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2016, un año incierto

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La economía española vive en un espejismo. Y no aprendemos. En los años noventa, toda la prensa nacional e internacional hablaba del “milagro español”. En 2008, fuimos uno de los países europeos más castigados por la crisis económica como resultado de una estructura productiva poco competitiva, un sistema financiero con muchas de su principales entidades en quiebra y un sector público ineficiente. Construimos un coloso con pies de barro.

La caída de los precios el petróleo, la depreciación del euro, la alegría presupuestaria en un año electoral y las ganancias de productividad (obligadas por la destrucción del empleo) y la reducción de los costes salariales permitirán que el crecimiento del PIB alcance este año el 3.1%. Sin olvidar que Mario Draghi ha echado un capote cuando ha hecho falta, lo que ha contribuido a reducir el coste del servicio de la deuda y aliviar nuestras cuentas públicas.

Sin embargo, el crecimiento económico a corto plazo no garantiza en nada la estabilidad económica y la capacidad de resiliencia de nuestra economía a largo plazo.

Sin querer ser pájaro de mal agüero, se avecinan nubarrones para el próximo ejercicio.

La economía china está en un proceso de soft landing que arrastrará al continente latinoamericano. La caída del precio de las materias primas agravará la situación de estos poniendo, además, sus finanzas públicas en peligro. No digamos nada de Rusia y Brasil, otras dos potencias mundiales en plena recesión.

Además, los bajos precios del petróleo tienen efectos positivos para economías como la española dependientes de su factura energética, pero afecta negativamente a otros sectores vinculados con infraestructuras y decisiones de inversión que no son rentables a estos precios.

Por otra parte, Bruselas vendrá con las rebajas, ya lo anunció el pasado septiembre y nadie le prestó atención, y exigirá que España cumpla sus objetivos de déficit público y acabe su plan de reformas. Esto significa, que nadie lo dude, más ajustes.

Todo esto en un escenario internacional convulso y con España sin haber hecho los deberes.

Crecemos, pero sin haber modificado nuestro modelo económico. Las reformas del mercado laboral y del sistema financiero se han hecho a medias. No se ha abordado ninguna reforma institucional de envergadura. Hemos descapitalizado nuestro sistema educativo y de I+D+i. Nuestras empresas, incluso las estrellas del Ibex 35, son débiles. Pensemos por ejemplo en Indra y Abengoa. Y esto sin pensar que las alocadas inversiones de algunos de nuestros bancos en el exterior no deterioren su balance. La economía española sigue pendiente, en fin, del turismo (barato), de la construcción y del buen comportamiento de nuestras empresas en el exterior.

En resumen, nuestra economía sigue basándose en los mismos pilares que antes de la crisis. Son pilares obsoletos dónde la especulación y la corrupción proyectan una imagen distorsionada de la realidad. Reestructurar la economía española necesita tiempo y disponer de un proyecto económico para el país.

Necesitamos reposicionarnos internacionalmente, puesto que no podemos competir en precios con las economías emergentes. Necesitamos producir bienes y servicios con más valor añadido, que integren conocimiento e innovación, factores sobre los que países como Alemania o Estados Unidos se han basado para establecer economías resistentes.

El próximo gobierno, sea del color que sea, va a tener que coger el toro por los cuernos y le va a quedar por delante una tarea ingente. Y tendrá que hilar muy fino. Lidiar con presupuestos muy ajustados, sin margen para subir impuestos y sin agravar el problema de la deuda, abordar todas las reformas económicas pendientes, resolver el problema político de Cataluña y del sistema de financiación autonómico, sin tocar los Conciertos del País Vasco y el Convenio de Navarra, apostar por la industria, el I+D +i, la educación, y establecer así las bases de una economía real capaz de resistir a “shocks” exteriores o coyunturales.

En este contexto, las empresas deberán seguir apostando por ofrecer propuestas de valor que les permita ser competitivas en el mercado nacional e internacional. La colaboración e implicación del resto de actores de la vida económica, como universidades, centros de investigación, poderes públicos e instituciones de financiación, será un paso esencial para lograr este objetivo. Lograr un contrato social entre trabajadores y empresarios a través de un intercambio consensuado de salarios ajustados (otro eufemismo) por estabilidad en el empleo será otro de los desafíos centrales

La palabra clave para los próximos años es confianza. Confianza en nuestros políticos, en nuestras instituciones, en nuestros sistemas de control, además de empezar a razonar a largo plazo en vez de pensar siempre en el regate a corto plazo. Confianza para que se recupere el consuma y vuelva a fluir el crédito. Escándalos como el de Volkswagen o la propia inestabilidad política internacional no nos lo van a poner fácil.

* Juan Miguel Sans es Director General de Clientes y Proyectos de Alium Consulting

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