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¿Es Podemos un suflé? Si lo es, es el suflé de toda la izquierda

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El relativo descenso en la expectativa de voto hacia Podemos que las últimas encuestas apuntan, además de distintos episodios de conflictividad interna, han llevado a muchos analistas políticos a aplicar al nuevo partido el calificativo de “suflé”. ¿Es realmente Podemos un suflé, un fenómeno puramente coyuntural, fruto de una serie de circunstancias, espectacular en su irrupción inesperada en mayo de 2014, pero que acabará volviéndose relativamente marginal en el medio plazo? Esta es, también, la expectativa de los partidos de izquierda “de siempre”, PSOE e IU, olvidando sus propios orígenes: que, más allá de la incertidumbre en que se celebran las próximas elecciones y una vez amortizada la inercia de su fabulosa arrancada, el electorado progresista optará por la experiencia frente al aventurerismo.

Cualquier cosa puede ocurrir y quien esto firma no es un experto en sociología política, pero tengo la convicción de que el futuro de la izquierda en España va a depender, no tanto de Podemos, cuanto del diagnóstico que hagamos del “fenómeno Podemos”; y si ese diagnóstico va a girar en torno al recetario del suflé, creo que nos estaremos equivocando hoy pero, sobre todo, estaremos cerrando las posibilidades a una alternativa progresista mañana.

Carente de pericias propias a la hora de analizar los procesos políticos, vengo aprendiendo mucho con la lectura de los trabajos de José Fernández-Albertos, investigador del CSIC y habitual analista en las páginas digitales de este diario. En concreto, la reflexión que quiero compartir surge de la lectura de su último libro: 'Los votantes de Podemos: del partido de los indignados al partido de los excluidos' (Los libros de la catarata, 2015). En esta investigación Fernández-Albertos propone y justifica empíricamente una argumentación de gran interés, que con su permiso resumo a continuación. En todo caso, recomiendo a las y los lectores de este comentario que acudan directamente al libro en cuestión.

En Podemos se estaría librando la batalla de la que depende el futuro de la izquierda

La crisis de 2008 y las políticas de austeridad aplicadas por los sucesivos gobiernos en España hicieron surgir dos tipos de crítica o descontento: por un lado, sectores relativamente acomodados, políticamente activos, muy críticos con las políticas de austeridad, partidarios de “otra” Europa, pero esencialmente europeístas; por otro, sectores económicamente más vulnerables y hostiles al proyecto europeo y a la moneda única. Como resume el autor: “El descontento era generalizado, sí, pero era un descontento muy difuso, construido a partir de grupos con visiones de la crisis y preferencias políticas muy heterogéneas”. La aparición de una nueva opción electoral con las características de Podemos ha servido para atraer hacia un mismo espacio políticamente organizado a estos dos grandes espacios desarticulados de descontento. Al principio, fueron los primeros (mejor informados, más politizados pero menos afectados por la crisis) quienes se acercaron a Podemos; a medida que el nuevo partido ha ido siendo más conocido, ha empezado a atraer más claramente a personas anteriormente menos politizadas y más vulnerables económicamente. El resultado: “Podemos es hoy un poco menos un movimiento de renovación política y un poco más un partido de clase”.

Y es aquí es donde dejo de referirme al interesante libro de Fernández-Albertos para llevar la reflexión por mis propios derroteros, que me llevan hasta el año 1985, cuando el sociólogo y secretario general del Partido Socialdemócrata Alemán, Peter Glotz, publica su Manifiesto por una nueva izquierda europea, editado dos años más tarde en España con prólogo de Felipe González. En ese libro, escrito en el contexto de una Europa amenazada por la tensión nuclear y la desindustrialización, con el horizonte de unas sociedades de dos tercios y un proyecto neoliberal triunfante, Glotz plantea una fórmula extraordinaria, que desde entonces no he dejado de recordar en múltiples circunstancias: “La izquierda debe poner en pie una coalición del mayor número posible de fuertes con los débiles, en contra de sus propios intereses; para los materialistas estrictos, que consideran que la eficacia de los intereses es mayor que la de los ideales, ésta puede parecer una misión paradójica, pero es la misión que hay que realizar en el presente”.

El espacio de la izquierda siempre ha estado tensionado entre quienes desean la transformación social y quienes la necesitan; entre quienes lamentan solidariamente las crisis y quienes las sufren materialmente. El problema es que quienes optamos ideológicamente por el cambio, que además somos las y los “fuertes” (en mejor posición socioeconómica, con más capital cultural, etc.), podemos sentir que ese cambio, ya sea en sus contenidos o en los procesos para lograrlo, afecta de alguna manera a nuestros intereses, materiales o no: que sintamos que “nos roban” la cartera o el alma, el cómodo bienestar o la pureza de nuestras convicciones.

Puede que el relativo debilitamiento de Podemos tenga que ver con esta tensión entre la aspiración ideológica al cambio y la necesidad material del mismo. Si es así, en Podemos se estaría librando la batalla de la que depende el futuro de la izquierda. Y nadie, desde este espacio ideológico, debería asistir a la misma como si la cosa no fuera con ellos.

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