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Indiferencia

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Puestos a aburrir, nada como los independentistas, tanto vascos como catalanes, así que para variar, para cambiar de tema, para no seguir haciéndole la campaña electoral al Partido Popular y para situarnos en la realidad de aquello que cotidianamente más nos afecta, digamos, por decir algo, que la sustancia del tiempo que estamos viviendo la describió hace ya tiempo Lawrence Durrell en un párrafo incluido en su libro Justine; el primero de los que forman su espléndido 'Cuarteto de Alejandría'.

El párrafo en cuestión dice lo siguiente: “durante años uno tiene que resignarse al sentimiento de que la gente no se preocupa, lo que en verdad se llama preocuparse, por nuestra persona; un día alarmados nos damos cuenta de que el que no se preocupa es Dios; no solo no se preocupa, sino que le somos totalmente indiferentes”. Si sustituimos a Dios por el Estado –pobre Dios, tantos siglos condicionando el trágico destino de los hombres y ahora convertido en un cadáver sujeto a la interminable autopsia de los científico – nos podemos hacer una idea bastante aproximada de lo que pretenden los ultra conservadores cuando afirman que hay que “respetar las leyes del mercado”.

Esta doctrina ideológica del capitalismo más deshumanizado dió en las últimas décadas del siglo pasado cerebros tan brillantes como Margaret Tacther y Ronald Reagan que fueron los primeros que pusieron en práctica la premisa de que los contribuyentes no es que no hemos de preocuparle al Estado, sino que le hemos de ser totalmente indiferentes. Esta contundente afirmación es la que, ahora, está permitiendo que quien no consigue integrarse en la sociedad comience a considerarse a sí mismo como único responsable de su desgracia con lo que la responsabilidad colectiva, esto es, la responsabilidad de los políticos, la de los empresarios, la de los periodistas y la de todos aquellos ultra conservadores que apuestan por la involución del Estado, desaparece.

Los contribuyentes no es que no hemos de preocuparle al Estado, sino que le hemos de ser totalmente indiferentes

Lo que ahora impera en los numerosos medios de comunicación controlados por los discípulos de Reagan y la Tachter es la necesidad de reducir al Estado a su mínima expresión y de enterrar precipitadamente lo público y el interés del público por lo público. Todo esto, eso sí, bien disfrazado de modernidad, progreso, cifras macro económicas y también, como no, de un sacralizado culto al individualismo que tanto promueven los anuncios publicitarios de hombres y mujeres satisfechos de sí mismos, pulcros, triunfantes, higiénicos, con relucientes dentaduras, coches deslumbrantes, casas descomunales, móviles de última generación y demás trofeos de guerra.

Los tremendos recortes presupuestarios en la sanidad, la ley de dependencia, la educación, la cultura, las prestaciones por desempleo, etcétera, etcétera, proyectan la idea, muy extendida ya en amplios sectores de nuestra sociedad, de que quién no es un “emprendedor” que no sabe o no puede valerse por sí mismo es un lastre para la sociedad; un pobre desgraciado que no resulta rentable; un bulto sospechoso que no produce, que no funciona, que entorpece el buen funcionamiento de la maquinaria capitalista.

El mundo es para los espabilados. Para los listos como Rato o Pujol. Para el resto está la nueva esclavitud laboral. Eso con suerte, que para muchos solo queda el arte callejero, ya saben, mimos, mendigos, limpiabotas, afiladores, timadores, músicos, vendedores ambulantes... Más o menos lo mismo que ocurría en la España cabizbaja de los escapularios, las beatas, los seriales de la radio, las penas de la Lirio y las gitanas que decían la buenaventura. Lawrence Durrell tenía razón: para Dios, o sea, para los ultra conservadores que nos están gobernando, aquellos que durante los últimos años se han adueñado de todas las instituciones del Estado, nosotros, los contribuyentes, no es que no les preocupemos sino que les somos totalmente indiferentes.

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