eldiario.es

Menú

Sentimentales

España siempre ha sido un país católico, ruidoso y sentimental que, históricamente, siempre se ha roto por un exceso de sentimentalismo

- PUBLICIDAD -

Nunca he tenido ni la más remota idea de las preocupaciones reales de los ciudadanos de este país, más allá de la natural preocupación por la propia supervivencia que nos proporciona un buen empleo, una buena herencia o la suficiente desfachatez como para vivir, como los Pujol, por ejemplo, a cuenta de los contribuyentes, aunque siempre me he inclinado a pensar que lo que verdaderamente nos mueve es lo sentimental.

Supongo que como a otros muchos pueblos de este disparatado planeta, aunque, no sé, tal vez por cuestiones de carácter, de clima o de nutrición, siempre me ha parecido que a nosotros – mucho más que a los demás - lo que realmente nos gusta son las cosas blandas, lacrimógenas; las cosas, como si dijéramos, viscerales. El tamaño de las banderas, por ejemplo, es algo que nos preocupa mucho, lo mismo que las liturgias religiosas, los desfiles militares, la honorabilidad de nuestros parientes enterrados o el culto a la localidad donde hemos nacido.

Los españoles, nos guarde dios, solo solemos protestar cuando la autoridad discute las singulares características de nuestro dialecto provincial, cuando nuestras fiestas patronales no pueden celebrarse tirando antitaurinos desde los campanarios, cuando nuestras vírgenes milagreras no pueden salir en procesión porque llueve a destiempo o cuando nuestro equipo de fútbol padece un arbitraje más que discutible. La gente, en nuestro país, discute, protesta, amenaza por cuestiones sentimentales. Ya saben, por todas esas cosas que se discuten constantemente en los bares; o sea, por la gloria reñida de los toreros muertos, los futbolistas cuestionados, los testículos de los políticos, la calidad de las hortalizas patrias o porque la selección de hockey sobre patines de Cataluña o la selección de bolos de Cantabria, por ejemplo, no puedan competir contra la selección española en los campeonatos oficiales.

El tamaño de las banderas es algo que nos preocupa mucho, lo mismo que las liturgias religiosas, los desfiles militares...

Todas estas cuestiones sentimentales, de trascendental importancia para el devenir de la humanidad, siempre han preocupado mucho a los ciudadanos de este país. Estos mismos ciudadanos, sin embargo, no suelen mover un músculo cuando los constructores que nos gobiernan arrasan sus comarcas, por ejemplo, o cuando los alcaldes de sus municipios no solo consienten este atropello sino que lo promueven. Tampoco se tiene conocimiento de grandes manifestaciones callejeras protestando por la esclavitud laboral, las listas de espera de la sanidad pública, el imparable retorno a una sociedad medieval, la forzada migración de nuestros jóvenes, el robo continuo consumado mediante la factura de la luz, el saqueo de las arcas públicas perpetrado por los dirigentes del partido que nos mal administra o por la bronceada desfachatez de los banqueros que no han devuelto ni el diez por ciento del dinero que tuvimos que prestarles para remediar su codiciosa incompetencia.

Nada de esto parece que nos preocupe demasiado, seguramente porque España, con perdón, siempre ha sido así: un país católico, ruidoso y sentimental que, históricamente, siempre se ha roto por un exceso de sentimentalismo. Nuestros políticos deberían recordarlo. Aunque mucho me temo que bastantes de ellos, sobre todo los que hacen lucrativa carrera en los costosos virreinatos autonómicos, no solo no lo recuerdan sino que, de una manera constante, demagógica e insensata, lo alientan...

- PUBLICIDAD -
- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha