Opinión y blogs

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Naturaleza y ciencia ciudadana

La Ciencia Ciudadana es una práctica que está adquiriendo cada vez más protagonismo que implica la participación ciudadana en las actividades propias de una investigación científica. Lo ciudadanos y las ciudadanas contribuyen activamente a la investigación, con diversas tareas, entre ellas las observaciones de campo, pero, también, pueden ser otras funciones.

La Asociación Europea de Ciencia Ciudadana (ECSA) considera que “la ciencia ciudadana representa un tipo de investigación como cualquier otro, con sus limitaciones y carencias que hay que tener en cuenta y controlar. Sin embargo, a diferencia de las aproximaciones tradicionales de investigación, la ciencia ciudadana ofrece oportunidades para una mayor participación pública y democratización de la ciencia. La ciencia ciudadana no se puede ver como un sustituto del trabajo de la comunidad científica, sino como un complemento muy valioso que permite conocer algunos aspectos relevantes para la conservación de los seres vivos del mundo”.

Concretamente, un estudio reciente publicado en la revista Biological Conservation, reafirma el papel fundamental que tiene la ciencia ciudadana para la conservación de la biodiversidad y alienta a seguir trabajando para mejorar y aumentar su aportación. En el citado estudio, se afirma que “actualmente la ciudadanía proporciona una gran cantidad de datos sobre biodiversidad que son útiles para la ciencia, pero esta información tiene todavía más potencial para evaluar la biodiversidad a escala regional y global. De hecho, más del 50% de los datos de la Infraestructura Mundial de Información en Biodiversidad (GBIF, por sus siglas en inglés) ya provienen de la ciencia ciudadana”, según el catalán Bernat Claramunt, uno de los autores del citado estudio.

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Universidad y derecho de pernada

Estudiantes examinándose

Por más que los estudios indiquen que el acoso y el abuso sexual se perpetra en todos lo ámbitos sociales, nos cuesta creer que la universidad esté incluida. Porque la universidad debería ser salvaguarda de los valores fundamentales que sustenta la sociedad humana.

Semejante  ilusión, aunque bonita, es falsa. La universidad es uno de los reductos más anquilosados y antidemocráticos. Y, en consecuencia, reacia a tomar medidas para la igualdad de género.

Hace ya años y después de conocer desde dentro la universidad, hice mi propia definición: un conjunto de feudos medievales con derecho de pernada, tanto metafórica como literalmente.

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¿Necesita Euskadi un 25% de temporalidad?

La temporalidad es uno de los males del mercado laboral.

Entre las magnitudes que se utilizan para definir como precario un “mercado laboral” la tasa de temporalidad suele ser una de las más socorridas. La tasa de temporalidad mide el porcentaje de personas trabajadoras que tienen un contrato temporal sobre el total de personas ocupadas.

La economía vasca suele caracterizarse por la importante presencia comparativa del sector industrial tanto el porcentaje sobre PIB como en volumen de empleo ocupado. Se supone que esta realidad debe conllevar una mayor estabilidad en la contratación y a comportamientos menos bipolares en la creación y destrucción de empleo. Cuando éste se destruye no lo hace de forma tan rápida como en el resto del estado y cuando se crea también lo hace con secuencias más pausadas.

Relacionado con esto, está la particular evolución de la productividad de la economía española en los periodos de crisis. En las crisis se da un incremento de la productividad de la economía como consecuencia de brutales ajustes de empleo. Dicho de otro modo, se destruye más empleo de lo que cae la producción, provocando altísimas tasas de paro. La destrucción de empleo temporal suele ser la primera reacción de las empresas.

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¿Todo es bueno para el convento?

