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¿Podemos? No, no Podemos

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Gracias al nuevo tiempo que se ha abierto en la política española, todos en este país, hasta los más obtusos, hemos acabado entendiendo que dos más dos suman cuatro. Porque esta legislatura fantasmal pasará a la historia por el papel asignado a la Aritmética como criterio único y definitivo de legitimación de cualquier propuesta de Gobierno.

Eso es lo que ha prevalecido desde el 20-D hasta ahora en el debate público. Todo ha consistido en saber si a lo que han venido defendiendo en este período Pedro Sánchez y su partido le daban o no le daban los números para conformar un Gobierno de cambio. Todo lo demás sobraba. ¿Para qué molestarse en analizar o debatir los acuerdos alcanzados entre PSOE y Ciudadanos, si ya contábamos con calculadoras que nos eximían de fatigarnos más el cerebro? ¿Por qué hacer el esfuerzo de entrar en contenidos, sabiendo que, fueran o no razonables, se encontraban aritméticamente lastrados?

Mucho me temo que lo que nos ha abocado a la repetición electoral no ha sido la “incapacidad de los políticos” para llegar a acuerdos, como virtuosamente se dice desde los medios de comunicación. El problema que nos llevará de nuevo a las urnas ha sido que sencillamente a la política española no le salían los números desde el principio. No le salían al Partido Popular para hacer presidente a Mariano Rajoy, con una clara mayoría parlamentaria en su contra. Ni tampoco a Podemos en su intento de sobrepasar al PSOE y coronar con éxito su larga marcha hacia el “sorpasso” definitivo, que convertiría a Pablo Iglesias en el santo patrón de la izquierda española.

De ahí que la legislatura naciera con malformación congénita y haya acabado extinguiéndose por defunción natural, después de mucha monería y aspaviento practicados en el Congreso de los Diputados más inane que ha tenido nuestra historia democrática. E incluyo entre los datos pintorescos, aparte del nene de la Bescansa, el “Sí se puede” con que los de Pablo Iglesias saludaron con alborozo desde sus escaños el inminente fin de un Parlamento reconvertido en tanatorio del cambio político que pudo ser y no fue.

¿En qué ha quedado aquel grito de combate (aquel “Sí se puede”) con que los fieles de Podemos celebraron la noche electoral? En la constatación amarga de que quien puede y manda y va a seguir mandando, y recortando derechos, durante meses –y, además, sin control parlamentario alguno- será Mariano Rajoy, que se ha dedicado en todo este tiempo a echarse una siesta prolongada, a la espera de que sus adversarios fueran agotándose.

Las nuevas políticas emergentes no tienen por qué desembocar en situaciones de emergencia política permanente. Las enseñanzas del presente pueden ser útiles para el futuro.

¿Por qué iba a mover un solo dedo, si los números no daban ni para garantizarle su investidura ni las ajenas y, por eso mismo, Pablo Iglesias le estaba trabajando satisfactoriamente? Ya le despertarían a su debido tiempo, cuando tocara volver a las urnas. Y en esas estamos.

Todo parece indicar que, al menos de entrada, el fin del bipartidismo no nos ha sentado demasiado bien. Los mismos gurús mediáticos que clamaban por salir cuanto antes de lo “malo conocido” se echan ahora las manos a la cabeza ante la evidente inexistencia de un Gobierno por conocer. Y, como argumento original donde los haya, explican este fracaso por la supuesta ineptitud de “los políticos”. Todos los políticos, sin excepción; incluso los que lo han intentado hasta el final. Lo cual, dicho sea de paso, me deja bastante perplejo. Si está en la naturaleza de los políticos españoles ser ineptos, ¿a qué viene tanta ansiedad por que acaben formando un Gobierno que, lógicamente, acabaría siendo el de los más inútiles del Reino?

Pero no hay que desesperarse ni ponerse trágicos. Una cosa es que los nuevos tiempos del multipartidismo nos hayan cogido aritméticamente desentrenados y otra que no podamos evolucionar hasta llegar a ser un poco más italianos para afrontarlos como es debido. Las nuevas políticas emergentes no tienen por qué desembocar en situaciones de emergencia política permanente. Las enseñanzas del presente pueden ser útiles para el futuro. Y ahora muchos de los ciudadanos podrán ir a las urnas el próximo 26 de junio sabiendo, al menos, una cosa: que con Podemos no se puede.

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