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La desigualdad sanitaria, una realidad de todas las regiones (también en Navarra)

Diversos estudios han analizado durante años cómo nacer en un barrio o en otro de una ciudad puede afectar a la esperanza de vida, una cuestión que debe guiar las actuaciones sociales y sanitarias.

Concepción Moreno, del Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra, explica que es en los extremos, al comparar los datos de mortalidad de los barrios con menos privaciones y los que más, donde se aprecian las diferencias.

En una investigación que analiza datos de 1996 a 2007 se aprecia que, a los 15 años, un varón de los barrios más ricos de Pamplona tenía una esperanza de vida de 65,5 años; el de los barrios más pobres, de 61,7.

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Protesta contra la reforma sanitaria

Una protesta contra los recortes en sanidad / Foto: Aministía Internacional.

Las privaciones socioeconómicas influyen en la pérdida de años de vida. Tal cual. Esta es una de las principales conclusiones de un estudio en el que, en su día, participaron el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra y la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Lo llamativo es que esa investigación sobre las desigualdades socioeconómicas de la mortalidad según barrios de Pamplona y Logroño se remonta a los años 1996 a 2007. Por lo tanto, cabe preguntarse si, con la crisis, esta brecha se ha ampliado. Aún es pronto para conocer resultados en este campo, pero una de las personas que participó en ese estudio, Concepción Moreno, del Instituto de Salud Pública y Laboral, reconoce lo llamativo de esas conclusiones en una comunidad, la foral, con una esperanza de vida muy alta.

En 2013, por ejemplo, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, la esperanza de vida de la ciudadanía navarra se situaba en los 83,63 años, la segunda cifra más alta de toda España por detrás de Madrid (84,25). Y la cifra en la Comunidad Foral suponía un aumento de 4,7 años con respecto a la década anterior. La media de la Unión Europea rondaba  en 2012 los 77,4 años.

¿Y qué influye en que, por nacer en un barrio de una ciudad o en otro, se pueda vivir más años? Ya en 1992 se publicó un estudio (realizado en 1991) del mencionado Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra en el que se hablaba de la desigualdad ante la muerte en Navarra. Entonces, la investigación se centraba bastante en las diferencias de mortalidad entre la zona rural y la urbana y se concluía que había menos mortalidad en la zona rural entre hombres de 25 a 74 años, principalmente por la menor presencia de tumores, que se vinculaba ante todo al tabaquismo de la ciudad. Pero una de las cuestiones principales es que también se apuntaba una diferencia en la mortalidad dentro de Pamplona en función del estatus socioeconómico del barrio de residencia, pero solo entre los varones, ya que la tendencia entre las mujeres era “menos acusada”.

Estas diferencias sobre la mortalidad entre los barrios fue un tema en el que se ahondó en un nuevo estudio, el ya mencionado en el que participaron la UPNA y, de nuevo, el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra, y que se centró en esas desigualdades ante la mortalidad en Pamplona y Logroño entre 1996 y 2007. En ambas ciudades se comprobó que había una mayor mortalidad entre hombres menores de 65 años residentes en los barrios más pobres, algo asociado a los peores índices de salud de estas zonas. Especialmente, en enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. En ese periodo, la esperanza de vida de un hombre a los 15 años residente en los barrios más ricos de Pamplona era de 65,5 años, mientras que una mujer llegaba a los 71,4. Sin embargo, un adolescente de los barrios con más privaciones tenía una esperanza de vida de 61,7 años, y una chica, de 69,3.

Es decir, que por esas diferencias entre barrios se podían perder entre cuatro y dos años de vida. Entre las posibles causas, en esa época en los barrios con más dificultades había más casos de sida, cirrosis y sobredosis de drogas. Moreno reconoce que este tipo de estudios, a menudo limitados por la forma de codificar las estadísticas, dejan claro que “no es lo mismo vivir en una zona que en otra”, y que “es en los extremos donde se aprecian más las diferencias, porque entre la clase media hay más similitud”.

Esta es la llamada desigualdad en salud, sobre la que recientemente habló en Pamplona la socióloga e investigadora de la Universidad del País Vasco (UPV) Amaia Bacigalupe. Esta,  en una charla organizada por la Asociación para la Defensa de la Salud Pública, explicó que, pese a que la situación sanitaria en comunidades como Euskadi o Navarra pueda ser una excepción con respecto a las de otras zonas del país, aquí, como en todas las regiones, también hay desigualdad en salud. Y, para reducirla, las políticas que implementen las administraciones no garantizan una solución, pero no hacerlas sí asegura un aumento de la brecha.

Actuaciones universales, pero proporcionales

El estudio sobre desigualdad encabezado por Moreno en Navarra formó parte del proyecto Medea, liderado por el Instituto de Salud Carlos III y que ya entre 2005 y 2007 estudió este tema en diez áreas y, después, entre 2009 y 2011, llegó hasta 14. Entre sus aportaciones, el informe alertó de que la desigualdad en salud, que atribuye a  razones políticas, económicas y sociales (en la salud pueden influir cuestiones vinculadas al área geográfica como, por ejemplo, el medio ambiente físico, el urbanismo, el mercado laboral o los equipamientos de ocio), que esa desigualdad está aumentando, que su impacto es muy grande y que, sin embargo, “se puede reducir” con políticas sociales y sanitarias. Por ejemplo, según se recoge en publicaciones vinculadas a Medea, con actuaciones multisectoriales, que siempre tengan un enfoque de salud y que se dirija a toda la población de forma proporcional a la necesidad.

La Asociación para la Defensa de la Salud Pública ya apuntó, en este sentido, que estos objetivos van en la línea opuesta de políticas de privatización de la sanidad y los recortes, porque “contribuyen a ampliar las diferencias sociales”. La posibilidad de actuar, por tanto, ante esta brecha, que según las fuentes consultadas es una realidad en todas las sociedades, está ahora en el tejado de las instituciones.

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