Euskadi no es un convento, pero no le hubiera venido mal a sus autoridades disponer de un claustro para pasear por él e ir reflexionando sobre la paz que, con tanto anhelo e inquietud, buscábamos los vascos. Quienes pusieron tanto de su parte para que la paz y la convivencia fueran casi una quimera, es decir los terroristas de ETA y sus cómplices de la Izquierda Abertzale, que llegaron a vocear en las calles “ETA mátalos”, ya han sido derrotados mediante la contundencia policial ante su pertinencia desmedida. Pero lo que queda de ETA, aún no disuelta, sigue dando guerra… Y siguen dando guerra quienes continúan reivindicando la pacificación y la convivencia desde un posicionamiento absurdo que predica la equidistancia entre víctimas y victimarios. La sociedad vasca está suficientemente constreñida como para que en una misma familia convivan víctimas y victimarios, o familiares de tal con amenazados aterrorizados, de modo que los discursos institucionales han tenido que hacer equilibrios para satisfacer y enfadar en la misma medida.

Cuando ETA, derrotada previamente mediante la Ley, la constancia y el acierto de las Instituciones decidió dejar de atentar se abrió un periodo difícil de administrar para los gobernantes autonómicos. Cuando el Lehendakari Patxi López apostó por acordar con el PP un Gobierno que plantara cara al terrorismo etarra, estaba arriesgando mucho, porque la sociedad vasca adolecía, y aún adolece, de una endogamia peligrosa en la que conviven vínculos muy imbricados unos en otros que han impedido la contundencia y la libertad. También el nacionalismo vasco buscó la paz, pero lo que caracterizó a tal búsqueda fue la pusilanimidad a la hora de adjudicar la culpabilidad del hecho terrorista, al menos desde el momento en que Franco, con su muerte, dejó el camino libre para que se iniciara un nuevo tiempo.

Cuando escribo este artículo ya se ha celebrado la manifestación en la que (según la prensa escrita) “miles de personas exigen en Bilbao un cambio en la política penitenciaria”. Es verdad, pero todo es muy engañoso, porque a la cita convocada por la plataforma llamada SARE, ocasionalmente útil para los presos y sus familias, no acudieron los partidos políticos vascos más importantes. Curiosamente el ex etarra Otegi estaba mientras tanto en Berlín falseando la realidad y reivindicando “la libertad de los presos políticos vascos”. De modo que, de un plumazo, los presos de ETA se han convertido en presos políticos. Lo que Otegi dijo en Berlín contrasta con la pluralidad que vio el responsable de SARE, Joseba Azkarraga, en la marcha de Bilbao en la que, al parecer, se defendían los derechos de los presos asesinos de ETA como si se estuviera defendiendo a un carterista, a un matón o a un traficante de drogas… Y al mismo tiempo Urkullu buscaba en el Vaticano la mediación del ”número dos” (el siguiente al Papa Francisco en el escalafón) Monseñor Paroli, para consolidar la paz. Urkullu buscaba en el encuentro con Paroli un impulsor de la convivencia que no debería ser necesario, porque el diagnóstico de la situación actual es coincidente para casi todos, si bien no lo son ni la terapia a aplicar ni las actitudes de los líderes vascos.

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Cooperación autonómica

Una de las lagunas en el diseño constitucional de nuestro Estado autonómico es la ausencia de mecanismos de cooperación entre el Estado y las Comunidades Autónomas, así como de éstas entre sí. No sólo no se prevé un marco institucional que posibilite las relaciones de cooperación autonómica  sino que la única vez que hay una fugaz referencia a las relaciones cooperativas (art 145)  se hace con prevención ante los eventuales ‘acuerdos de cooperación’ que pudieran suscribirse, exigiéndose, en evitación de posibles riesgos, la autorización previa de las Cortes Generales. Se trata de una concepción preventiva de la cooperación en las relaciones autonómicas que debe ser corregida; y también de una cuestión que, sin duda, debería figurar como uno de los puntos a incluir en la agenda relativa a las reformas constitucionales por realizar.  

