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Identidad

El disparate es la simplificación. El disparate es considerar que en un Estado democrático, constitucional, los dirigentes políticos tienen derecho a condicionar la vida de los ciudadanos por una cuestión de identidad; cualquiera, lo mismo da; ya sea una identidad basada en la religión, la cultura, el sexo, el lugar de origen o las preferencias artísticas.

La simplificación es siempre un reducionismo absurdo de tal manera que si alguien se da a conocer como italiano, por ejemplo, enseguida se le supone cantando ópera, degustando spaguettis, tocando mandolinas, hablando a gritos por las calles o teniendo parientes relacionados con la mafia calabresa. Todos estos atributos no son más que tópicos, trivialidades, lugares comunes, simplezas que tienden a ahorrarnos el esfuerzo de reconocer en cada individuo una personalidad distinta, única, original, diferente...

El escritor Umberto Eco dijo que “todas las guerras de religión que han ensangrentado el mundo durante siglos nacieron de adhesiones pasionales a contraposiciones simplistas, como nosotros y los otros, buenos y malos, blancos y negros”. En nuestro país la religión nacionalista también se ha ido asentando de esta manera; es decir, mediante la adhesión de los ciudadanos a los mandamientos identitarios tanto vascos como españoles o catalanes, por ejemplo, que los más listos del territorio han tenido la brillante ocurrencia de promulgar; ya saben, el Partido Nacionalista Vasco en Euskadi, el Partido Popular en España y Esquerra Republicana en Cataluña; partidos políticos que, - por mandato divino, supongo, - se han adjudicado a sí mismos el sacrosanto derecho a guardarlos y hacerlos guardar.

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Las elecciones y la elección

Una señora vota durante el referéndum del 1-O

Hay quienes creen que las elecciones del 21 de diciembre lo cambian todo: en concreto, se piensa que el simple hecho de su celebración trasladará el marco interpretativo actual del enfrentamiento entre una Cataluña insumisa y un Estado opresor a la realidad de una sociedad catalana diversa en sus opciones de futuro, que ha de aclarar internamente sus aspiraciones de autogobierno y la manera de conseguirlas. En otras palabras,  se confía en que las elecciones movilicen a una supuesta sociedad “silenciada”, contraria al soberanismo unilateralista, a la vez que desanimen al soberanismo más radical (participar en las elecciones es aceptar el 155 y traicionar el mandato del 1-O), dividan al soberanismo más pragmático o astuto (Santi Vila versus Oriol Junqueras) y acobarden al catalanismo burgués alarmado por el “voto de los mercados”.

Una encuesta de NC Report, realizada el 23 de octubre, permitía a algún analista confiar en la solución aritmética al problema catalán: si los partidos constitucionalistas lograran 300.000 votos más de los que lograron en las anteriores elecciones de 2015 podrían alcanzar la mayoría absoluta de 68 escaños en el Parlament. Otro sondeo de Sigma Dos, realizado en las mismas fechas,  también apunta a la pérdida de mayoría absoluta del independentismo. Pudiera ser así, pero lo cierto es que no resulta fácil pensar en movilizar a mucha más gente de la que votó en las elecciones de 2015, con un record de participación del 77%. Por otra parte, una encuesta de Metroscopia sigue reflejando una división casi a partes iguales entre constitucionalistas e independentistas, si bien la posición de los segundos varía en función del escenario que se plantea tras la independencia. Y otro estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEO) señala que el sí a la independencia obtendría un apoyo del 48,7% de los catalanes (del mayor porcentaje favorable a la separación desde 2014, cuando se comenzó a formular la pregunta), frente al 43,6% que se opondría.

En el fondo, lo que se espera es que las elecciones del 21-D sean las del desempate: que la aritmética electoral resuelva lo que la política no sólo no ha solucionado, sino que ni tan siquiera ha afrontado. ¿Qué va a hacer el Gobierno español cuando el día 22 compruebe que los independentistas seguimos siendo tantos, si no más, como antes?, inquiere un Puigdemont no sé si asilado en Bruselas, pero sí aislado de la realidad de Cataluña.  “Tenemos que ganar al secesionismo en las urnas. ¿No querían votar?, pues que voten, hay que trabajar por ganarles en las urnas”, proclamaba una de las intervinientes en la manifestación del 29 de octubre de Societat Civil Catalana. Pero, ¿no es también el secesionismo parte constitutiva de esa misma sociedad civil?

