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Populismo, en dosis pequeña

Igual que el pensamiento posmoderno puede ayudar a relativizar algunas rigideces y prejuicios del pensamiento moderno, también esta variante del populismo puede hacer una aportación positiva al sistema partitocrático tradicional

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De origen argentino, Ernesto Laclau fue uno de los miembros de la escuela de Essex, escuela promotora de la teoría del discurso. Es considerado como un pensador posmarxista y definido frecuentemente como “populista de izquierdas”, aunque esa misma definición no está exenta de dificultades. Es el filósofo de cabecera de Iñigo Errejón, que ha publicado algún texto conjuntamente con la que fuera compañera de Laclau y otra de las principales pensadoras de la escuela de Essex, la belga Chantal Mouffe. Su obra ha adquirido gran popularidad desde el surgimiento de Podemos y posee actualmente un número importante de incondicionales.

Es difícil resumir su pensamiento, que arranca básicamente de las tesis de Gramsci, el cual, frente a la sobrevaloración de las “condiciones materiales objetivas” en el marxismo clásico, afirmaba la relevancia del discurso y de la cultura en la conformación de las hegemonías sociales. Con otras aportaciones procedentes de Jacques Lacan y de algunos filósofos posmodernos, Laclau crea un original aparato argumental que es difícil de traducir a lenguaje corriente sin utilizar sus propios conceptos de “sujeto histórico que se autoconstituye”, de “identidades particulares y universales”, de “cadenas de equivalencias” y de un discurso articulado a partir de “significantes vacíos y flotantes”, que son “resignificados” por un “movimiento nacional-popular” que se articula como una nueva hegemonía frente a las élites oligárquicas.

Intentaré explicarme para los no iniciados. Laclau afirma que no existe un sujeto histórico, la clase obrera, que esté llamado a transformar el mundo y que venga prefigurado por unas condiciones materiales. Para Laclau, los movimientos emancipatorios tienen sujetos plurales, sujetos que no están predestinados necesariamente a serlo, sino que se constituyen en el momento en que inician sus luchas y que poseen identidades y objetivos diferentes, pero que pueden compartir algunos intereses comunes. En ese contexto, la labor populista consiste en agregar dichas luchas mediante un discurso que se articule en torno a conceptos genéricos y que sea capaz de asignar a estos unos nuevos significados. Se trata de resignificar “pueblo”, “patria”, “gente”, etc, para agregar en torno a ellos las reivindicaciones diversas de los sectores populares frente a las élites o castas oligárquicas. La construcción de esas nuevas mayorías sociales requiere la identificación tanto racional como afectiva, mediante conceptos que resulten agregadores por su naturaleza genérica y su capacidad de suscitar adhesión y de ser fácilmente interiorizados.

El populismo no es necesariamente demagogia, pero se mueve en el filo de la navaja

El pensamiento laclauniano es original, provocador y es relativamente compatible con la tradición clásica del pensamiento democrático, siempre y cuando se tome con todas las cautelas.  Unas cautelas que son necesarias, porque la propuesta consiste en articular un movimiento en torno a un discurso genérico y desvinculado de toda referencia a los postulados de una tradición ideológica. Si se desvincula la acción política de una adscripción ideológica, se hace imprescindible compensar eso con un anclaje procesal fuerte: articular un proceso que sea profundamente participativo en clave democrática. Si lo que une no es ya la identificación con un proyecto preestablecido, sino la de ir elaborando dicho proyecto colectivamente, será aún más necesario que en cualquier otra organización política que las decisiones del movimiento se vayan articulando con praxis radicalmente democráticas.

Igual que el pensamiento posmoderno puede ayudar a relativizar algunas rigideces y prejuicios del pensamiento moderno, también esta variante del populismo puede hacer una aportación positiva al sistema partitocrático tradicional, que funciona como mercado electoral articulado sobre una identificación relativamente ficticia de los actores con determinadas tradiciones dogmáticas. En ese sentido puede constituir una especie de vacuna contra algunas degeneraciones del sistema político, como puede ser el elitismo, el esencialismo, el sectarismo o el dogmatismo y puede servir, en definitiva, para ayudar a acercar la política a la ciudadanía y la ciudadanía a la política.

Sin embargo, hay que advertir de que la vacuna no es inocua, de que no se puede tomar en cualquier dosis y de que tiene contraindicaciones. El populismo no es necesariamente demagogia, pero se mueve en el filo de la navaja. La democracia es también un sistema basado en procesos, contrapesos y límites. Sin un proceso profundamente democrático, sino que sólo lo sea formalmente y basado en el refrendo popular de decisiones previamente adoptadas por los líderes, el modelo descrito puede devenir en un nuevo elitismo, articulado sobre el buen olfato y la popularidad mediática de aquellos y no un proceso de empoderamiento y emancipación. En resumen, la política privada de toda grandeza y convertida de nuevo en lo que se pretendía superar, un mero juego de posiciones luchando por la hegemonía.

Por desgracia, la democraticidad y el respeto a las garantías procesales no reciben excesiva atención ni en la obra de Laclau, ni en la de Errejón, aunque sí algo más en la obra tardía de Mouffe y en su variante “agónica” de la democracia radical-pluralista. Y de nuevo por desgracia, tampoco la reciben frecuentemente en la praxis política de los movimientos populistas.

 

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