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Fuegos artificiales sobre el iceberg maldito de la violencia de género

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En estos días nos acercamos a las cincuenta mujeres asesinadas en lo que va de año. Más de una por semana. Haga juego, señora: ¿a cuál le tocará en la próxima? Pero el asesinato es sólo la punta del iceberg, porque para llegar a matar seguramente antes ha habido un largo camino en el que han coexistido violencias de distinta intensidad, empezando por la sibilina y cuasi-invisible, siguiendo por la psicológica y explícita, continuando con la puramente física, y acabando allá donde acaba la vida. Por tanto, hay muchas más de 50 en la parte de abajo del iceberg, esa de la muerte lenta o cuando menos de la vida del día a día que dista bastante de merecer la pena.

Además de la aplicación de la justicia a la persona agresora y de las manifestaciones de repulsa que siguen a un asesinato, organizadas sobre todo desde los grupos feministas, hemos de apostar por la prevención para que los asesinatos ocurran cada vez menos hasta, ojalá algún día acabar con ellos. Y dicha prevención pasa necesariamente por la sensibilización y la educación de todas las personas, tanto hombres como mujeres, y por la dotación de recursos para el apoyo y acompañamiento a aquellas mujeres que puedan necesitarlo.

La violencia de género resulta ser a veces un terreno delicado en el que incidir, pues se puede dar en círculos demasiado privados como el hogar o la relación de pareja, en los cuales no es sencillo entrar para tratar de quitar vendas y abrir los ojos, no ya desde lo institucional y público sino incluso por parte de personas cercanas y amigas. Por otra parte, yendo a sus causas, estas tienen una fuerte componente de psicología evolutiva profunda como son las relaciones de poder entre los seres humanos, formas de comprender la vida que vienen de siglos atrás, y que durante nuestra existencia en este siglo XXI son reforzadas por multitud de mensajes y modelos que, un día sí y otro también, recibimos explícita o implícitamente en medios como la televisión, el cine, los espacios profesionales, nuestras familias, etc.

En Occidente criticamos a veces la sumisión de las mujeres árabes, y resulta paradójico que esas críticas en ocasiones vengan desde las mismas mujeres que aquí están encadenadas a dependencias a hombres

En Occidente criticamos a veces la sumisión de las mujeres árabes, y resulta paradójico que esas críticas en ocasiones vengan desde las mismas mujeres que aquí están encadenadas a dependencias a hombres. Unas veces, dependencia económica que ha hecho que a lo largo de décadas algunas mujeres hayan sido una simbiosis de compañera y esclava; qué pena que antiguamente no había este tipo de reflexiones en la esfera de lo público. Otras veces, dependencia amorosa que en base a códigos de enamoramiento, machos alfa, soledades, etc. sacrifican la libertad, la realización personal bien entendida, e incluso las relaciones personales vitalmente más importantes, transformando una relación de cariño en un vínculo temeroso, preocupante y agotador. A veces incluso llegan a devenir en relaciones de cuidados hacia el agresor, y esto es el colmo pues no es sino otro tipo de síndrome de Estocolmo. Qué lástima que esto ocurra más frecuentemente de lo que la gente cree a primera vista, que suceda en mujeres rubias o morenas, todas ellas maravillosas, a menudo con una inteligencia muy alta, y -siempre- que se merecen mucho más por todo lo que valen y lo que pueden aportar.

Enciendo una vela no para lamentar la siguiente muerte, sino para prender la mecha que lleve a que cada cual, sobre todo mujer pero también hombre, tome conciencia de su situación, tenga la valentía de hacer balance y, sobre todo, sea capaz de decidir y actuar. De ese modo, poco a poco irán apareciendo fuegos artificiales sobre el iceberg maldito de la violencia de género.

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