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Inoxidables de Euskadi

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Las municipales son las elecciones más agradecidas que hay. Son como la lotería de Navidad: a todo el mundo le toca algo y todo el mundo encuentra un consuelo. Con algunos votos menos que antes puedes tener más concejales y poder, o viceversa. Allí pierdes algo y aquí lo ganas. Y si no, siempre cabe la coda de que estos comicios no son extrapolables a los anteriores o a los que vengan, ni tampoco comparables exactamente en sus resultados con ellos. De manera que el análisis siempre cuadra y no es fácil fallar. El problema es decir algo novedoso o de interés. Veamos.

La principal pregunta para la ocasión es si en Euskadi se ha producido el mismo terremoto que en el resto de España, si los partidos tradicionales han sufrido igual ante el avance de los emergentes. Aquí, los del 'Régimen del 78', recuérdese, son cuatro y no dos. Y uno mira a vista de pájaro o con microscopio y concluye que algo, pero poco, que todavía no han alterado demasiado ese cuadro. El incremento ha sido reducido en número de concejales (un 3%) y el volumen de los ajenos a la tetrarquía municipal del paisito sigue en un exiguo 15%. Otra cosa es que los mordiscos hayan podido desequilibrar la posición anterior de algunos (Bildu y los socialistas, sobre todo) en algunos municipios y en la visión de conjunto. Pero la irrupción incontrolada de las candidaturas populares o directamente de Podemos o Ciudadanos deberá quedar aquí para mejor ocasión. Nada demasiado importante dependerá aún de ellos porque han hecho gala de un exceso de improvisación, inconsistencia y última hora, e incluso de división. Aunque en otros sitios no han tenido más tiempo ni más destreza y les ha ido mejor.

Se confirma, por tanto, la mayor solidez del sistema vasco de partidos. No porque sea más lozano, dinámico, joven o saludable, en absoluto, sino simplemente porque en física cuatro patas sostienen mejor que dos. Cuatro formaciones ocupan más espacio de oferta para satisfacer las demandas en lo político de los ciudadanos. Y la física vuelve a explicar que hay más tensión reactiva entre cuatro que entre dos. Lo que no es óbice para que estas patas se hubieran seguido astillando, como ha ocurrido, por ejemplo, en Cataluña. Pero no ha pasado aquí, de lo que se concluye que nuestra fidelidad sigue siendo más constante “que en el Estado”: seguimos siendo más constantes en lo de votar en contra de.

Los emergentes no han entrado con fuerza, lo que acredita la solidez del sistema vasco de partidos. No porque sea más dinámico o saludable, sino porque cuatro patas sostienen mejor que dos y ocupan más espacio de oferta para satisfacer las demandas de los ciudadanos. Porque no se olvide que, aquí, los del 'Régimen del 78' son cuatro, y no dos

Cuestión distinta es que, manteniéndose el árbol en pie, haya llovido por igual para todas sus ramas. Y aquí hay que concluir que solo ha habido un ganador: el PNV. Incrementando “solo” un 10% sus votos se volverá a hacer con las tres diputaciones y posiblemente con cinco de las ocho localidades más pobladas. Y surge la pregunta: ¿cómo resiste un partido tan viejo como el PNV ante el vendaval de 'novismo' a que asistimos? Lo tendrá que estudiar alguna ciencia dura, porque si hay un partido antiguo y envejecido es el PNV: décadas manejando poder de todas las maneras posibles, estructura partidaria clásica, discurso ideológico tradicionalista, formas demodés incluso cuando trata de aparentar modernidad estética, corruptelas y chanchullos totalmente legales. Se podría seguir. Y ahí sigue, incombustible e inoxidable, y tan alejado de la novedad que no le amenaza nadie por ahí, a diferencia de lo que les pasa a sus competidores. Tan centrado en su inmovilismo gubernamental que ha vuelto a servir de clavo ardiendo para quienes en una legislatura se han hastiado del doctrinarismo de la izquierda abertzale. Lo de Guipúzcoa así lo dice. Solo le ha fallado la plaza vitoriana, donde tan aparentemente fácil era ocupar ese espacio entre el extremismo de Maroto y la amenaza paracaidista de Bildu. No todo puede salir bien. Los de la izquierda abertzale no han conseguido atrincherarse en el poder a base de política sectaria, gobernando solo para los suyos, y el PNV ha aparecido más “nacional”, abierto, que ellos. Parece cosa fácil, pero no lo es tanto convencer de la bondad de políticas no sectarias en Euskadi.

Pero el duelo sigue atrincherado en la casa de los todavía dos grandes partidos españoles, la quintaesencia del 'Régimen del 78'. Lo de los populares empieza a ser serio. La plaza de Vitoria y su consiguiente buen guarismo alavés no pueden ocultar su desaparición física del territorio municipal. Y ahora sin pistolas de por medio; una reflexión a tener en cuenta. Tampoco que no hayan tenido competidor alguno en su campo. Vamos, que se han borrado ellos solos. El desequilibrio interno de representación pública, totalmente basculada hacia Álava, acabará estallando en cuanto pase la Pax Mariana, justo después de las elecciones de otoño. Entonces el hoy ministro Alonso dejará claro a sus correligionarios del norte cuáles son sus poderes, los únicos que puede exhibir el PP vasco.

Y lo de los socialistas vuelve a ser otra gran oportunidad, salvo que salvar los muebles, recuperar alguna plaza o volver a la política de “Unión Sagrada” de los 80-90 y servir de muleta al poder del PNV para preservar docena y media de puestos para los suyos les nuble otra vez más la visión. De derrota en derrota hasta la derrota final, dando tiempo a los emergentes a que a la siguiente lo consigan. Deberían estudiar por qué coinciden en diversos lugares fracasos estrepitosos con resultados medianos. Las municipales y forales, por aquello de la cercanía, suelen tener que ver con la capacidad de penetración y presencia en las comunidades locales, con el prestigio o no de tus representantes, con la labor realizada con anterioridad y con un conocimiento ciudadano bastante más profundo de lo que parece. Idoia Mendia, igual que Pedro Sánchez, ha salvado la posición en la primera prueba, pero más le valdría evitarse los previsibles sustos en la que viene: por ejemplo, puede conseguir por vez primera que una provincia en España no mande representación socialista a las Cortes. Para evitarlo tendrá que hacer política y tendrá que tomar decisiones.

Por delante, entonces, una legislatura municipal y foral que augura mayores emociones e incertidumbre que alegrías y satisfacciones por la prosperidad del bien común. La, a pesar de todo, mayor fragmentación del mapa político y la dificultad para conformar mayorías estables, así como la ausencia de perfiles políticos atractivos y con talla de dirigentes en estos momentos, conducirá a decisiones de corto y medio plazo, siempre marcadas por la desconfianza en el socio, las cambiantes distancias respecto de los competidores y lo limitado de los recursos públicos. Porque antaño, cuando hubo dinero, esto no fue problema: se podía hacer una política y la contraria, y ser complaciente no costaba demasiado, no había que elegir; casi ni que hacer política. Ahora todo es distinto y los emergentes, por fortuna, van a contar con más tiempo, más experiencia, más visibilidad, más ambición y más recursos. Porque si todo lo que es sólido se acaba desvaneciendo en el aire, esto le pasa sobre todo a lo que ya está oxidado.

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