debía comportar y en cómo lo ha hecho.

Si, por ejemplo, un amigo nos traiciona, seguramente no es tanto él sino son nuestras esperanzas hacia él las que nos producen decepción. Si nos defrauda, suele suceder que esperábamos algo de él que no nos ha dado. Por lo tanto, cuidemos las expectativas, porque si son excesivamente altas, nuestros amigos, nuestros conocidos, nos decepcionarán con pasmosa facilidad, y si no somos lo suficientemente flexibles, al final lo más probable es que nos quedemos solos.

Esto no significa que no esperemos lo mejor de quienes queremos, sino saber tener en cuenta que son muchas veces las que nos decepcionamos a nosotros mismos y, por lo tanto, ¿cómo poder esperar que los demás no tengan fallos y estén siempre y constantemente a la altura de una amistad quizás idealizada?

Existe también otra explicación a por qué nos sentirnos ofendidos por los demás, existe un fenómeno psicológico que pone luz y explica porque se producen este tipo de emociones, es el llamado optimismo no realista, aquel que se produce cuando estimamos que la probabilidad de ser víctimas de un suceso desagradable es menor que la de otras personas.

Y miren, en eso estamos, en aclararnos de una vez si el optimismo no realista sigue o si ya ha desaparecido y, por contra, no existe optimismo alguno. Si nuestras expectativas eran demasiado altas, las hemos ido reduciendo y, aún así, las tenemos que volver a ajustar para no sentir una nueva decepción y sufrimiento teniendo en cuenta la responsabilidad de quien nos ofende.

Cómo decirles entonces, a estos y otros políticos, algo tan sencillo como que aunque sus actos no sean condenados penalmente, eso no significa que estén bien, que no son decentes, que la decencia es otra cosa

Digo esto porque días atrás aparece la presidenta del Gobierno Foral y pone a Navarra como ejemplo de corrupción "cero" por el hecho de que no existan imputados, juzgados y encarcelados en nuestra comunidad. No ocurre nada, nadie manifiesta decepción ni sorpresa. Días más tarde, otro presidente de comunidad autónoma se ve salpicado por el hecho de haber hecho 32 viajes a Canarias a cargo del Senado y tampoco pase nada excesivamente grave, es más, figura después como protagonista de unas Jornadas de Buenas Prácticas de Gobierno que organizaba su propio partido. A uno se le queda la cara de imbécil en primera instancia, aunque luego se consuela al darse cuenta de que la neurosis no es solo Navarra, existe también en otros sitios. Triste ¿verdad? Miren en lo que se ha convertido eso de reajustar las expectativas.

Si Joaquín Sabina cantaba “cómo decirte, cómo contarte que el cuerpo está en el alma que Dios le paga un sueldo a Satán… que el cielo está en el suelo que el bien es el espejo del mar”, cómo decirles entonces, a estos y otros políticos, algo tan sencillo como que aunque sus actos no sean condenados penalmente, eso no significa que estén bien, que no son decentes, que la decencia es otra cosa. Que el hecho de que existan innumerables denuncias de corrupción ha hecho que nos flexibilizáramos y volviéramos nuestra mirada al comportamiento ético, pero que nuestro ajuste no cesa y ahora nos lleva ya a pedir buenas políticas y soluciones institucionales de vigilancia y control definidas por límites y reglas, la ética no es suficiente. Vean cómo nos vamos reajustando, qué flexibles somos.

Cómo contarles que por el hecho de que no haya sido condenado nadie en esta comunidad, tampoco a nadie le ha parecido bien que se cobrara por las sesiones de reporte, que tampoco a nadie le parece ni medio normal, a pesar de ser legal, que los consejeros de CAN aumentaran sus dietas entre un 25% e incluso hasta un 60% por escuchar conferencias. Que en este caso todo el mundo tiene claro ya que si no existen conductas condenadas se supone que es porque la organización del sistema judicial tiene mucha vinculación con los sistemas y curiosamente no se puede hacer efectivo lo que se exige a través de las leyes. Como dijo recientemente el presidente del Consejo General del Poder Judicial "tenemos un modelo de organización criminal que está pensado para el roba gallinas pero no para el gran defraudador, no para los casos como los que estamos viendo ahora donde hay tanta corrupción".

Pero la responsabilidad no solo está en los políticos, la tenemos los ciudadanos, que llevamos mucho tiempo funcionando como el vuelva usted mañana del romántico Mariano José de Larra, que incluso vivió en Corella. Si seguimos practicando la abulía, el hábito de posponer nuestra queja, será demasiado tarde, si los ciudadanos no hacemos nada, da la impresión que nos lamentamos no porque los demás hacen cosas mal sino porque que nos gustaría hacerlas nosotros.

Cuando escuchábamos a Peor Imposible, el famoso grupo de música pop español de la movida madrileña, en el que formaba parte Rossy de Palma cantar Susurrando, incluso cuando lo hacían su continuación, las Diabéticas Aceleradas y entonaban “el mono robó tu Cannon en el ascensor del hotel y los cocos daban vueltas a tu alrededor” nos parecía, aunque surrealista, divertido, lo de ahora sin embargo no es divertido pero sí real.

Si es difícil querer encontrar la lógica en el mundo emocional, donde habitualmente no la hay, más complicado es hacerlo hoy, en el político. Los seres humanos desarrollamos la actitud de necesitar entenderlo todo. Y eso no sólo es absurdo por imposible, sino porque encima hace sufrir, por lo tanto es peor. Pero, aunque muchos no entiendan que la vida no es justa, podría serlo un poco más... y tener algo más de justicia que al fin y a la postre es lo que quería decir aunque sea susurrando.

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