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Reflexiones en Pasión

Todo vale si es en aras al beneficio rápido, aunque suponga un retroceso pacífico de la democracia a favor del mercado

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Estos días vacacionales son muy dados a noticias intranscendentes que pretenden no distraer el tiempo de asueto, sino adaptarse a ese clima de tranquilidad propicio para no estropear sonrisas, bromas intranscendentes y paseos kilométricos. Siempre, sin embargo, hay alguien encargado de contravenir las normas de la buena ciudadanía: hoy Trump, con su madre de todas las bombas; ayer, yihadistas empeñados en boicotear destinos turísticos. Otras noticias, que buscan tranquilizar conciencias en estos días de holganza, a veces provocan la reacción contraria. Ha ocurrido con dos cortos informativos que más que ayudar, han añadido pesimismo e intranquilidad a estas fechas de descanso.

La primera de las noticias que perturbó esta holganza hacía referencia al gasto medio que los y las españolas realizaríamos en Semana Santa (elEconomista.es). Ni más ni menos que 874 euros por persona, un 15% más que el año anterior. El medio online se hacía eco de un estudio del portal Kelisto.es que hablaba –en tono muy aséptico- de que la mayoría de las personas encuestadas pagaría estos gastos sin recurrir a préstamos. Una cierta tranquilidad para quienes pensamos que estábamos de nuevo en el inicio de otra burbuja financiera, cuando la irresponsabilidad de unos cuantos desalmados llevó a muchos otros inconscientes a sufragar con dinero ficticio caprichos inasumibles.

La dicha, sin embargo, no fue plena ya que el mismo portal informativo avisaba de que más de dos millones de españolas y españoles no habrían ahorrado lo suficiente para estas vacaciones y deberían recurrir a  la financiación para saborear este merecido descanso, con un interés medio del 18,08% TAE. Vamos, que quienes “andan a la quinta pregunta”-utilizando un dicho materno- por cada 1000 euros gastados para irse de asueto estos cinco escasos días, deberán devolver 180 más, eso sí, plenos de visitas guiadas, cenas opíparas y “selfies” imborrables.

La segunda noticia tenía que ver con las previsiones empresariales de creación de empleo para estas misma fechas (El Confidencial. 04-04-2017): 140.000, más del 10% que el año anterior. En este caso serán el turismo y la hostelería los sectores que impulsarán tal crecimiento. Lo que la noticia no destacaba –y no hay por qué sospechar que fuese intencionado el olvido- es que se trata de un empleo estacional, puramente consecuencia de la coyuntura vacacional que genera el incremento turístico que vivirá el país en estas fechas, en busca de sol y playas, especialmente en el levante español. Así, los oficios con destino a servicios de hostelería y alimentación serán los más demandados; la mayoría de ellos, desaparecerán en quince días, salvo aquellas empresas que, dadas las fechas avanzadas de la Semana Santa de este año, decidan apostar por mantener el empleo, uniéndolo con el específicamente veraniego.

El crecimiento de la desigualdad en nuestro país es una evidencia que no pueden negar ni los miembros del gobierno, por más que se empeñen en presentar como evidencia la mejora económica

Las dos noticias –incremento del gasto particular y crecimiento del empleo, aunque precario- forman parte de ese corolario de imágenes y declaraciones a las que nos acostumbra el gobierno Rajoy en su estrategia mediática por aparentar una recuperación económica que sigue sin percibirse a nivel básico y que “venden” bien cuando media España está haciendo las maletas y llenando los depósitos de carburante.

En ambos casos parece dar la impresión de que empieza a instalarse otra vez cierta cultura de la satisfacción, aquella que tan bien definió el economista J.K. Galbraith para explicar el éxito del capitalismo triunfante del siglo XX. Este erudito, discípulo de Keynes, recordaba en esa obra los EEUU de finales del siglo XX, en los que una mayoría social se consideraba satisfecha con su vida política, a través de la participación en la vida democrática del país. Según este autor se sentía de acuerdo con que se reconociesen –como nuevo grupo mayoritario, satisfecho- su esfuerzo, su inteligencia y su virtud personal. Pero Galbraith ya alertaba del peligro de tal sentimiento de satisfacción, lo que llamó “democracia excluyente”; es decir, la gente marginada del sistema (juventud y vejez, especialmente) que poco a poco comenzaba a desinteresarse del sistema, primero, dejando de votar, posteriormente, formando parte de los  llamados “antisistema”.