Pero si el diseño constitucional de nuestro Estado autonómico no propicia la cooperación entre el Estado y las CC.AA., tampoco la práctica que ha venido desarrollándose, tanto desde las instancias centrales del Estado como desde las CC.AA., ha contribuido a ello. En el caso de las primeras porque todavía siguen anidando en ellas concepciones que ven en cualquier forma de ejercicio compartido del poder (y las relaciones de cooperación lo son) un atentado a la soberanía nacional; o ven en cualquier conflicto con los poderes autonómicos una amenaza a la unidad nacional.  Y por lo que se refiere a las segundas, baste constatar que la actividad de las autoridades autonómicas ha estado centrada de forma prioritaria, cuando no exclusiva, en la consecución de sus propios objetivos particulares e inmediatos, al margen por completo de cualquier consideración relativa a la cooperación autonómica.

Es en este marco en el que hay que situar la Conferencia de Presidentes autonómicos que tiene lugar estos días. Surgida durante el mandato del anterior jefe de gobierno a partir de 2004, no puede decirse que hasta la fecha haya conseguido su asentamiento institucional. Una prueba de ello es el largo periodo que lleva sin siquiera reunirse (casi cinco años; la última reunión fue en 2012), lo que muestra el escaso interés que, al menos para quienes tienen la facultad de convocarla, ha despertado hasta ahora. Pero a pesar de este injustificado retraso en su convocatoria, hay que valorar positivamente la convocatoria actual ya que ofrece la posibilidad de articular un principio de cooperación entre el Estado y las CC.AA., y de estas entre sí, que hasta ahora no ha existido.

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¿Cómo un Gobierno incumple su propia ley?

Sindicatos y colectivos se concentran frente al Parlamento para reclamar la subida del SMI en prestaciones de Lanbide

“Las leyes nos definen”, dice un personaje de la serie danesa Borgen. Cuando el Gobierno vasco presentó en 1987 el estudio ‘La pobreza en la CAV’ y se evidenció el alcance de la misma, inmediatamente se puso en marcha un proceso que culminó con la aprobación, en 1990, de la Ley de Ingreso Mínimo de Inserción (IMI). Posteriormente, aquel IMI y su regulación fue sufriendo diversas modificaciones hasta llegar a la actual Ley para la Garantía de Ingresos y para la Inclusión Social. Pero el cuestionamiento de la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), en sus formas pasadas o presentes, ha sido recurrente. Unas veces de forma burda (me ahorro los ejemplos, que por burdos son de sobra conocidos) y otras de forma más sutil, como cuando algún partido de ámbito vasco apoyó en el Parlamento español una reforma legislativa (que no fue aprobada) para que las personas inmigrantes en situación irregular perdieran el derecho a empadronarse, lo que las habría expulsado de la RGI.

Es curioso lo bien que viene Madrid para todo. Cuando interesa, es la encarnación del abuso y la intromisión en nuestras competencias. Cuando no, un cómodo burladero. La reciente subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) hasta los 707,60 euros, con su llamativa alusión a la no necesidad de que las rentas autonómicas que lo toman como indicador se ajusten a él -caso de la RGI-, no hace más que confirmarlo ¿Es una contrapartida a un posible apoyo del PNV a los presupuestos de Rajoy? ¿La cuestión competencial también cuenta con la liquidez de la que hablaba Bauman? Parece que hoy toca burladero.

Pero las leyes nos definen, sí. Y la ley que regula la RGI es una ley vasca. Fue nuestro Parlamento el que decidió ligar su cuantía al SMI. ¿Dónde estaba el Gobierno vasco cuando el SMI estaba congelado y el IPC subía el 2,9 %? Nadie se planteaba desligar la RGI del SMI, ¿ahora si? Fuimos soberanos y ahora el Gobierno vasco anuncia que va a incumplir su ley como consecuencia de una subida importante del SMI. Creo que no se pueden cambiar las reglas con el partido empezado.

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Derecho a respirar

La baja calidad del aire que respiramos en las grandes ciudades no es algo precisamente nuevo, ni siquiera en Euskadi. El pasado industrial de este país ya oscureció nuestros cielos durante el siglo pasado, sobre todo hasta que la reconversión de los ochenta alejó de los cascos urbanos las industrias más contaminantes, de las que hoy solamente quedan casos puntuales. Los que vivimos los setenta y los ochenta del siglo pasado lo recordamos perfectamente, ya que nos tocó respirar un aire contaminado que seguro que no fue precisamente beneficioso para nuestra salud. Hoy es el transporte el que representa la mayor amenaza en este sentido, un transporte basado fundamentalmente en combustibles fósiles que, además, contribuyen de forma decisiva al complejo proceso de cambio climático que ya estamos viviendo.

