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ELA: de (casi) amarillo a (casi) rojo

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En 1985 el sindicato ELA-STV recibió cuarenta millones de pesetas de la National Endownment for Democracy, un organismo creado por Ronald Reagan para "defender los valores democráticos en todo el mundo". El informe de la NED decía que el sindicato, “vinculado al Partido conservador Nacionalista Vasco”, estaba en condiciones de enfrentarse al “movimiento separatista ETA (…) que amenaza a la democracia liberal en España” y de servir “como una fuerza moderadora en la región contra los sindicatos vascos radicales y el sindicato CCOO de orientación comunista”. En 2012 su antiguo secretario general, José Elorrieta, defendía una tesis doctoral donde hablaba del paso de ELA del “sindicalismo institucional al contrapoder".

¿Qué extraordinario cambio se había producido en esos veinte años de dirección de Elorrieta para que aquel sindicato creado en 1911 por el PNV para hacer competencia al monopolio del obrerismo socialista aparezca al cabo de un siglo a los ojos de ese partido como la inversa de su modelo socioeconómico?

SOV –nombre original de ELA- se fundó para ampliar el espacio social del nacionalismo vasco y para superar las incapacidades del sindicalismo cristiano amarillo. A pesar de sus primeros años más mutualistas que reivindicativos y de su dependencia de patronos como Sota, y a pesar de nacer buscando más la paz social que el combate social, nunca fue un sindicato amarillo, pero sí básicamente conciliador. Todavía en los años ochenta del pasado siglo tenía ese cariz, más si se tiene en cuenta la competición de izquierdismo que caracterizó al sindicalismo vasco entonces.

Ajeno voluntariamente a las lógicas y debates del resto de fuerzas sindicales, ELA se aplicó pronto a un modelo propio, inequívocamente sindical, de espaldas por completo a debates políticos, apostando por convenios de empresa, orgulloso de su entonces intocada caja de resistencia y convencido de que su desarrollo dependía de una maquinaria organizativa dinámica y férreamente controlada. Sin demasiado ruido, ya era el sindicato con más delegados sindicales en 1980 y desde entonces puso en marcha una campaña por un “marco vasco de relaciones laborales” que no hizo sino achicar el espacio de sus competidores sindicales en la medida en que iba ganando fuerza.

¿Qué extraordinario cambio se había producido en esos veinte años de dirección de Elorrieta para que aquel sindicato creado en 1911 por el PNV para hacer competencia al monopolio del obrerismo socialista aparezca al cabo de un siglo a los ojos de ese partido como la inversa de su modelo socioeconómico?

Cuando entró Elorrieta a la secretaría general, en 1988, se fue abandonando la asepsia política anterior y el sindicato se fue implicando en las “responsabilidades nacionales”, se fue haciendo beligerantemente abertzale. En solo cinco años hablaba de sí mismo como “organización sindical integral” –un remedo de la organización sociopolítica de los sindicatos de la Transición- y en 1995 dio el campanazo con un documento con LAB en el Aberri Eguna que anticipaba su diagnóstico de “defunción” del Estatuto de Gernika y apostaba decididamente por el soberanismo. En el marco del inmediato Pacto de Estella todo iba en la dirección del viento de la apuesta soberanista del PNV y del nacionalismo, y entonces no parecía importar el progresivo papel político autónomo de una organización sindical hegemónica y cercana a los cien mil afiliados.

La cosa se fue complicando desde el congreso del 97, cuando ya se habló de globalización, y cinco años después ELA formaba parte entusiasta de todos los cortejos altermundistas, asumía un papel dinamizador y protagonista a nivel internacional e iba haciendo propia toda la retahíla argumental de ese nuevo izquierdismo. Por entonces, comienzos del siglo XXI, ELA denunció a las instituciones nacionalistas vascas (Gobierno, diputaciones y ayuntamientos) como defensores de los intereses empresariales y comenzó a desaparecer de los diferentes organismos oficiales de mediación y colaboración (CRL, Hobetuz, CES). Teniendo en cuenta las dimensiones de su hegemonía, era condenarlos a la nada. El remate fue el inicio de una serie de largos conflictos huelguísticos de empresa (hotel María Cristina, Caballito, residencias de Gipuzkoa, Arregui-Celsa…), en general resueltos favorablemente, a pesar de la factura de su duración y del efecto sobre la caja de resistencia. La relación con los sindicatos no nacionalistas se había convertido en puro desprecio y el hegemonismo de ELA le acercaba más y más a verse capaz de responder por sí mismo y con sus solas fuerzas a todos los retos del presente.

En esa deriva, antaño bien vista por sus correligionarios del nacionalismo de partido cuando ELA aportaba sus bases a las iniciativas de aquellos, el sindicato se ve fuerte para actuar al margen de colores de gobierno, y para leerle la cartilla con prepotencia a todo político viviente, ahora afectado por un general descrédito. La autonomía alimentada desemboca en un autismo factible si se tiene en cuenta la dimensión de su fuerza y de su poder sociosindical. Su propia experiencia sindical y la novedad de la política altermundista le propician los escenarios para alimentar su dimensión reivindicativa, tanto en el discurso como en algunas sonoras demostraciones. Y cuando el hijo amenaza con ser más fuerte que su padre, cuando el contrapoder le enfrenta a su correligionario partidario, al PNV y a su gobierno, éste se pregunta si ha dejado de ser carne de su carne.

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