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Francia llora, Francia sangra

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El viernes a la noche es un momento delicioso en París, a lo largo de los bulevares de Voltaire, o de la Rue de Charonne. Es un lugar de encuentro entre amigos para tomar una copa, compartir una cena, ir a un concierto de rock al Bataclan….

Estamos en el Paris de las Luces. El Paris orgulloso de su Plaza de la Bastilla, cuna de la democracia, terruño de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el París que celebra la Republica , no muy lejos de esta otra glorieta donde se erige Marianne triunfante, sobre un pedestal compuesto del tríptico que representa la libertad, la igualdad, la fraternidad.

Pero hoy Paris esta cruelmente herido. Marianne sangra. La bella noche del  viernes entre amigos se ha convertido, en la capital, en una espantosa tragedia. Terroristas han matado a 130 de nuestros hermanos, de nuestras hermanas, y herido a cientos de ellos más.

Y lloramos. Francia ha quedado tocada. Pero es el conjunto de la humanidad que sale irremediablemente alcanzada. Pisoteada por una ideología asesina y un fanatismo ciego.

¿No estamos ya amenazados por una guerra, innominada, innominable… pero real?

Ante este ataque, no debemos aceptar ninguna resignación y sobretodo no ceder ante el miedo. Debemos unirnos más allá de nuestras discrepancias. Tenemos que combatir juntos, por nuestra Republica, la que erige la igualdad de derechos y protege la libertad. Y más concretamente merced al principio de laicidad que reconoce a cada uno de nosotros una libertad de conciencia y preserva su identidad espiritual, dentro de una estricta separación de la fe de los asuntos públicos. 

Hoy más que nunca, la República, debe sentirse UNA e INDIVISIBLE, para todos. Ella es un todo. No es la adición de comunidades distintas. Y aun menos una gran superficie donde se iría a hacer la compra, cogiendo lo que nos conviene y donde dejaríamos lo que nos desagrada.

Francia ha quedado tocada. Pero es el conjunto de la humanidad que sale irremediablemente alcanzada. Pisoteada por una ideología asesina y un fanatismo ciego

La Republica nos protege. Nos obliga también. Ella implica el respeto recíproco entre indivíduos, así como las reglas que desde su autoridad enuncia. ¿Cómo, después de estos trágicos atentados, como lo fueron los de enero de este mismo año que enlutaron nuestro país, no rememorar la afirmación asentada por Hobbes , filosofo de las Luces :” ..el hombre puede ser un  lobo para el hombre?

Claro que el hombre puede ser un lobo para  su semejante. Por ello la Republica nos impone a todos reglas y leyes, con el fin de poder vivir juntos, en paz. La autoridad es el corolario del respeto a estas normas. Esta República es quien nos protege pero quien también nos obliga, y la que nos corresponde mantenerla viva.

No se trata por consiguiente de dispensar una especie de catecismo republicano que habría que engullir, como un modo de sumisión, como tampoco se trata de dar lecciones de moral, la moral se ciñe al ámbito de lo privado-, y aun menos de uniformizar al pensamiento. En nuestra lógica la libertad de pensamiento es total.

Se trata de retejer el pacto republicano, fundado sobre el respeto a los demás, en el seno de la familia, en la escuela, en la sociedad. Un pacto irrevocable que no debemos dejar desgarrar a navajazos, o con un kalashnikov, ni arrinconar al son de nuestros deseos a menudo egoístas. El estado de derecho no debe flaquear.

En tanto que jueces, entre otras instituciones tenemos la encomienda de garantizarlos. Pero también hay que preocuparse de restablecer los lazos sociales rotos, revigorizarlos, en el día a día, las solidaridades bajo todas sus formas que habrá que reinventar. Sí, eso es, nos tenemos que ayudar los unos a los otros, apoyar a los niños, a los jóvenes, la los padres, a los maestros, a todos los actores de la sociedad. Intercambiar, trasmitir, testimoniar.

La llama de la paz que ilumina Europa desde la segunda guerra mundial, hoy tiembla. A todos nosotros, pueblo de Europa, nos corresponde no dejarla apagarse. Nuestras democracias nos imponen esa orden, consigna sagrada.

Solo podremos alcanzarlo en tanto que iguales en derechos y dignidad. Y en la fraternidad.

Isabelle Rome es magistrada de la Corte de Apelación de Versalles (París)

Texto traducido por José Luis Gómez Llanos

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