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Antes de que anochezca

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Era lunes, faltaban 75 minutos para el inicio de un nuevo día y la oscuridad y la rabia envolvían el barrio.  Una treintena de ertzainas cubiertos con sus cascos de combate protegía a nueve hombres sin destino abatidos por los gritos vecinales.

Un cerrajero tuvo que abrir la puerta mil veces forzada para que pudieran entrar. Todo esto y mucho más ocurrió un 10 de diciembre de 2001 en Bilbao el día en que Hontza (Búho) abrió sus puertas a los desheredados de la tierra: los toxicómanos sin hogar. A quienes llegaron un día de tierras lejanas y no encontraron su paraíso.

Desconozco si en España hay algún centro de estas características. Lo dudo. En Euskadi, es único. 

Porque, seamos sinceros, en estos tiempos, sobre todo en estos tiempos de penumbra y de sálvese quien pueda, qué organización, ayuntamiento o personas se preocupan de que un borracho, alguien puesto de pastillas o de lo que sea, hasta arriba, tenga un lugar que acoja durante la noche su maltrecho cuerpo y solitaria alma. ¡Si en Madrid multan a los vagabundos hasta por estar  en la calle!

En estos tiempos de penumbra y de sálvese quien pueda, qué organización, ayuntamiento o personas se preocupan de que un borracho, alguien puesto de pastillas o de lo que sea, hasta arriba, tenga un lugar que acoja durante la noche su maltrecho cuerpo y solitaria alma. ¡Si en Madrid multan a los vagabundos hasta por estar en la calle!


Por ello, entre tesoreros  a los que la edad parece que les robó la memoria, infantas con palacete  embargado, empresas  a la deriva o burdo espionaje al  por mayor, entre tan devastadora realidad, hay noticias que reconfortan.

Ese 'búho' que parece ver lo que otros ni saben que existe, lleva prestando mucho más que asistencia desde hace más de 12 años. Antes de esa noche de diciembre en la que los vecinos no respetaron la orden de permanecer a 100 metros  e intentaron abalanzarse sobre los nuevos inquilinos, ya atendían en otro local de la capital vizcaína a quienes la sociedad considera un peligro. 

Un peligro incluso entre los propios homeless.Porque entre ellos también existen niveles. Hace unos días, un hombre joven que vive en la calle, en el centro de Bilbao, me contó que intenta dormir en los cajeros pero que está difícil.

-Unos ertzainas me dijeron que en el cajero,  no podía estar. Y dónde quieren que duerma, les contesté.

-Y, ¿Hontza?

-Allí va lo peor. Una cosa es estar en la calle y otra mezclarte con esa gente.

Lo  cierto es que son cosas diferentes. Pero, los usuarios de este centro, como todos los seres humanos, tienen necesidad de recuperar su dignidad y el centro se lo ofrece. No solo los acoge y atiende, sino que les hace sentir que son personas. Y no tiene que ser muy fácil porque la mayoría padece trastornos mentales. Admiro a los siete voluntarios que les proporcionan esos cuidados.

Lo peor es la soledad, lo dice un responsable del centro en la entrevista de este periódico. Sin duda. Así lo reconocen siempre quienes pasan sus horas en la calle. En eso no se diferencian de quienes tienen un hogar. A veces, se juntan en los parques, entre ellos, y comparten sus cartones de vino y, en  ocasiones, gritan y se enfadan.

También nos arrebatan  esos bancos que antes eran nuestros y ahora sirven para el abandono de sus maltrechos cuerpos. No son todos, es cierto. Solo algunos. No sé cuántos de ellos al anochecer acudirán a un refugio que les cobije o se acurrucarán al raso entre cartones.

He visto la soledad en su estado más puro en un céntrico parque de Bilbao. Un joven extranjero, africano, siempre solo, sentado en un banco. Horas y horas. Da igual a la que pases. No le rodean botellas  cartones de vino o latas, como a otros. Solo le acompaña su propia voz. Supongo que necesita mantener conversaciones consigo mismo. Me pregunto cuántos caminos ha recorrido, cuántos sueños se le han roto para, al final, estar tan solo. Para sentirse tan perdido en un país tan lejano del suyo.

Son personas que nos cruzamos a diario. Únicamente hay que mirar. Supongo que algunos de ellos duermen en centros como Hontza.  Estos son los afortunados porque tienen quien les escuche.

Entre tanta infamia que nos golpea a diario, creo que merece la pena dedicar unas líneas a quienes un día de hace ya tantos años se empeñaron en que nueve personas con una bolsa al hombro como único equipaje tuvieran un lugar donde volver a ser personas. Aunque fuera por unas horas. Los vecinos terminaron por marcharse. Creo que nunca han regresado.

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