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Una Cataluña plural y diversa por la convivencia frente a los independentistas y sus tontos útiles

La doble y multitudinaria presencia de la mayoría “silenciosa y silenciada” en las calles de Barcelona el 8 y el 29 de octubre atendiendo el llamamiento de SCC es una razón para el optimismo [“Tots soms Catalunya, per la convivencia, seny”]. Sociedad civil catalana ha sido capaz, dos veces en veinte días,  de congregar a multitud de personas y a personalidades de significado tan transversal como Vargas Llosa, Jiménez Villarejo, Francesc  Carreras, Josep Borrell, Paco Frutos…y otros. Es cierto que allí estaban líderes del PSC, PSOE, Cs y PP, fundamentalmente,  pero para mí tiene un gran valor que gentes de izquierdas de toda la vida superaran prejuicios tan instalados en ella como la identificación de la bandera de España, o el mismo nombre de España con la derecha más reaccionaria y fueran capaces de hacer ver que el múltiple sentido de pertenencia es el más extendido en Cataluña y en el resto de las nacionalidades o regiones del Estado…

Allí no estaba Podemos, ni Cataluña si qu´es pot, … pero sí estaban votantes del antiguo PSUC,  y de Catalunya si que´s pot.  Digo esto porque quienes venimos del antifranquismo rupturista y hemos militado en sindicatos y partidos de izquierdas,  sabemos de las grandes reticencias a decir España,  cosas que algunos hemos denunciado en reiteradas ocasiones; el manido recurso al término “estado” para evitar la palabra “tabú”, prohibida, por el discurso dominante y políticamente correcto de cualquiera de  izquierdas que se precie. Hasta tal punto es así que  han conseguido que se identificara con “facha”, o se usara como sinónimo de tal el término de español. Esta es la realidad que empezó a configurarse a finales de los 70 y comienzo de los ochenta y de cuyas consecuencias somos herederos; se empieza así y se acaba dejando la rojigualda a los ultras, y pitando el himno, al rey y a la roja en una suerte de hooliganismo que impide a los chavales decir que son del Madrid porque les  tachan de fachas.

Los sindicatos en Euskadi, también UGT y CCOO, en sus manifestaciones llevan la ikurriña, pero nunca una bandera de España, a lo sumo una tricolor republicana,  porque aquí sigue siendo tabú el símbolo de la bandera de España.  Hay que decirlo como lo dice Borrell. El término España y la bandera, igual que el himno no son símbolos franquistas y al  igual que la jefatura del estado dejan de serlo desde el mismo momento en que España se convierte en un Estado (ahora sí) social, democrático y de derecho con la aprobación de la Constitución de 1978. Yo,  como muchos vascos  tampoco voté a favor  de la Constitución, pero el terrorismo (expresión del nacionalismo más delirante y excluyente) y  el golpismo (expresión de la reacción extrema) y gente de referencia como Bandrés, Onaindía,Buesa,  Jauregui… me hicieron no sólo aceptarla, sino defenderla  como marco de convivencia fundamental desde el convencimiento más profundo de que nos homologa con las democracias que nos rodean y nos dota de un marco de paz y convivencia  que España no ha conocido en su historia contemporánea.  Una España plural y diversa, plurinacional y asimétrica,  respetuosa con los diferentes y múltiples sentidos de pertenencia que tras estos casi 40 años, estoy convencido,  será capaz de reformar su constitución para amoldarse a la nueva situación. España existe, hay catalanes ( y vascos) que se sienten españoles y europeos. España es un estado de la UE y su integridad territorial está garantizada.

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El president que juega al escondite

Si todos actúan con buenas intenciones (con las mejores) y no se empeñan en plantear situaciones a modo de coartadas o cambalaches, el día 21 de diciembre Cataluña y España podrán firmar la paz y darse un saludo de concordia. El futuro lo exige, y la dignidad que se nos debe suponer y exigir a los humanos, también. La “apocalipsis”, prometida o esperada, ha quedado en poco más que nada a pesar de que la situación, aunque orientada al norte, permanece sumida en la confusión.

