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Ser docente hoy

Se impone la necesidad de formar en la crítica, en la selección e interpretación de estas fuentes multimedias avasalladoras.

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Es frecuente, cada vez que se acerca una efemérides, indagar en las fuentes básicas, noticias y opiniones que realcen el acontecimiento. En ocasiones, de esta búsqueda, pueden surgir sorpresas que matizan o modifican sustancialmente la opinión previa que se tenía  y abre expectativas varias que amplia el foco de atención. Algo de eso ha ocurrido cuando para conmemorar la celebración del 5 de octubre, día mundial de las personas docentes, he acudido a Internet en busca de un concepto simple: “ser docente hoy” y me he sorprendido ante la avalancha de entradas aparecidas: ¡más de 33.000!

Tras comprobar que no se trataba de un error, ni de que todas ellas tenían como autores/as a miembros de la profesión señalada –esta dato realizado de forma aleatoria, no crean-  he reafirmado mi creencia en que la educación –y, por ende, la valoración de la persona docente- importa más de lo que aparentemente pretenden hacernos creer.

Por ejemplo, se ha estudiado la figura docente a lo largo de la historia. Así, podemos apreciar la adjetivación que la docencia ha llevado en determinadas épocas, a medida que las sociedades se iban conformando. Quien se dedicaba a esta profesión, en un tiempo anterior a la Revolución Industrial, es decir, quien enseñaba las reglas gramaticales (básicamente, leer y escribir), matemáticas y a obedecer, estaba investido de una aureola de autoridad evidente: la profesión docente entonces servía  para informar, a la vez que articulaba el rol de autoridad: enseñar a cumplir las reglas establecidas. No significaba que quien se dedicaba a tal profesión dispusiera de una posición económica desahogada –de entonces parece que arranca el célebre “más pobre que un maestro de escuela”- pero sí era socialmente respetado, en un nivel social parejo al del farmacéutico/doctor y a la autoridad competente en cada pueblo.

Tras los cambios sociales que el proceso industrial produjo en los países, con la generalización de un proletariado esencial para las cadenas de montaje, la labor docente recibe un nuevo impulso, apareciendo el trabajador de la enseñanza ¡Lo que costó en esa época identificar, incluir y nombrar también a las trabajadoras de este sector, que ya curiosamente era mayoría!

Las necesidades formativas para crear especialistas en las distintas ramas productivas, aceleró la transformación de una profesión cada vez más segmentada que sacralizaba el conocimiento conceptual como única rama del saber. Son los tiempos en los que la enseñanza se subdivide y aparece la extensión de la formación profesional. En opinión de algunos, la  docencia se transforma en un simple operativo del patrón económico establecido. Se pierde valor social, pero comienza la valoración económica de la profesión, al calor de las reclamaciones sociolaborales de la masa obrera.

El profesorado se tiene que rearmar en su autoestima y abandonar la rutinización y mecanización de su trabajo, las políticas neoliberales y la dictadura curricular

La transformación digital que viene sufriendo el mundo desde los años finales del siglo pasado, hace variar nuevamente el fin de la profesión docente. Ahora la formación, a base tan solo de información pierde valor, porque las máquinas personales la suministran de forma instantánea, completa y apabullante. Se impone, por tanto, la necesidad de formar en la crítica, en la selección e interpretación de estas fuentes multimedias avasalladoras.

Sin embargo, como suele ocurrir con los cambios tecnológicos tan rápidos y profundos, los y las profesionales se van adaptando a ritmos distintos y las certezas de otras épocas –el poder de la información, la autoridad incuestionada- se tambalean. A la vez, se plantean otras cualidades como necesarias señas de identidad -innovación, curiosidad, riesgo, empatía- con escasa y lenta formación en las escuelas de magisterio, durante largos años de currículos inmaculados. Es otra época y en ella nos encontramos.

De ahí que un experto como el profesor Francisco Ibernón comience su último estudio, 'Ser docente en una sociedad  compleja', con una máxima provocadora: “No son buenos tiempos para la educación y, por tanto, tampoco para el profesorado”. Sus intenciones quedan nítidamente expuestas desde el subtítulo que acompaña el libro: la difícil tarea de enseñar. Y lo razona basándose en la complejidad que ha adquirido el proceso educativo en estos años del siglo XXI: grupos de clase de decenas de nacionalidades, nuevos modelos de familia, auge de las TICs, nuevas formas de aprender...Y una crisis económica que ha incidido especialmente en el sector educativo, en su opinión por distintos motivos: sector mayoritariamente público –es decir, no defendible por nadie-, muy numeroso, ahorro importante si se recorta, socialmente poco reconocida, vacaciones, escaso esfuerzo físico…

El libro derrocha aportaciones interesantes sobre tres capacidades propias que debe tener una persona docente actualmente: conocimiento reflexivo (qué se hace y por qué); compromiso (participar activamente del deseo de cambio de la realidad); y contexto (actuar en el envoltorio de la propia educación, no resignarse al perímetro del centro, sino interrelacionar con el barrio y su realidad, en lo que se denomina como educación expandida.  Ideas atrevidas que no son, sin embargo, nuevas. Ya en la Antigüedad clásica, el propio Sócrates creía en la educación  más como el encendido de una llama  que como el llenado de un recipiente.

Las  organizaciones internacionales (UNESCO, Internacional de la Educación, OIT, Unicef) han elegido como lema para la celebración de este año, 'Enseñar con autonomía empodera a las y los profesionales de la educación' en un deseo de potenciar la libertad de actuación  necesaria que debe guiar la acción del profesorado.  Porque dotar de autonomía significa creer en la capacidad de modificar el mundo, en la responsabilidad de aprender a escuchar y valorar al y a la diferente y en el aprendizaje del destino propio de cada cual, con sus aciertos y errores. Adela Cortina insistía en esta idea, al recordar recientemente, en la conferencia inaugural de las XVII Jornadas estatales del Foro Europeo de Administradores de la Educación (FEAE), celebrado en Valencia, las palabras de Kant. “La persona lo es por la educación; es la educación la que lo hace ser”

Efemérides como este Día mundial de la profesión docente tienen que servir para rearmar al profesorado en su autoestima y ayudarle a abandonar la rutinización y mecanización de su trabajo, las políticas neoliberales y la dictadura curricular. 

Concluyo  afirmando con Ibernón que está en nuestras manos, en nuestros actos y en nuestra palabra el afirmar con rotundidad que las cosas pueden ser de otro modo. No podemos dejarnos vencer por la resignación. El filósofo Todorov lo señala con precisión: “Aunque todo individuo sea impotente ante la enormidad de los desafíos, no deja de ser cierto que la historia no obedece a leyes inmutables, que la Providencia no decide nuestro destino y que el futuro depende de las voluntades humanas”.

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