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Relevo

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El relevo generacional que se está produciendo en la mayoría de los partidos políticos de nuestro país y que tanto espacio ocupa en los programas televisivos repletos de tertulianos profundamente agradecidos por la confusión reinante, no es más que la confirmación de una historia tan antigua como los relatos bíblicos o los bostezos: los jóvenes quieren sustituir a los viejos.

La historia nunca se detiene. Las generaciones se suceden y la que ahora disfruta del vigor, de la plenitud física y del entusiasmo que, momentáneamente, proporciona la juventud estima que está destinada a cambiar el mundo porque aún considera que es más importante la máxima de Marx de "cambiar la historia" que la de "cambiar la vida" de Rimbaud. No hay nada nuevo en esta creencia. Nada que en la historia de la humanidad no se haya contemplado antes. Muchos de los que fuimos furiosamente jóvenes durante las fascinantes últimas décadas del siglo pasado, creímos, con la arrogancia propia de la juventud, que es tan solo una máscara para ocultar el propio desconcierto, que las minifaldas, los vaqueros, la contracultura, el pelo largo, las drogas y las canciones de Bob Dylan transformarían esta descorazonadora corteza terrestre en un lugar menos cruel, menos estúpido, menos desigual y bastante menos despiadado.

Los jóvenes de esta época, como en otro tiempo hicimos todos los demás, lo intentan; de hecho tienen que hacerlo aunque solo sea para hacerse notar.

El tiempo, cuyo transcurrir produce el mismo vértigo que asomarse al alma de quien más necesitas, ha pasado velozmente y ahora las minifaldas y los vaqueros se han convertido en un criterio estético fabricado por millones de orientales miserablemente explotados; la contracultura en una broma pesada que ha derivado en la pesada broma de los libros de auto ayuda; el pelo largo en un enfrentamiento inútil con la cotidiana nostalgia de los espejos; las drogas en un sinuoso viaje que no te conduce más que a la indigencia o al manicomio y Bob Dylan en un 'crooner' envejecido que, cuando menos, ha tenido la delicadeza de recordarnos que para cantar, lo que se dice cantar, ya estaba Frank Sinatra.

Fue divertido. Eso sí. Sobre todo si lo comparamos con lo que tuvieron que padecer las generaciones que nos precedieron. Pero a pesar de los avances sociales logrados, la vida, en esta superpoblada corteza terrestre, sigue siendo cruel, estúpida, desigual y despiadada. Los jóvenes de esta época, como en otro tiempo hicimos todos los demás, lo intentan; de hecho tienen que hacerlo aunque solo sea para hacerse notar. Pero convendría que supieran que en ese intento no hay más garantía, por lo general, que la obligada asunción de la derrota. Que no sea tan aplastante como la nuestra ya sería una victoria.

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