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Parlamento irrelevante y política ficción

Contrariamente a los mensajes que nos martillean desde los medios masivos, la verdad es que un Parlamento fuerte y un gobierno débil, incluso en situación de interinidad, pueden ser muy positivos para la democracia.

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Merkel invita a Rajoy a una cumbre en Berlín el 18 de noviembre con Obama, Hollande, May y Renzi

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Desde la crisis de 1929, diversos factores vinculados al progreso tecnológico, a la evolución de los partidos y de los medios de comunicación y a la naturaleza misma del Estado fueron provocando una pérdida progresiva del protagonismo que correspondía en teoría a los parlamentos como institución central del Estado, especialmente en los sistemas de gobierno parlamentario, en los cuales el presidente no es elegido directamente por los ciudadanos. La globalización y, en el caso concreto de Europa, también la integración supranacional han acelerado aún más dicho proceso, ya que no sólo implican un debilitamiento genérico de los poderes estatales frente a poderes públicos y privados supranacionales, sino también un proceso de relegamiento de los parlamentos respecto de los espacios reales de decisión política. Por desgracia, el Parlamento es una institución cada vez más irrelevante.

¿Se puede luchar contra esta tendencia a la marginalización? No es fácil. Los parlamentos no poseen una inmensa estructura burocrática a sus órdenes, como la que tienen los gobiernos, lo que les hace ir a remolque de las iniciativas de estos. El régimen partitocrático y la acumulación en la persona del líder del principal partido del liderazgo del gobierno y de la mayoría parlamentaria tampoco ayudan. Menos aún, si se trata de gobiernos con mayoría absoluta.

El Parlamento sólo tiene posibilidades de recuperar parte del protagonismo perdido  –o quizá nunca realmente poseído– durante los períodos constituyentes, es decir, cuando se están decidiendo las reglas de juego del sistema político o en los momentos de gobierno débil. Contrariamente a los mensajes que nos martillean desde los medios masivos, la verdad es que un Parlamento fuerte y un gobierno débil, incluso en situación de interinidad, pueden ser muy positivos para la democracia. Es más, como bien explica Varoufakis, pueden ser buenos también para la economía. Porque los poderes privados y las instancias supranacionales que hacen de correa de transmisión de sus dictados hacia los Estados, necesitan gobiernos fuertes para implementar sus políticas impopulares. El ejemplo claro es el de las medidas extremistas de austeridad que impone Berlín y que tienen un efecto antiexpansivo en la economía europea. Los gobiernos débiles o interinos actuarán de forma más acomplejada en la imposición de las políticas de ajuste indiscriminado, lo que puede repercutir positivamente en lo económico.

La triste realidad es que el Congreso no ha sabido aprovechar la coyuntura de una gobernabilidad débil para afirmarse y ha renunciado incluso a cualquier esfuerzo por ser protagonista de la política real.

Se esté o no de acuerdo con Varoufakis, lo cierto es que se trata de consideraciones relativas al poder con mayúsculas, a las decisiones que condicionan nuestro día a día y a los espacios privados y públicos en los que se adoptan esas decisiones. Es decir, lo que debía haber centrado los debates parlamentarios. La triste realidad es que el Congreso no ha sabido aprovechar la coyuntura de una gobernabilidad débil para afirmarse y ha renunciado incluso a cualquier esfuerzo por ser protagonista de la política real. Hemos asistido a debates del nivel más bajo imaginable. Y el problema de las malas formas es mucho menos importante que el de los malos contenidos y sobre todo, el de la alteración de prioridades. El espacio del debate ha sido consumido casi exclusivamente por problemas endogámicos de la política española y por opiniones de políticos españoles referenciadas a otras opiniones de otros políticos españoles.

Esta pérdida del respeto que la institución debería tenerse a sí misma, esa aceptación de su papel subalterno, esa renuncia a intentar siquiera acercarse a los problemas reales de esta parcela de la aldea global, resulta patética. Y la responsabilidad no es solo de quien va a formar gobierno. Los partidos que iban a impedirle gobernar si mantenía los mismos responsables y las mismas políticas no han estado a la altura.

Ciudadanos le ha autorizado a hacerlo sin ningún cambio de responsables, ni de políticas, solo sobre acuerdos de imagen, escritos en papel mojado y que no abordan a fondo ningún problema real. Más triste es aún el papel del PSOE, que ni siquiera ha podido condicionar su postura a acuerdo alguno. En cuanto a Unidos Podemos, aunque se ha mantenido en su papel, que era el de denunciar la desnudez del rey, tampoco ha exprimido todas las posibilidades que le brindaba la coyuntura para no limitarse a la crítica de un gobierno cuyos niveles de corrupción e ineficiencia no van a ser descubiertos a estas alturas por nadie a base de insistir. Se echa de menos un diagnóstico menos previsible y sobre todo, propuestas alternativas para que los indignados, especialmente los indignados menos militantes, lo sigan siendo y no acaben resignándose y repitiendo la típica conclusión de las viñetas de Forges: “Paísssssss”.

Roberto Uriarte Torrealday, Profesor de Derecho constitucional de la UPV

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