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Y aprendimos a dibujar barcos

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Y aprendimos a dibujar barcos

Y aprendimos a dibujar barcos

Hoy me van a permitir que me ponga un pelín nostálgico y que les hable de uno de los tebeos icónicos de mi infancia (y supongo que de la infancia de todos los viejunos de mi generación): El Corsario de Hierro. Ya les veo a todos ustedes frunciendo el ceño y diciendo: ”oh, no, otra batallita del abuelo Cebolleta enjaretándonos una historia de espadachines apolillados”. Ya, ya sé que esto les suena fatal, a  aquellos tebeos de posguerra tipo 'Guerrero del antifaz' o 'Roberto Alcázar y Pedrín', a meriendas de nocilla y mortadela, pantalones cortos y tele con dos (créanme) canales. Y algo de esto hay. Entonces, dirán: ¿por qué diablos no nos escribe un monográfico sobre Eichiro Oda? ¿O sobre Masashi Kishimoto? Bueno… ya llegará. Pero hoy me apetece contarles la historia de este osado pirata. Complázcanme.

Les cuento, Victor Mora Pujadas (Barcelona, 1931) comenzó en esto de la historieta en 1948 guionizando un engendro llamado 'El dr. Niebla', durante algunos años escribió aventuras gráficas puramente infantiles como 'Al Dany', hasta que recaló en la archiconocida editorial Bruguera, por entonces la máster del entretenimiento juvenil patrio. Allí, creó en 1956 un personaje mítico de la cultura popular: el capitán Trueno. Este tal Trueno, era un caballero medieval (español, faltaría más) que tras guerrear en la tercera cruzada viajaba por el mundo (conocido)  enmendando entuertos y apiolando sarracenos. Siempre acompañado de sus dos inseparables compañeros, un coloso de fuerza descomunal -Goliat- y un adolescente bastante equívoco -Crispín-. Para trasladar a imágenes las historias de este extraño trío, la editorial impuso a uno de sus dibujantes residentes: Miguel Ambrosio Zaragoza (1913-1992), más conocido como Ambrós  era un profesor republicano con ínfulas de pintor, que, debido al ambiente político de la época, había terminado ilustrando vidas de santos y unos tebeos sobre un ignoto personaje llamado 'El caballero Fantasma' (La verdad es que no se comían mucho la cabeza para elegir títulos, no).

Aunque el 'leit-motiv' que mueve a nuestro héroe sea en principio la venganza, en sus periplos nunca dejará de luchar incansablemente por la equidad y la justicia.

Así, en el 56, este tándem de titanes, comenzó a publicar las aventuras del capitán Trueno, convirtiéndose inmediatamente en un fenómeno de masas, alcanzando una tirada semanal de 350.000 ejemplares. El éxito (moral, que no económico) se mantuvo durante algunos años, tras 175 álbumes, Ambrós, cansado intentó retomar (sin éxito) su carrera como artista plástico y se marchó a Francia.

Mora procuró reverdecer viejos laureles creando otro personaje para Bruguera: 'El Jabato'. Este tal Jabato era un guerrero del siglo I (íbero, faltaría más) que tras pelear contra el imperio romano viajaba por el mundo (conocido) enmendando entuertos y apiolando romanos. Siempre acompañado de sus dos inseparables compañeros, un coloso de fuerza descomunal (Taurus) y un escuálido poeta griego (Fideo de Mileto, feo y de mediana edad, nada de muchachos imberbes que hicieran sudar a los censores). Esta vez a los pinceles le acompañó Francisco Darnís, perdiendo muchísimo con el cambio de dibujante, por lo que la serie no obtuvo, ni de lejos, la popularidad de su predecesora.

El caso es que Ambrós regresó de su periplo francés bastante escarmentado y en 1970 fue de nuevo acogido por Bruguera,  reuniendo de nuevo a nuestros dos autores y encargándoles una nueva serie (y ya vamos llegando). Mora debió pensar que si algo funciona para qué cambiarlo, así que creó un nuevo personaje: 'El corsario de Hierro'. Este tal Hierro, era un pirata del siglo XVII (español, faltaría más) que tras pelear contra una flota de esclavistas británicos, viajaba por el mundo (conocido) enmendando entuertos y apiolando británicos. Siempre acompañado de sus dos inseparables compañeros, un coloso de fuerza descomunal (Mac Meck) y un escuálido mago italiano (Merlíni). Ya teníamos nuevos personajes (¿Nuevos? ¿Qué me he perdido? ¡¡¡Si son los mismooooos!!!  Se estarán diciendo ustedes... Pues no, ya lo verán). Y así, el 16 de noviembre  de 1970, la nueva serie vio la luz en las páginas del semanario de humor 'Mortadelo'. Como ya habrán adivinado, la cosa va de piratas. El temible y cruel pirata conocido como la Mano Azul ataca un navío (español) y asesina a toda la tripulación. ¿A toda? No, el joven hijo del capitán escapa por los pelos de una muerte atroz y es recogido en alta mar por una señora (conocida como la vieja Dama del Mar) quien posee una base secreta en las costas africanas desde la que lucha denodadamente contra el tráfico de esclavos. Allí educa al muchacho como si fuera su propio nieto hasta que este se convierte en un hombretón hecho y derecho (en nuestro héroe, claro). Al crecer, el joven corsario (es curioso, nunca se llega a mencionar su nombre a lo largo de toda la saga) jura vengarse por la muerte de su padre y comienza una endiablada persecución contra el pirata Mano Azul. Tarde, Mano Azul se ha reformado convirtiéndose en Lord Bemburry, un noble favorito del rey Carlos II dedicado ahora a negocios legales, aunque inmorales. A pesar de todo, nuestro joven protagonista dedicará todos sus esfuerzos a hacer la vida imposible al anciano truhán.

