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Petróleo de sangre

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Desde la primera crisis del petróleo de 1973, vivimos en Occidente bajo el síndrome de la escasez de petróleo y de nuestra inevitable dependencia energética de los países productores de crudo agrupados en torno al cártel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

Hasta hace bien poco, el discurso dominante y prácticamente único en Europa ha sido el de que no había alternativa al petróleo salvo la energía nuclear de fisión (y eso de manera limitada) y que a falta de recursos petrolíferos propios significativos teníamos que soportar lo que las autocracias agrupadas en la OPEP y sobre todo las petromonarquías del Golfo tuvieran a bien suministrarnos en cantidad y precio.

Muchas veces este petróleo se ha convertido en un chantaje que ha condicionado la política hacia los regímenes autoritarios de esos países por parte de las democracias occidentales, desviando la mirada de los desmanes internos a los que con demasiada frecuencia sometían a sus poblaciones cuando no colaborando con ellos, a veces de manera entusiasta y otras de manera resignada, en el convencimiento de que en todo caso constituían un mal menor para todos.

Las cosas, sin embargo, se han agravado en los últimos tiempos. Todo comenzó con la estúpida invasión soviética de Afganistán que aventó el avispero de Asia Central y la errática y errónea política de Occidente en Oriente Medio que culminó con la felonía de la invasión de Irak y la destrucción del Estado iraquí por parte de los Estados Unidos de Bush Jr. y sus aliados con la excusa de unas inexistentes armas de destrucción masiva.

La última derivada de todos estos despropósitos ha sido un cándido o quizás no tanto (el tiempo desvelará los verdaderos motivos) apoyo occidental a las primaveras árabes, donde, salvo en Túnez, no había mimbres para sustituir regímenes despóticos por civilizadas democracias liberales. La resultante ha sido un proceso de desestabilización regional a gran escala desde Rabat hasta Kabul de largo alcance estratégico y de consecuencias imprevisibles en el tiempo, que ha dado como último fruto la barbarie del Daesh también autodenominado Estado Islámico de Iraq y Levante (Siria) o ISIS por sus siglas en inglés, implantado a modo de mitificado Califato entre el este de Siria y el oeste de Iraq.

Y solo hace unos días descubrimos con estupor cuan vulnerable es París como metáfora de cuan vulnerables somos todos los europeos al ataque suicida de unos fanáticos movidos por un odio y un resentimiento hacia nuestras sociedades abiertas que no acabamos de comprender.

Y solo también hace unos días confirmamos que además de oscuras y perversas financiaciones por parte de los golfos wahabitas del Golfo que intentan así comprar la tranquilidad interna de sus verdes oasis, doradas arenas y adorados petrodólares, el Daesh se financia también con la venta del petróleo producido en los ricos yacimientos que han ocupado en Siria e Iraq.

Algunas fuentes hablan de una producción de petróleo de entre 1,5 y 2 millones de barriles al día, que sería la diferencia entre la cantidad de crudo que Siria e Iraq producían antes del conflicto y lo que producen ahora. Las mismas fuentes indican que considerando que se trata de una oferta que no ha desaparecido del mercado la probabilidad de que esté en manos del Estado Islámico es grande. Sólo habría cambiado de manos. Una cantidad así situaría a ISIS en el noveno puesto de producción de petróleo de la OPEP.

Parece mucho, no porque los pozos conquistados no puedan producirlos sino por las dificultades logísticas que su producción, transporte y comercialización conlleva en una zona en conflicto. Javier Solana por su parte estimaba hace unos días en una entrevista radiofónica en 1,5 millones de euros/día las rentas obtenidas por Daesh de ese petróleo. La diferencia entre estas cifras es grande, pero en todo caso parece confirmado que el terrorismo de Daesh en Europa se financia en gran parte con petróleo obtenido de los pozos ocupados. Un petróleo que, parafraseando a los célebres diamantes que financiaron las matanzas de Liberia, podríamos con toda justicia denominar petróleo de sangre.

En las condiciones que rigen la comercialización internacional del crudo no sería extraño que todo o parte de ese petróleo estuviese alimentando las refinerías europeas y terminase llenando los depósitos de combustible de nuestros automóviles. Es un sinsentido. Uno más en este extraño y paradójico mundo postmoderno en el que habitamos.

Pero es un sinsentido que no debiéramos consentir. La última cumbre de los principales países industrializados y emergentes (G20) en su última reunión mantenida en Antalya (Turquía) hace unos días se comprometió a cortar y criminalizar la financiación del terrorismo. No debiéramos esperar grandes resultados de estos compromisos habida cuenta de la mezcla de intereses e hipocresía que rigen las relaciones internacionales.

Sin embargo, es necesario que de manera inmediata finalice ese flujo de energía sangriento. Hay que prohibir la compra de ese petróleo. Si es preciso con sanciones a quienes lo hagan o con la intervención en su caso de las compañías que estén en ese negocio macabro. Debemos exigir a nuestros Gobiernos que pongan los medios para hacer efectivas este tipo de medidas.

Pero además, como ciudadanos libres y consumidores comprometidos podemos dar más pasos. La restricción medioambiental asociada al cambio climático nos obliga a prescindir del petróleo para usos energéticos a medio y largo plazo. No es problema. Un mundo sin petróleo energético es posible ya. Existen la tecnología y los recursos para hacerlo realidad. De eso hablaremos otro día.

Pero a corto plazo tenemos que prescindir del petróleo de sangre. No solo del que se nutre directamente el Estado Islámico sino también del que se utiliza por parte del wahabismo reinante para financiar a Daesh e intentar comprar así una indecente paz interna. Parece imposible pero no lo es. Un mundo en transición energética acelerada es posible con el gas natural como energía puente entre la estructura energética actual y la futura estructura energética basada fundamentalmente en el ahorro, la eficiencia energética y las energías renovables.

Para ello contamos con un arma muy poderosa y eficaz en nuestras manos: obligar a las empresas petroleras, empezando por las que operan entre nosotros (Petronor, Repsol, Cepsa, Galp, Shell, BP, etc.) a certificar por tercera parte independiente que su petróleo no tiene un origen ilícito, que no es un petróleo de sangre. Solo con esto ya habríamos dado un paso de gigante hacia un mundo políticamente más estable y ambientalmente más sostenible.

 

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