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Cuestión de prioridades

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La hasta ahora apacible ciudad de Burgos se ha visto revolucionada estos pasados días por la protesta de los vecinos del barrio de Gamonal que se oponen a la ejecución de una obra proyectada por el Ayuntamiento que va a suponer el desembolso de más de ocho millones y medio de euros. Las manifestaciones pacíficas, que el alcalde ha obviado como hacen todos los cargos del Partido Popular, han dado paso a los altercados callejeros propios de la frustración y la indignación de quienes ven que las prioridades de los cargos políticos que gobiernan la ciudad son contrapuestas a las que marca la cruda realidad.

Parece que muchos dirigentes populares, y alguno de otros partidos, no parecen comprender que ya no se puede continuar con la política del 'ladrillismo' y de las obras faraónicas destinadas a que se les recuerde como los alcaldes que hicieron esta o aquella obra. Tampoco lo han entendido esos empresarios que han medrado al calor de los pelotazos que existen en todas las ciudades españolas.  Algún día tenía que saltar la chispa de la indignación que provocan en la sociedad las autopistas sin coches, los aeropuertos sin aviones, los trenes de alta velocidad sin pasajeros y todas esas infraestructuras absurdas donde han enterrado el dinero público durante años.

Parece que determinada clase política no se da cuenta de lo mucho que han cambiado en estos últimos años las prioridades para gran parte de la sociedad y del hartazgo y la indignación que embargan a una gran parte de la ciudadanía. La forzada exclusión a la que se está sometiendo a muchas personas mediante el desempleo, los recortes en sanidad, educación y servicios sociales, las estafas de las preferentes, los desahucios, las subidas de la energía, los copagos o la deuda del rescate bancario tiene que alterar necesariamente la paz social.

Algún día tenía que saltar la chispa de la indignación que provocan en la sociedad las autopistas sin coches, los aeropuertos sin aviones, los trenes de alta velocidad sin pasajeros y todas esas infraestructuras absurdas donde han enterrado el dinero público durante años.


En Euskadi tenemos casos similares de dispendios similares en infraestructuras. En Vitoria-Gasteiz se está realizando en estos momentos la remodelación de la Avenida DE Gasteiz, una obra que guarda mucha similitud con la de Burgos y que va a costar incluso más, aunque el alcalde Javier Maroto le quite hierro al asunto con aquello de que el coste de la obra se pagará con “financiación externa”, como si los vitorianos no pagásemos a Hacienda y los fondos del Gobierno vasco no tuviesen nada que ver con nosotros. Y aún quedan en la recámara proyectos como el soterramiento de las vías del tren, otro pelotazo urbanístico pinchado por la crisis del ladrillo y muy relacionada con otra gran infraestructura que ya veremos como acaba como es la Y vasca. Seguro que al lector se le ocurren más casos de similares características a lo largo de nuestra geografía.

En Euskadi parece que la indignación ciudadana se ha limitado a manifestaciones por una causa o por otra, pero no ha cuajado en una respuesta con incidentes violentos en las calles. Y esperemos que siga así. Pero también es algo en lo que deben pensar nuestros representantes políticos a la hora de diseñar determinadas políticas. A nadie sorprende que gastos y comportamientos que resultaban admisibles antes de 2008, ahora supongan una afrenta hacia una ciudadanía que está soportando toda la presión de la crisis. Y es realmente triste y preocupante que este tipo de actuaciones se lleven a cabo por parte de los ayuntamientos, que son las instituciones públicas que más cercanas están a la ciudadanía y que debería tener claras sus prioridades.

Ya va siendo hora de que los políticos y las instituciones públicas que gestionan se centren en las verdaderas prioridades que tiene nuestra sociedad a día de hoy. Los cargos electos están ahí para solucionar los problemas de la sociedad, no para crear problemas nuevos y, mucho menos, para persistir en las políticas que nos han llevado hasta la situación en la que ahora nos encontramos. La gente que está desesperada por haber perdido su empleo, por ver como sus hijos no pueden trabajar o por no poder pagar su hipoteca o los recibos de la luz, ya no se conforma con votar cada cuatro años. Lo que quieren es que se solucionen sus problemas, o al menos, que se intente hacerlo. Es una simple cuestión de prioridades.

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