Aunque el 'leit-motiv' que mueve a nuestro héroe sea en principio la venganza, en sus periplos nunca dejará de luchar incansablemente por la equidad y la justicia. Sus valores (piensen que se trata ante todo de un caballero español) son los de un hombre honorable y representa como ningún otro personaje de ficción la nobleza, la gallardía y el ímpetu de un justiciero carismático (aunque a veces nos resulte también un poco…. ingénuo). Le acompañan como ya he dicho, un enorme pastor escocés (Mac Meck) noble y fiel, aunque arrastra algún trauma infantil, ya que sueña constantemente con que su mamá le propina azotainas y además le invade una furia ciega cuando alguien osa mencionar su 'kilt'. Y Merlíni, que sueña con ser un gran alquimista, pero no pasa de ser un frustrado ilusionista, sus 'giocco di mani' suelen terminar en tragedia, sobre todo para él.

Si normalmente un héroe se mide por la talla de sus villanos, el corsario es un gigante, pues sus adversarios son muchísimos y de lo más variopinto, desde lord Benburry, inmoral, gotoso y relativamente cómico, hasta Sinaú de Esmirna, un nigromante con terribles poderes hipnóticos pasando por Hassan el eunuco, cuyo refinamiento para inventar suplicios no tiene parangón. O Turján Pachá o il condottiere nero o el boyardo Tamaroff (qué nombres tan maravillosos) todos ellos dotados de una crueldad sin límite (uff, cuantos niños traumatizados por estos personajes…).

Naturalmente, también conoceremos a lo largo de la saga un puñado de mujeres que (como no) se enamorarán perdidamente de nuestro héroe. Lady Roxana, sobrina de Benburry y representante del tipo "virginal que espera paciente el regreso de su chico" Bianca di Orsinni, princesa veneciana, cortesana, duelista del tipo "yo digo cuando y como", la capitana Dagas, una mujer pirata de armas tomar con sentimientos ambivalentes hacia Hierro, la bella Djiamba, esclava liberada por el corsario y eternamente agradecida, o la nativa americana Colibrí, destinada a casarse con nuestro prota, pero rechazada al fin (con mucha mano izquierda claro). Ya ven, los tiempos estaban cambiando y los personajes femeninos ya no eran esas mojigatas temerosas a las que nos habían acostumbrado sino mujeres capaces de tomar la iniciativa e incluso de resolver por ellas mismas algunas situaciones peliagudas.

De todos estos secundarios fantásticos, mi favorito siempre fue Des Brieux, lugarteniente de la capitana Dagas, enamorado hasta las patas de su capitana, pero incapaz de expresarlo, aguantando estoicamente todas las humillaciones de las que ella le hacía objeto, ufff.

Mora estaba pletórico, y demostró que todos sus trabajos anteriores no habían sido más que una especie de entrenamiento para llegar a la excelencia. Sus historias rebosan acción, aventuras y pasión, y sus personajes, aún los más anecdóticos están llenos de matices y humanidad. Sin embargo, es Ambrós el que demuestra aquí que su creatividad es inabarcable, sus dibujos, de un dinamismo envidiable, poseen un lenguaje cinematográfico pocas veces visto en el mundo de las historietas. Sus escenas de acción son trepidantes, sus hallazgos visuales espectaculares, desde las batallas navales hasta los duelos con espada, desde la ambientación de época hasta y sobre todo, el trazo de los personajes, que es lo que al final hace de esta serie una maravilla de belleza, su peculiar forma de retratar los sentimientos humanos en los rostros de los personajes es apasionante. Se puede decir que son personajes “vivos”. En fin, no sigo que me emociono.

La serie se publicó casi ininterrumpidamente durante (agárrense) 11 años. Casi al final, Mora pasó el testigo a otros guionistas como Juan Manuel González Cremona o Jose Luis Barón Sese, el nivel, naturalmente cayó en picado. Además, Ambrós ya empezaba a dar síntomas de su enfermedad y esto hizo que los dibujos se resintiesen también drásticamente.

En fin, una serie que merece una reedición en condiciones (con otros colores, no la cuatricromía típica bruguera y con los textos escritos a mano, no 'typewriting') para poder ser paladeada como se merece, una y otra y otra y otra vez…

* Iñigo Yarza es dibujante de cómics.

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