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Periodistas

Los periodistas ya no servimos más que para describir la realidad que nos permiten describir desde nuestra impotencia de ciudadanos tan ignorados, tan aburridos y tan desorientados como cualquier otro

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“El periodismo está lleno de fracasados”. Esta es una frase que me repite muy a menudo el director de un periódico provincial que se tiene por hombre dotado de un clasicismo de alfombra mullida, bigote trabajado, rotundo, como de pastelero austriaco y las obras completas de Armando Palacio Valdés cuidadosamente colocadas en las estanterías de la biblioteca. Nunca le he prestado demasiada atención a la sentencia de este hombre, dado que considero que confunde la palabra fracasado con la de frustrado, pero, bueno, tal y como está el oficio lo más conveniente, siempre, es no contradecir a quien detenta un mínimo de poder.

Pero en el supuesto de que este buen hombre no haya confundido los términos no creo que nuestro fracaso, como él supone, sea debido a un masoquismo vocacional o a una falta de preparación, sino a que los periodistas nos decimos, ingenuamente, que trabajamos para denunciar los abusos del poder, pero una vez que el poder ya se ha adueñado de todos los medios en los que trabajamos casi tan precariamente como los cómicos en la España de la posguerra, los periodistas, en realidad, ya no servimos más que para describir la realidad que nos permiten describir desde nuestra impotencia de ciudadanos tan ignorados, tan aburridos y tan desorientados como cualquier otro.

En un mundo en el que los ricos gobiernan sin la más mínima oposición, ¿quienes no han fracasado?...

Es decir, no trazamos líneas en el espacio. No tendemos puentes entre hondonadas. No remediamos el hambre de los continentes desmantelados. No le arrancamos nada a la tierra: ni frutos, ni mineral, ni misericordia y ni siquiera arreglamos grifos, dientes, arterias, matrimonios, viejas máquinas de coser o gobiernos. En resumidas cuentas, enseñen lo que enseñen en la multitudinaria facultad, lo cierto es que para desempeñar este oficio hay que reconocer, primero, que nuestra única función es describir fielmente el mundo que nos ha tocado vivir, no remediarlo, ni mucho menos opinar de todo y de todos a todas horas que para eso ya están los especialistas de cada materia y Francisco Marhuenda. Pero, claro, describir cuesta mucho trabajo y además hacerlo bien resulta tremendamente complicado y opinar, ya se sabe, opinar lo puede hacer cualquiera que, en esto, lo mismo da una echadora de cartas que un vendedor de biblias o un brillante periodista garbancero.

Lo segundo es reconocer que no se sabe hacer ninguna otra cosa y hay que estar, después, dispuesto a vivir una vida de urgencias, chismorreos, privaciones, ajetreo, tonterías solemnemente divulgadas y descubrimientos desmoralizadores; el principal, la insignificancia de casi todo. Con el paso del tiempo la pérdida de inocencia que se deriva de todos esos descubrimientos hay que digerirla como buenamente se pueda; o sea, con la habitual resignación que puede acabar derivando en melancolía, desmedida afición al vagabundeo o a los negocios disparatados o, una vez superada la tentación de dejarlo todo para montar una ferretería o un gastrobar para veganos en la aldea más remota de Castilla, en un moderado alcoholismo habitualmente sazonado con anécdotas de otros tiempos, otras gentes, otros lugares y otros acontecimientos...

El periodismo está lleno de fracasados, según asegura el director de un despoblado periódico provincial al que visito de tarde en tarde para ver si le cuelo alguna colaboración miseramente retribuida, pero en un mundo en el que los ricos gobiernan sin la más mínima oposición, ¿quienes no han fracasado?...

 

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