Las medidas tomadas por el Ayuntamiento de Madrid el pasado diciembre a causa de las altas tasas de contaminantes en el aire de la capital han abierto un debate que ya es viejo en otros países. La circulación de vehículos privados en nuestras ciudades es tan alta que afectan seriamente a la calidad del aire que respiramos, lo que causa problemas reales muy serios a muchas personas, sobre todo personas mayores y niños. Eso ha llevado a que se intente reducir el número de vehículos en marcha mediante diferentes sistemas, con mayor o menos éxito. Y, por supuesto, con mayor o menos contestación social, ya que las limitaciones de este tipo nunca son recibidas de buen grado por una parte de la sociedad.

En este sentido, hay que destacar la petición de información del Defensor del Pueblo sobre los planes municipales de diversas ciudades, entre las que se incluye Bilbao, para atajar la contaminación. A pesar de que los índices de calidad del aire en las ciudades vascas están lejos de los que muestras otras urbes más grandes de nuestro entorno, el debate es necesario, ya que las afecciones a la salud de las personas son reales independientemente de lo que muestren las cifras estadísticas. Estas afecciones pueden ser intensas en determinadas zonas, no necesariamente junto a las estaciones de medición donde se recogen los datos de calidad del aire, algo que siempre hay que tener en cuenta.

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La Berlusconización de Europa

“Obras son amores, que no buenas razones”. El refrán es esa gran herencia de sabiduría popular obtenida de la experiencia cotidiana y colectiva y transmitida de generación en generación. De abuelos y abuelas a hijos y nietas y así sucesivamente. Ciertamente, tanto para la vida cotidiana como para momentos de trascendental importancia, como la elección del presidente del Parlamento Europeo nos son perfectamente válidos para explicar realidades complejas.

Esta semana se elegía el presidente del Parlamento Europeo. Hasta ahora el socialista alemán Martin Schulz se encargaba de esta tarea. Gracias al archiconocido pacto de la Gran Coalición los socialistas presidirían la Eurocámara durante la primera mitad de legislatura y los populares durante la segunda, a la vez que la Comisión y el Consejo Europeo, todo un abuso de poder propio de pactos entre desiguales, entre una parte fuerte y una débil que ha perdido su orientación política hace tiempo. Tras dos años y medio, los socialistas anunciaban la ruptura de este gran pacto presentando un candidato a la presidencia del parlamento, el italiano Gianni Pittella contra el candidato popular. Pittella se apresuró a anunciar el fin de la Gran Coalición, en un intento de que la alternativa progresista siguiera girando alrededor suyo. Es aquí donde podemos hacer referencia al refrán del inicio: “Obras son amores, que no buenas razones”.

Este pacto, la Gran Coalición, es mucho más que un reparto de sillas en las instituciones europeas (que no es poco), sino que es el responsable de las políticas de austeridad a través de herramientas como el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que ahoga a los países en recesión, de querer aprobar el TTIP y el CETA que rebajan nuestras normas sociales y medioambientales, de permitir construir una Europa Fortaleza que militariza las fronteras mientras viola el derecho internacional al asilo y de que personajes como Cañete, Oettinger o Juncker sean hoy en día comisarios y presidente respectivamente. En resumen, la Gran Coalición ha representado la claudicación de la socialdemocracia al proyecto neoliberalista de las élites financieras para Europa, y eso no se rompe con discursos. Para el muy acertado “más vale pájaro en mano que ciento volando”, los socialistas no fueron capaces de ofrecer ningún “pájaro” como compromiso y teniendo en cuenta que su candidato Pittella fue uno de los principales defensores de la fallida reforma constitucional en Italia, esto es imprescindible.