Los catalanes y las catalanas, de una u otra condición, no se merecen tanto riesgo e incertidumbre. Los españoles y las españolas tampoco. Quienes viven atribulados por el quehacer y los diarios avatares, que son casi todos, no pueden seguir siendo utilizados en ningún sentido. Lo conveniente ahora es hacer balance y sacar conclusiones. A sabiendas de que ponderar los hechos o las situaciones suele hacerse desde posiciones diversas, intentaré situarme en un lugar que podamos compartir cuantos más. Soy de izquierdas, y como tal deseo un Estado fuerte y compacto que proteja las vidas de los ciudadanos, que garantice la libertad de todos por igual y trabaje a favor de la igualdad de todos, tanto de la económica como de la social. Detesto las fronteras. Sabido que hay fronteras geográficas que pueden ser superadas, aborrezco esas otras fronteras que suelen implantarse aplicando criterios como los esencialismos identitarios, siempre impulsadas por quienes se creen ungidos por una superioridad fatua.

El proceso catalán nos ha ofrecido suficientes imágenes que han provocado ásperas controversias. Desde luego, muchas más que razones para los acuerdos. No ha habido culpables de ello, pero sí responsables. Unos más que otros, en unas u otras ocasiones. Ha sido un tiempo alocado en el que se han utilizado razonamientos aderezados con demasiadas dosis de intransigencia. El espectáculo se ha sacado a las calles con un descaro que ha formado parte de una taimada estrategia. Primero se crearon dos organizaciones (ANC y OMNIUM) a las que se ha dado una representación que no les corresponde, superior al propio Govern. Después se sacó del Govern a quienes mostraron el más mínimo riesgo de desacuerdo con el independentismo, y a quienes no parecían dispuestos a decir “sí Bwana” a las órdenes de Puigdemont. Posteriormente se dotó a los Mossos de todo lo necesario para que se mostraran mucho más como cómplices de los desórdenes callejeros que como garantes del orden público. Y por fin, convirtieron el Parlament catalán en la Casa de Tócame Roque.

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Si no estás cabreado…

Dice un eslogan que puede verse en pegatinas “Si no estás cabreado, no estás prestando atención”. Desconozco su origen. Parece que fue apadrinado por los/as amantes del rock en la contestataria Norteamérica, a partir de los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando personas anónimas, sin vinculación ideológica entre ellas, encontraron en la música una forma de rechazo al odio, al racismo, la discriminación y la violencia. Era un grito político ante una nación que entonaba la crítica a la guerra, pero que se desgarraba por la injusticia social. De todo ello, de lo ocurrido en ese festival revival que se celebró en la ciudad californiana de Indio, con actuaciones estelares de Who, McCartney, los Rolling o Bob Dylan, entre otros, nos hablaban las crónicas, hace ahora un año.

El eslogan, como respuesta política, sigue siendo aplicable a múltiples situaciones cotidianas contra las que conviene mostrar una actitud ferozmente crítica: la persistente crisis económica, la corrupción política inacabable, las tensiones militares en cualquier parte del mundo –ahora, en el sudeste asiático- y un largo etcétera, cuya simple enumeración nos hace subir la adrenalina.

Hay que actuar, sin embargo, con una cierta mesura; es decir, sin renunciar a mostrar nuestra protesta, conviene aderezarla con una buena dosis de prudencia, que haga nuestro catálogo de reclamaciones creíbles. Experimentemos con este nuevo coctel de indignación y templanza, de radicalidad y moderación. Así, podríamos decir:

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Golpe a golpe

Han pasado más de cien años, pero conservan intacta su fuerza las palabras que le escribía Unamuno a su amigo Azorín en 1907: “Merecemos perder Cataluña. Esa cochina prensa madrileña está haciendo la misma labor que con Cuba. No se entera. Es la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tienen testículos en vez de sesos en la mollera)”. En los últimos días no hemos dejado de oír la palabra golpe de Estado. Algunos la usan para referirse a la ley de transitoriedad catalana, otros al artículo 155. La historia empezó mucho antes, pero no cabe duda de que el elemento desencadenante fue el recurso que en su día puso el PP contra un estatuto aprobado por los parlamentos catalán y español y refrendado por la ciudadanía. El recurso fue admitido y el Tribunal amputó preceptos que siguen estando en vigor en otros estatutos. Algunos empezaron a hablar de golpe de Estado.

A partir de ahí, todo ha ido a peor, hasta desembocar en una ley de transitoriedad que proclama la República catalana, sin proceso constituyente y sin la mayoría cualificada exigida en cualquier Parlamento para cambiar las reglas de juego y reformar el poder constituido. De nuevo no falta quien habla de golpe de Estado, pero desde el otro bando. Y luego ha llegado también el artículo 155, que nos vendieron con el objetivo de frenar la declaración de independencia. Se frenó y el 155 siguió su marcha. Luego vino una segunda exigencia, que esta vez sí que lo pararía: la convocatoria de elecciones. Parece que los mediadores convencieron a Puigdemont, que ya iba a anunciarlas. Al conocerse que se iban a convocar, se produjo una quiebra en el bloque independentista y empezaron las dimisiones. Puigdemont pasaba para muchos de héroe a traidor. Se había conseguido matar muchos pájaros de un tiro. No había declaración, había elecciones y por el camino, el bloque independentista se resquebrajaba. ¿Objetivo logrado? Pues tampoco. El artículo 155 continuaba su marcha inexorable y ya nada parecía suficiente para parar el proceso.

Y vuelven a oírse voces hablando de golpe de Estado. Para mí, el término que define con mayor precisión el fenómeno que estamos viviendo es el de involución democrática. Según la RAE, es involución la “detención y retroceso de una evolución biológica, política, cultural, económica, etc.”. Pues eso, a lo que estamos asistiendo últimamente es sin duda a un retroceso en la evolución política, pero también en la cultural, en la económica y en el caso de algunos representantes de la vieja clase política, podríamos decir que incluso en la  biológica, hacia comportamientos más propios de otras fases evolutivas.

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Franco

Hace 43 años, por estas mismas fechas, el general Franco moría en la cama rodeado del manto de la virgen del Pilar, el brazo incorrupto de Santa Teresa, muchos cables, diferentes monitores clínicos y otras reliquias y objetos milagrosos que no hicieron más que proporcionarle a su yerno, el marqués de Villaverde, el decorado perfecto con el que convertir aquella agonía en una ilustración más del tradicional esperpento español. Parecía que con la muerte del general se liquidaba de una manera casi definitiva un larguísimo siglo diecinueve caracterizado por las guerras civiles, la desidia intelectual, los exilios, los pronunciamientos militares, los muchos privilegios eclesiásticos y aquello tan goyesco de dirimir todas las disputas a hostia limpia, es decir, a garrotazos.

Sin embargo mucho me temo que nunca lograremos deshacernos del siglo diecinueve ya que, al parecer, el único lugar del planeta donde Franco todavía no ha muerto es en esta desquiciada tierra de terratenientes gandules, toreros muertos, taxistas cabreados y ciudadanos permanentemente estafados por sus gobernantes. Durante todos estos años nuestros nacionalistas se han encargado de mantenerlo vivo ya que en su infantil necesidad de lo absoluto, los nacionalistas siempre requieren de un enemigo contra el que vivir.

Según el criterio de los nacionalistas catalanes, una de las raíces más profundas del conflicto con el Estado está en el franquismo

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Debates ficticios

Sala de espera de un centro de Osakidetza

Imagínese que es usted uno de los trabajadores de La Naval de Sestao y que su pan está en riesgo. O que es una de las personas afectadas por el cierre de la histórica Xey, por los problemas que traviesa Vicrila, Cel o Edesa Industrial. Imagínese que, además, vive usted en Barakaldo y sus hijos, que ya estudian en la Educación vasca con los peores resultados de la historia, se ven obligados a estudiar el Bachillerato en otro municipio porque los cuatro centros que tiene a su alcance no ofrecen todos los modelos lingüísticos ni los contenidos curriculares contemplados en la legislación vigente. Imagine también que su madre va en silla de ruedas y que, pese a que la Sanidad vasca es la más cara de España, los hospitales de Euskadi suspenden en accesibilidad.

Imagíneselo. Y ahora escuche a su Gobierno autonómico –con las competencias de Industria, Educación o Sanidad transferidas– diciendo que el principal problema de Euskadi es que no gestiona sus cárceles y que la transferencias de la Seguridad Social es prioritaria. Esas y otras tantas, como la asignación del ISBN de los libros o el reconocimiento de que Euskalmet es la autoridad meteorológica en Euskadi, y no la AEMET estatal. Escuche también a la mayoría del espectro político vasco justificando la ilegalidad en Cataluña mientras esta dilapida la estabilidad económica de la región. Escúcheles desarrollar su argumentario político y pregúntese qué respuesta se está dando a los problemas de casa. A sus problemas y los de su familia, amigos y vecinos.

