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Es cosa de hombres

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“Entraba a trabajar a las nueve, pero el despertador sonaba a las seis y media (…) En media hora preparaba el desayuno, levantaba a Roberto, desayunaba a toda prisa y empezaba con la comida (…) El segundo round, leche caliente, cacao soluble, tostadas para uno, cereales para el otro, solía pillarla con la comida enjaretada. Mientras preparaba los bocadillos para el recreo, la olla rápida ya había empezado a pitar. -¿Otra vez lentejas? -preguntaba alguno, pero ella contraatacaba implacablemente. -¿Llevas todos los cuadernos?- Luego los abrigaba bien, les daba muchos besos y gritaba las últimas instrucciones. –Acordaos de que hoy va la abuela a buscaros, no salgáis tarde y haced los deberes, que si no, me enfado (…) Marisa volvía a su dormitorio, se ponía la ropa que había dejado preparada la tarde anterior, cogía el bolso y salía pitando (…) Después se pintaba en la parada del autobús, en el autobús o en el baño de la primera planta. Y a las nueve en punto de la mañana entraba en su despacho como una campeona. Cuando empezaba a trabajar, ya estaba cansada, pero eso era una ventaja y no un inconveniente.” [1]

Para esta periodista imaginada –o no- por la novelista, era una ventaja poder llegar cansada al trabajo diario, porque se le abría, a partir de ese momento, un universo laboral en el que demostrar su propia identidad, su iniciativa profesional. Disponía de un trabajo que colmaba sus inquietudes y retenía sus malos pensamientos. No es, desgraciadamente, una situación demasiado repetida. Ni en su propia profesión –lastrada recientemente por una volatilidad laboral preocupante en grupos de comunicación, hasta hace muy poco referentes- ni en otras muchas repartidas por el actual mercado laboral español.

Así lo confirman, por ejemplo, los datos de la EPA del primer trimestre 2016, que señalan un crecimiento del paro, motivado principalmente por el aumento del desempleo femenino (el 50,3% del total). “La rutina no es noticia”, podría decir la Marisa periodista señalada y tendría razón. Tampoco lo es seguir insistiendo en que es obligatoria para los poderes públicos y curativo para la propia sociedad, la puesta en marcha de políticas activas de empleo con itinerarios personalizados en orientación, formación y recualificación profesional para las mujeres desempleadas de este país. A falta de noticia, sigue siendo una verdad incuestionable, necesitada de nueva argumentación, que combata su tenaz persistencia.

Los datos siguen siendo apabullantes y lastran aún más la falta de política de empleo, especialmente juvenil y femenino, de la que ha adolecido este gobierno, ahora en funciones: 64.000 empleos perdidos en los tres primeros meses del 2016, de los que el 76,6% eran de mujeres y el 23,4% los ocupaban hombres. ¿Qué credibilidad tiene la ministra de empleo en funciones, cuando insiste en que, comparativamente, estos datos son una notable mejoría respecto a otros ejercicios? ¿Puede exponer alguna medida de empleo puesta en marcha para el colectivo femenino que justifique sus afirmaciones?

Los datos siguen siendo apabullantes y lastran aún más la falta de política de empleo, especialmente juvenil y femenino, de la que ha adolecido este gobierno, ahora en funciones: 64.000 empleos perdidos en los tres primeros meses del 2016, de los que el 76,6% eran de mujeres

Sigamos aumentando la terrible estadística: el 59% de las mujeres desempleadas lleva más de un año buscando empleo (el 43%, más de dos años), lo que encierra aún mayor dramatismo a las cifras de desempleo de larga  y muy larga duración. Y no es de extrañar, cuando se contrasta con los datos en los que el empleo está más feminizado, el de servicios: sanidad, educación y dependencia, tres sectores, especialmente damnificados por el gobierno del PP en su persistente lucha por combatir el déficit público.

Si añadimos a esta espiral negativa los números del empleo parcial –sistema propiciado por el gobierno como el auténtico revulsivo para la disminución del desempleo- la cosa femenina lejos de mejorar, empeora: de los dos casi tres millones de ocupados/as a tiempo parcial, el 72% lo desempeñan en la actualidad mujeres. Traducido al lenguaje común, el resultado es diáfano: 3 de cada 4 empleos de este tipo lo realizan mujeres que ven cómo se merman sus oportunidades de salarios dignos, de prestaciones sociales complementarias, de promoción, en una palabra. Es clarificador este dato, si tenemos en cuenta, además, que el 100% de las personas ocupadas a tiempo parcial por hacerse cargo de personas dependientes son mujeres.

Son ya muchas las llamadas nacionales e internacionales que colocan a España como el tercer país europeo con nivel de pobreza más alto entre su población ocupada. Y el principal contribuyente a esta pobreza es el fomento de la jornada a tiempo parcial. Es decir, no solo esta sociedad nuestra tan moderna margina el papel que la mujer desempeña en el entramado laboral, sino que, cuando lo encuentra, se la relega a un tipo de empleo condenado a convivir con desventajas evidentes respecto del trabajador a tiempo completo. [2]

Sin embargo, siempre habrá optimistas que nos tachen de ver la botella medio vacía. Para todos ellos, mi gratitud personal por su afán tan bienintencionado como inútil. Y una simple recomendación: visiten, a modo de ejemplo, la sección diaria de curiosidades sociales que publica el diario vasco de mayor tirada, concretamente la del pasado viernes, 6 de mayo. Contemplen las fotografías y lean los nombres de los presentes en la inauguración de la VI Feria del Vehículo de Ocasión que se ha celebrado este fin de semana pasado en el BEC. Por si se aburren, se la resumo: 3 mujeres de 30 fotografiados, 15 nombradas de 71 presentes. Quizás sea que estamos hablando de un asunto propio de hombres, ¡como el auténtico Soberano!

[1] Grandes, Almudena “Los besos en el pan”. Tusquets, 2015. (pp 51-52)

[2] Combatir las barreras en el acceso, la precariedad en el empleo de las mujeres y la brecha salarial, prioridades para CCOO. Informe CCOO, 2015

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