Lo que sí es una realidad es que cada vez es más frecuente leer y escuchar sobre el controvertido “efecto Mateo” –ese que dicen que acuñó el propio evangelista para explicar que “al que más tiene, más se le dará y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”- aunque las élites se nieguen en redondo a compartir tal concepto.

El crecimiento de la desigualdad en nuestro país es una evidencia que no pueden negar ni los miembros del gobierno, por más  que se empeñen en presentar como evidencia  la mejora económica. Los salarios de pobreza (una de cada cuatro familias españolas no llegan a fin de mes con el sueldo mensual) o los índices de percepción de rentas de garantía de ingresos (11,4€/habitante en este país, frente a los 183 de Alemania) son datos tenaces que desbaratan cualquier estrategia gubernamental.

¿Por qué se insiste, entonces, en este tipo de noticias, de corte bienintencionado? Pues probablemente para tranquilizar conciencias ante el temor ciudadano por la voracidad del capitalismo actual.

Joaquín Estefanía en su última obra (Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?'. Planeta, 2017) responde a la inquietante pregunta sobre el porqué del triunfo del modelo de capitalismo avasallador –hasta ahora minoritario- que extiende el mercado a terrenos en los que antes no tenía cabida (sanidad, educación, protección social). Dice el economista y periodista: “(…) las privatizaciones de amplios segmentos de los servicios públicos introducen la dialéctica del beneficio en primera instancia, por encima de aspectos como la universalidad o la calidad de las prestaciones; autopistas, hospitales, escuelas en mal estado, puentes que se hunden, desempleados, trabajadores mal pagados, personas sin seguro,…” Todo vale si es en aras al beneficio rápido, aunque suponga un retroceso pacífico de la democracia a favor del mercado. Y concluye, “Cuanto más poder tengan los poderes económicos autónomos, menos posibilidades existen de mantener debates públicos como, por ejemplo, cómo repartir la riqueza, cómo combatir la austeridad desproporcionada e injustamente aplicada, hasta qué punto hay que seguir ayudando a los bancos privados en dificultades y bajo qué condiciones, qué normas deben regir la convivencia de los bienes privados y los públicos, las continuas pasarelas entre los mundos paralelos de la política y de la economía, etcétera.”

Es evidente que los motores de la política y de la economía hace tiempo que circulan a velocidades diferentes, que mientras la segunda impone su ritmo de actuación, la primera se pliega a sus mandatos. Recuerden si no la advertencia que allá por el año 2013, en la intrahistoria ya, un grupo de economistas de JP Morgan hacía de países como España, Grecia o Portugal  y sus problemas económicos derivados de otros de naturaleza política: “Las constituciones y los órdenes políticos vigentes en la periferia meridional, instaurados tras la caída del fascismo, presentan una serie de características que no parecen adecuadas para una mayor integración de esos países en la región” (cita recogida por Estefanía op.cit.).

Más recientemente el político J. Dijsselbloem -aún presidente del Eurogrupo,  pese a las protestas diplomáticas por sus desproporcionadas palabras- recogía este pensamiento y, a su manera lo hacía suyo, al responsabilizar al sur europeo de gastarse el dinero en alcohol y mujeres. Asombroso si no fuese tan triste. Triste si no fuese porque responde a un pensamiento cada vez más compartido por tierras europeas (¿Será una nueva expresión de la teoría de las dos velocidades para Europa?)

Aunque para asombro el del ministro alemán de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, desconcertado por la polvareda que se levantó en los países sureños por las palabras de su colega europeo y no por el propio discurso del holandés.

Vivimos en un tiempo cambiante en el que el discurso político, en claro retroceso, está dejando vía libre a la contundencia del buen vivir: un tiempo en el que cada vez es más frecuente compartir espacios mediáticos de penurias y lujo desmedido. Repasen, si no, el último número de XL Semanal, el 1538 de la revista dominical del Grupo Vocento, todo un mosaico de este inquietante momento actual: junto a un artículo sobre la realidad vital de las personas de Tijuana (México), a ambos lados del muro construido por EE.UU., la locura obsesiva por la riqueza que muestra el reportaje fotográfico sobre el libro “Generación Wealth”. Seguramente, paradigmático.

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