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El político corrupto

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Ser equivale a tener conciencia de sí mismo. Sin embargo, la persona al tener conciencia de sí misma percibe su imperfección, contingencia y finitud. La conciencia humana supone, por tanto, la introducción de un desequilibrio inaugural en el propio ser, que ocasiona una importante erosión personal, de tal suerte que su amor propio queda irremisiblemente dañado. La conciencia de sí mismo, por tanto, no es sino conciencia de la propia limitación atrapada en el tiempo y en el espacio y sujeta, además, a la lógica y a la corporalidad, que son obstinadamente refractarias a todo tipo de quimeras y creencias promisorias. Unamuno afirma en este sentido que el ser humano es una animal enfermo, neurótico sería quizá más preciso.

El ser humano es consciente de lo que realmente es cuando su propio ser le inquieta, pues su existencia es una experiencia constante de incertidumbre y riesgo sin escape posible. Pero también la conciencia percibe lo placentero, lo grato y lo excelente. En definitiva, lo deseable. Por ello, partiendo de ese primigenio daño personal no queda otra solución que hacerse, imaginarse y afanarse en un esfuerzo desesperado por conservar y acrecentar indefinidamente el propio ser, persiguiendo lo mejor. El deseo busca de forma ávida restañar la grieta inaugural y escapar del corsé empírico y espaciotemporal. Sin embargo, la experiencia no se deja manipular, el espacio es el que es y el tiempo corre apresurado.

Si la originaria herida determina un daño estructural de considerable importancia que lesiona la autoestima, los sucesivos reveses y frustraciones inherentes a la vida terminan por producir un quebranto añadido que afecta a los mismísimos cimientos de una personalidad ya dañada por la conciencia universal de deficiencia. En esta potencial situación de quiebra vital, el deseo de inflación personal llega a tal extremo que, si no encuentra freno en una adecuada configuración moral, aboca en comportamientos indeseables que pueden llegar a convertirse en un serio contratiempo social, pues el deseo constante de mejorar es invasivo y se realiza a costa de los demás. El actual modelo social, políticamente mediocre, económicamente competitivo y muy permisivo en lo que a la ética se refiere, facilita fatalmente esta depravada propensión.        

El egoísmo, la debilidad moral y la ambición desmesurada, en el contexto de una sociedad éticamente desquiciada, es una combinación fatal que acaba por ser la causa de la arrogancia, la vanidad, la falta de empatía y la corrupción de muchos políticos

                                                                                       

El egocentrismo herido, que impele a perseguir con patética falta de pudor la reparación de la personalidad erosionada, no escatima esfuerzos para hacerse con todo aquello que el afectado considera colmaría sus aspiraciones, como dinero, poder, éxito o fama. El egoísmo, la debilidad moral y la ambición desmesurada, en el contexto de una sociedad éticamente desquiciada, es una combinación fatal que acaba por ser la causa de la arrogancia, la vanidad, la falta de empatía y la corrupción de muchos políticos. Su afán es promover su propio prestigio e incrementar su riqueza sin importan los medios utilizados para tal fin. Esa es lamentablemente la razón por la que algunos políticos acceden a la vida pública, sin pensar en ningún momento en el servicio que deben prestar a la comunidad. En su interior no participan de nada, no tienen convicciones, tan sólo fingen apasionarse. Los problemas y el sufrimiento de la ciudadanía son cosas por las que sólo se interesan para sacar provecho personal.

A los más desvergonzados no les gusta llevar una vida rutinaria y austera. La templanza está bien para la mayoría de los mortales, pero no para ellos. Necesitan ser aforados, tener coche oficial, chófer, ropa de marca, volar en primera clase, todo antes que confundirse con los que, en realidad, consideran despreciables súbditos. Su vanidad irrestricta, su afán centrado en sus ganancias, poder y éxito, y sus exageradas aspiraciones esconden, no obstante, la dramática necesidad de aceptarse solamente bajo una forma poderosa de ser. De ahí el enojo apenas contenido que muestran ante la crítica de los adversarios políticos o de los medios de comunicación. La perentoria necesidad de recuperar su autoestima les conduce a retorcidas maniobras e incluso a la mentira con tal de desagraviarse y, de paso, demostrar su supuesto omnímodo poder. Si tienen que elegir entre la verdad y sus sustanciosas ganancias, se quedan indudablemente con el dinero y su impostura. Es precisamente esa falsa condición la que les impide un auténtico acercamiento a la ciudadanía, a la que engañan sin pestañear.

Esta radiografía del impostor y corrupto es mucho más frecuente de lo que imaginamos. Y, aunque se da en otros ámbitos de la vida, con intensidades muy variadas, donde se manifiesta con toda su crudeza es entre la clase política. La ocupación de cargos sin el suficiente bagaje cultural ni técnico, sin convicciones, pero con desmesurada ambición, tienen un viejo y ominoso nombre: desvergüenza.

Menos verbosidad persuasiva y vacía de contenido, pues lo que la ciudadanía necesita más que nunca son políticos honestos y bien formados, con humilde despejo intelectual, educada indignación, pletóricos de ideas impregnadas de esperanza, capaces de generar ilusión por un futuro mejor, un porvenir que permita seguir aspirando a una sociedad justa, libre e igualitaria, sin desempleo ni desahucios, sin miseria ni hambruna, sin contiendas tribales ni terrorismo. En fin, sólo la sospecha de la miseria ajena y el reconocimiento de la dramática realidad actual incitan a la compasión y concitan la solidaridad. Vernos libres de estos aciagos personajes representa, sin duda, un consuelo.

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