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Suicidarse

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La realidad que los medios de comunicación nos muestra es solo una realidad más. Dentro de esta realidad, limitada, sectaria y por supuesto tan ficticia o tan verdadera como cualquier otra, habitan una serie de personajes que la alimentan día tras día porque en ello va su sustento: periodistas, sociólogos, comunicadores, politólogos, tertulianos, expertos, analistas, políticos, técnicos y becari@s de buen ver, personajes, todos ellos, más vistos que la 'Pretty Woman' del Gere y la Roberts y más previsibles que el estribillo de una canción de Fito y los Fitipaldi, analizan, discuten, muestran, describen, debaten, matizan, mastican, explican y rumian una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, los sucesos elegidos para formar parte de la realidad que, de a diario, nos muestran los medios con una sucesión, interminable, de imágenes, palabras, estadísticas, encuestas, discusiones, gráficos, debates, tuits, entrevistas, etcétera, etcétera... Los hechos que han decidido que formen parte de la realidad, por intrascendentes que sean, los multiplican hasta el infinito, sobre todo cuando les salen rentables. Nos saturan con ellos. Nos empachan con ellos. Nos bombardean con ellos. Los hechos que han decidido que no formen parte de la realidad, ya sea por pérdida de actualidad, por desconocimiento o simplemente debido a su escasa capacidad para convertirse en un espectáculo, habitarán, para siempre, en el olvido.

Hacemos todo esto – y otra multitud de naderías que no vienen al caso - mientras la realidad impuesta por los medios de comunicación nos asfixia con su urgencia

Bajo esta realidad, aplastante, el resto de los ciudadanos cocinamos muslos de pollos en cazuelas de barro, tendemos la ropa, pagamos tasas, perdemos pie, asistimos a lejanos entierros de lejanos parientes arruinados, templamos gaitas, llegamos cada vez con mayor dificultad a ninguna parte y somos estafados, de a diario, por las cajas de ahorros, los bancos, los notarios, las agencias de publicidad, los líderes políticos, los religiosos, los económicos, los deportivos, los culturales, los patrióticos, los sindicales, etcétera, etcétera... Hacemos todo esto – y otra multitud de naderías que no vienen al caso - mientras la realidad impuesta por los medios de comunicación nos asfixia con su urgencia, su vértigo, su intensidad, con su monumental despliegue de periódicos, revistas, radios, televisiones, portátiles, etcétera, etcétera; en definitiva con su histeria. Esta histeria, al parecer, es necesaria para seguir llamando nuestra atención y mantener así el chiringuito donde periodistas, sociólogos, comunicadores, politólogos, tertulianos, expertos, políticos, técnicos y becari@s de buen ver analizan, discuten, muestran, describen, debaten, matizan, mastican, explican y rumian una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, el desplome de la bolsa en Wall Street, por ejemplo, las diversas heroicidades de Cristiano Ronaldo, el avance de la peste, las declaraciones insustanciales de la vicepresidenta del Gobierno, las bombas estallando en lejanos países devastados y, por supuesto, el mayúsculo e imprescindible escándalo nuestro de cada día. Estas dos realidades, la nuestra y la de los medios, rara, muy rara vez coinciden. Esta, al parecer, es la manera que ha elegido el periodismo para suicidarse.

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