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Circo

Lo conocido nos aburre, lo repetitivo nos hastía, lo impuesto nos molesta y la aplastante realidad que los medios de comunicación del poder nos imponen día tras día, noche tras noche y bostezo tras bostezo, nos fatiga

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Hernando (PP) espera que Pedro Sánchez no practique el "cainismo interno"

Rafael Hernando, en Vitoria EFE

La diferencia sustancial entre nuestra vida y la de nuestros antepasados no guarda relación alguna ni con la cultura ni con la religión sino con la cantidad de cosas que se disponen para entretener el tiempo que en eso nos ocupamos de a diario una vez concluida la jornada laboral, tendida la ropa, dado de cenar a los niños, consultado el móvil por millonésima vez y escuchada la tertulia nuestra de cada día con el mismo fervor con el que nuestras abuelas escuchaban en la radio el Santo Rosario.

Esto de entretener el tiempo, pudiendo convertirse, por experiencia, en una obsesión malsana, no es algo que últimamente me preocupe demasiado, ya que desde hace días, semanas, meses gasto la mayor parte del mío tratando de comprender como es posible que haya quien considere que Rafael Hernando está mínimamente capacitado para detentar cualquier cargo público pero, bueno, no cabe duda que cada partido político tiene perfecto derecho a desbarrar del modo y manera que considere más conveniente que en esto, los socialistas, no tienen por que ser los únicos.

En fin, lo cierto es que para distraer el tiempo en nuestra americanizada sociedad parece que, menos inteligencia, hay demasiado de todo, entonces, ¿por qué la gente se aburre tanto?. Durante interminables siglos la gente no ha tenido más distracción que hacer silogismos, bailar el minué, entonar alabanzas a nuestro creador y tocar la ocarina los domingos por la tarde.

Actualmente, vivimos en medio de una comodidad que en ningún momento de la historia le fue concedida al hombre. Hacemos cosas prodigiosas con la más absoluta naturalidad y sin conocer las causas de lo que hacemos: telefoneamos, escuchamos la radio, mandamos whatsups, contemplamos la televisión, nos desplazamos a distancias fabulosas en tiempos mínimos, bailamos envueltos en la melodía de discos compactos, saboreamos caldo de pescado en cubitos, gazpacho en envases de cartón, yogurt en tarros de plástico y cada temporada aparecen en los escaparates cosas que aunque no las necesitemos siempre nos parecen necesarias.

Parece ser que el único propósito de nuestra desarrollada sociedad occidental es el de distraernos, pero como esto – por lo visto – no debe resultar nada sencillo, cada día hay más películas, más novelas, más canales de televisión, más emisoras de radio, más tiendas de todo a cien y más personas que, con mayor o menor fortuna, trabajan para la industria del entretenimiento...

Todo este esfuerzo, en realidad, es solo consecuencia de una certeza muy simple: lo conocido nos aburre, lo repetitivo nos hastía, lo impuesto nos molesta y la aplastante realidad que los medios de comunicación del poder nos imponen día tras día, noche tras noche y bostezo tras bostezo nos fatiga.

Tal vez por eso en casi todos los comicios electorales de estos últimos tiempos los ciudadanos han votado contra lo establecido, contra la élites políticas, económicas y mediáticas que han ordenado el mundo de tal manera que este ya solo nos provoca aburrimiento, hastío, molestia y fatiga. Los ciudadanos, por lo demostrado en dichos comicios, tenemos, al parecer, la urgente necesidad de entretenernos de otra manera; de distraernos, en definitiva, dando la oportunidad para que otros payasos se sitúen en la pista central del circo; eso sí, con Donald Trump como indiscutible cabeza de cartel pero seguido de un largo, larguísimo etcétera...

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