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A desalambrar

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Iglesias llamará la noche del 26J a Sánchez si es posible un gobierno progresista

Iglesias llamará la noche del 26J a Sánchez si es posible un gobierno progresista EFE

A los jóvenes y menos jóvenes que tomaron las plazas en la primavera de 2011 se les bautizó como indignados en honor al panfleto de Stéphane Hessel. Era el llamamiento de un anciano a recuperar el espíritu igualitario que estaba siendo borrado de Europa con las políticas fundamentalistas de un neoliberalismo depredador. El gobierno de Zapatero no supo escucharles, aunque muchos de los acampados habían desfilado años atrás contra la guerra de Iraq, habían hecho circular las convocatorias contra el gobierno de Aznar que pretendía manipular la campaña atribuyendo a ETA el atentado de Madrid, ayudando con ello a llevar a Zapatero a La Moncloa; y habían aprobado muchas decisiones de su primer gobierno, como la retirada de las tropas o las leyes de igualdad, de dependencia o de matrimonio igualitario. Pero una cosa era eso y otra era mantener la dignidad ante los atropellos de la Troika. El bipartito que formaban el PSOE y el PP actuó al unísono y ninguneó a los indignados, hizo oídos sordos al clamor ciudadano y reformó con alevosía la Constitución, para introducir nuevas prioridades que alteraban el orden constitucional. Sólo un pequeño grupo de diputados y senadores del grupo socialista rompió la disciplina y se negó a apoyar la reforma

Aunque con dignas excepciones, los herederos de la vieja socialdemocracia no fueron capaces de entender el mensaje de las plazas, ni de tender puentes con los movimientos emergentes. Desde entonces, el PSOE ha perdido a la mitad de su electorado, llegando en estos momentos a una situación crítica. Su empeño en aferrarse a su historia y en desatender todos los mensajes que le envía una ciudadanía ávida de cambio puede suponer un auténtico harakiri de los socialistas españoles, en la línea de lo sucedido con el partido socialista en Italia, primero y en Grecia, después.

Por desgracia, muchas voces influyentes claman día tras día para que se tiendan nuevas alambradas y nuevas trincheras que separen a las tribus de los dos Pablos Iglesias. Por desgracia, los grandes medios de comunicación amplifican sin descanso los mensajes de estos agoreros. Por desgracia, las direcciones de ambas formaciones han cometido errores que alejan el ansia de cambio de la ciudadanía y la posibilidad de que este fructifique en un gobierno que nos saque del lodazal de corrupción, de desigualdad extrema y de saqueo de lo público en que estamos inmersos.

Aunque con dignas excepciones, los herederos de la vieja socialdemocracia no fueron capaces de entender el mensaje de las plazas, ni de tender puentes con los movimientos emergentes

Ante semejante panorama no cabe la autocomplacencia, ni caben las justificaciones fáciles que anteponen el interés de la tribu al interés general. Ninguna resignación ante una realidad social sangrante, con unos niveles de desigualdad que nos retrotraen a épocas negras de nuestra historia. Necesitamos ver un poco de luz al final del túnel que atravesamos. Y para quien quiera hacerlo, ya pueden verse algunos destellos sobre la línea del horizonte. Asistimos al deshielo de las relaciones antes cainitas entre Podemos e IU, hasta ayer rivales irreconciliables y hoy compañeros de fatigas. Ahí está también el gobierno del cambio en la Comunidad Valenciana, nido hasta hace poco de la corrupción más rampante y en la actualidad artífice de políticas muy positivamente valoradas por la ciudadanía. Ahí está, en fin, la integración del partido socialista en el gobierno del cambio de Barcelona, una ciudad que como tantas veces a lo largo de la historia, puede ser de nuevo un referente.

Pero aunque en la situación en que nos encontramos casi cualquier opción de cambio es preferible a la resignación con lo que existe, también es cierto que el mero arreglo entre las direcciones de los partidos no será suficiente. El pacto entre siglas será provisional e inestable si no va precedido y acompañado de un cese en las hostilidades más agresivas entre quienes desean un gobierno de cambio.

Las próximas elecciones van a abrir la posibilidad de ese cambio. Ningún cambio está libre de riesgos y de amenazas. De la altitud de miras de los dirigentes políticos y de la capacidad que tengan de anteponer el interés general dependerá que no se apague esa luz que se atisba al final del túnel. A nosotros nos corresponde promover el cese de las hostilidades y comenzar a desbrozar el terreno, arar y abonar, para que las semillas del cambio no caigan en tierra estéril.

A desalambrar, a desalambrar…..

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