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Tedioso

A esta nueva campaña electoral, forzada por la incompetencia de los nuevos y los viejos políticos, a la sensación de vaivén, noria, bucle o vértigo físico, hay que añadirle el aburrimiento de la repetición

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El hecho de que la vida transcurra a toda velocidad no evita que los hombres y las mujeres nos aburramos. La gente siempre se ha aburrido; mucho y de muy distintas maneras. Baudelaire, por ejemplo, escribió que el más temible enemigo del hombre moderno, urbano, era el aburrimiento. El hombre actual, como no podía ser menos, también se encuentra amenazado por el aburrimiento. La diferencia estriba en que mientras para nuestros antepasados el aburrimiento era la persistencia de la fatiga para el hombre actual el aburrimiento es la persistencia de la satisfacción; la monotonía que provoca el satisfacer cada una de las necesidades que la sociedad de consumo nos va creando: los coches nuevos, por ejemplo, que hay que comprar, los viajes que hay que realizar, los ordenadores que hay que renovar, las aplicaciones de los móviles que hay que usar, las maquinillas de afeitar con las que apurar hasta la calavera, la música enlatada que hay que escuchar con un sonido más nítido, más claro, más definido, etcétera, etcétera...

Lo logrado, lo conseguido, tarde o temprano, termina aburriendo. Las campañas electorales entretienen, no es que sean divertidas, sino que entretienen, dan que hablar, alimentan periodistas, originan conversaciones, apuestas, malentendidos e incluso profundas deferencias o indiferencias, pero en esta nueva campaña electoral, forzada por la incompetencia de los nuevos y los viejos políticos, a la sensación de vaivén, noria, bucle o vértigo físico, hay que añadirle el aburrimiento de la repetición. La manada de analistas, sociologos, debatidores, opinadores, mitineros, tertulianos y políticos hechos de frases hechas, mil veces pronunciadas y mil veces escuchadas, ya está inundando de nuevo la geografía de este desorientado país con sus comentarios, proclamas y análisis, provocando en muchos ciudadanos un hartazgo confuso, incorporeo, mareante.

El hecho de que la vida transcurra a toda velocidad no evita que los hombres y las mujeres nos aburramos.

Un hartazgo como el que suelen causar las ruidosas verbenas pueblerinas que, entre un griterio de borrachos, pasacalles, petardos y canciones pasadas de moda, “la barbacoa“ por aquí y “el chiringuito“ por allá, no parecen terminar nunca, ni siquiera cuando no hay manera de encontrar ni un miserable cubito de hielo con el que refrescar el vigésimo cubata de la noche. Tendremos nuevo gobierno. No por intervención divina sino por intervención de los acreedores a quienes tanto debemos. Pero el dolor de cabeza y la sensación de inmenso aburrimiento que esta repetida campaña electoral nos puede ocasionar, un aburrimiento como de sobremesa veraniega, indigesta y bochornosa, es posible que a muchos ciudadanos nos acompañe hasta el próximo diluvio o la próxima glaciación.

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