En Euskadi asistimos a un momento político en el que las dificultades reales de la gente real han sido solapadas por debates ficticios que tienen más que ver con juegos de poder o con batallas identitarias que con los ciudadanos. Sólo así se entiende que cuando únicamente el 16,9% de los vascos quiere la independencia –datos del último Deustobarómetro– el partido que gobierna Euskadi centre su actividad diaria en apoyar al Govern catalán y que Bildu proponga a Podemos y a PNV un pacto que promueva en Euskadi un proceso de ruptura unilateral que derive en una república vasca confederal. 

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Octubre rojo en el cine o cómo el no a la guerra llevó a Lenin al poder

Vladimir Lenin

Aviso a navegantes. Este no es un artículo sobre el cine soviético. Es un artículo sobre cómo ha tratado el cine la revolución de octubre de 1917, sus prolegómenos y sus derroteros. Así que empecemos por el contexto.

Rusia era un país muy extenso, muy poblado y esencialmente agrario. Un país con 175 millones de habitantes y más del 80 % de su producción proveniente del sector agrícola. Un país donde la emancipación de los siervos (en otras palabras, la supresión de la esclavitud) se produjo en una fecha tan tardía como 1861, lo que por otra parte no mejoró las condiciones de vida del campesinado. Probablemente, a corto plazo las empeoró.

Alejandro II había iniciado unas reformas que su hijo, Alejandro III y luego su nieto, el zar Nicolás II, se encargaron de frenar. La guerra con Japón, lamentablemente perdida para Rusia, agudizada por las diferencias sociales, fue el origen de la revolución truncada de 1905. Es la historia que, bastante fantaseada y tergiversada, recogió posteriormente Eisenstein en el El acorazado Potemkin (1925). La historia de un motín se convierte, en manos de Eisenstein, en la crónica de una insurrección. Eisenstein decide mostrar la leyenda y ocultar la realidad, al contrario que John Ford casi cuarenta años más tarde en El hombre que mató a Liberty Balance (1962). Un revolucionario (Eisenstein) con una mirada cinematográfica conservadora. Un conservador (Ford) con una mirada cinematográfica progresista. ¡Toma paradoja!

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155: Más el cómo que el qué

Puigdemont llama al Parlament a decidir sobre el intento de "liquidar" el autogobierno

Parece claro a estas horas que el nacionalismo secesionista catalán no tiene más recurso que tratar de insistir en la batalla de imágenes a costa de posibles errores o excesos del gobierno español. La partida europea se ha saldado con un absoluto fracaso: nadie les compra el producto porque eso sería liquidar el empeño de la Unión. El baño de realidad de las consecuencias de una separación de este tenor
se está viendo en la salida masiva de empresas catalanas de su lugar de origen. Habrá otros encontronazos más con esas consecuencias. Esto no era una fiesta de pijamas por muchos réditos que les estuviera dando semejante experimento de revolución posmoderna. Al final solo les queda persistir en el error, llevar la fuerza de la voluntad del trozo de sociedad catalana que alienta ese objetivo hasta sus últimas posibilidades. Y lograr nuevas imágenes de fuerza del contrario para hacerlas valer en la sociedad del espectáculo internacional y así dar la vuelta en lo posible al actual estado de cosas.

La aplicación del 155 puede proporcionarlas. De ahí que no se haya manifestado ninguna intención de buscar un camino alternativo para evitarlo (vg. la convocatoria de elecciones desde el propio Govern). Se trata de convertir esos seis meses de excepcionalidad, no en una prórroga, sino en un sufrimiento. El cuanto peor mejor es la evidente estrategia de esa parte. De manera que se impone una aplicación inteligente del 155. No es fácil describir qué será eso, porque no se pueden prever las situaciones de confrontación que se producirán.

El Estado de las autonomías se soportaba y soporta en una lealtad entre partes que no elimine por completo las tensiones y disputas, pero que sí pueda confiar en que nadie está trabajando para reducir a la nada al otro. La desaparición muy avanzada del Estado en muchas regiones, como consecuencia lógica y deseada de la descentralización de competencias y recursos, se acompaña en las comunidades nacionalistas de la invisibilización forzada de la ciudadanía partidaria de la doble identidad o lealtad (a su comunidad y al conjunto del país). Remontar ese gap obliga en situaciones de crisis como la actual a dos cosas: hacer presente en el escenario al trozo de sociedad que ha estado anulada en este proceso y dirigir la política autonómica hacia un objetivo contrario a la separación. Uno y otro objeto resultan de muy difícil logro y darán lugar a fuertes tensiones: unas provocadas por su propia acción y las otras por la respuesta a las provocaciones para desestabilizar ese intento de normalización.

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