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“Salvémonos primero los de casa”

Vivimos en una época marcada por la incertidumbre y diría que también por el miedo. De golpe nos empezamos a acostumbrar a que ocurran cosas que se decían que no podían ocurrir. El Brexit es una realidad, Trump presidente de EE UU y la ultraderecha subiendo como la espuma en bastantes países europeos. Se están produciendo cambios de calado en el panorama internacional que empiezan a dibujar un futuro bastante oscuro, donde la agenda viene marcada cada vez con mayor fuerza por los  discursos anti inmigración y segregacionistas de la ultraderecha. Paralelamente, vemos como la izquierda europea no termina de definir un proyecto alternativo y la socialdemocracia intenta encontrarse a sí misma, lo que está posibilitando que el conservadurismo más rancio se haya instalado en Europa para mucho tiempo. Ahora nos alegramos porque la ultraderecha solamente ha sacado el 46% de los votos en Austria y no ha llegado al gobierno. En estas estamos.

La crisis económica ha tenido unas consecuencias sociales catastróficas para una gran parte de la población que ha visto como las instituciones europeas y estatales, que debían velar su bienestar, han optado por la mano dura de la austeridad. Al parecer los tecnócratas europeos pensaban que todo esto no tendría consecuencias políticas, pero vaya si las está teniendo. El  desapego al proyecto europeo viene de lejos, pero han sido las políticas de austeridad las que han dado la puntilla a la confianza ciudadana con dicho proyecto. Por desgracia, la izquierda crítica con este modelo europeo no está sabiendo capitalizar este descontento mientras si lo hace la ultraderecha. Cada vez más europeos optan por una Europa diferente, pero no más solidaria ni  progresista, sino por un proyecto europeo basado en la segregación social y étnica donde los de "casa" tengan prioridad sobre los de "fuera".

La crisis económica ha tenido unas consecuencias sociales catastróficas para una gran parte de la población que ha visto como las instituciones europeas y estatales, que debían velar su bienestar, han optado por la mano dura de la austeridad

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“Nada” y la adolescencia

He leído recientemente un libro impactante. Su título –“Nada”- y su autora –Janne Teller- eran perfectos desconocidos para mí hasta que, husmeando información para otro artículo, los encontré. En ese momento ni la temática –el problema de los/as refugiados/as en Europa- ni los datos sobre la propia escritora danesa –economista especializada en la resolución de conflictos humanitarios en el mundo- podían llevarme a imaginar que desembocaría en la lectura de esta obra publicada en España (Seix Barral), doce años después de ser escrita, en 2002.

Mencionar el retraso en la traducción al castellano de esta novela no es un tema baladí. Tiene que ver con la polvareda mediática y social que “Nada” había ocasionado. Lo cuenta la propia autora al final de la obra, por lo que no desvelo ningún secreto: problemas con el editor, reticente a su publicación, prohibición de lectura en algunos países nórdicos, recomendaciones de las administraciones educativas y culturales  de no exponerla a lectura de las y los adolescentes… Hasta que la novela no fue premiada y obtuvo cierto reconocimiento de la crítica especializada, no comenzó a equilibrarse la pugna entre detractores y partidarios. Comenzaba la polémica sobre “Nada”.

La propuesta argumental es simple y profunda, a la vez: explicar la respuesta que varios jóvenes pretenden dar al reto de uno de ellos, manifestado al comienzo de la obra: “Nada importa. Hace mucho tiempo que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”. Esta actitud nihilista, que lleva al joven a renunciar a la lucha por cualquier otro interés, se convierte en una declaración de movilización para sus compañeros/as decididos a convencerle de su error. ¿Cómo renunciar a una vida tan interesante, llena de oportunidades, deseos, ambiciones? La apuesta grupal es tajante: demostrarle que merece la pena luchar por conservar aquello que se nos hace imprescindible, que justifica nuestra vida. Para ello, se inicia una competición personal de renuncia individual al bien más preciado, más valioso, aquello que llega a dar significado a cada existencia.

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