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Pero ¿esto es fútbol?

El binomio fútbol-política necesita el complemento de los medios de comunicación, altavoz oportuno que difunda los éxitos/fracasos y ensalce/destruya los mitos futbolísticos

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No entraba en mis planes dedicar unas líneas para hablar de este universo tan peculiar, pero los últimos acontecimientos que tienen como denominador común el mundo del balompié merecen algún comentario que intentaré no condicionar con este corazón 'athleticzale'.

El fútbol es un complicado cóctel de juego, negocio, sentimiento e ideología [1]. Dependiendo de la dosis que prevalezca, se obtendrán resultados distintos. Así, cuando domina el aspecto deportivo, cada vez en menos ocasiones, prevalecen situaciones relacionadas con ocio, esfuerzo, bienestar personal, socialización de caracteres, afán de superación,… En una palabra, afloran las virtudes más positivas que desarrollan y mejoran al ser humano. Desgraciadamente, encontrar el ingrediente deportivo conlleva cada vez más rebuscar en el fútbol escolar y menos en el profesional, aunque, en ocasiones, aquel quede contaminado por otros vicios que se identifican con el futbol profesional de primera división. Así hay que recordar con pesar las célebres tarjetas negras instauradas por la Diputación de Bizkaia, en 2013, para sancionar el mal comportamiento- de jugadores/as y familiares- en el deporte escolar.

El fútbol entendido como deporte siempre incorpora un alto grado de incertidumbre, de imprevisibilidad sobre el resultado final del partido. Es el elemento más emocionante que ayuda a consolidar sentimientos encontrados entre la afición, de felicidad o de tristeza, según se trate de la victoria o derrota del club de sus amores. Se toca el cielo cada vez que los 11 jugadores/as sobre el campo son capaces de derrotar al/la contrincante, más aún si se trata del rival cercano, de la misma ciudad, provincia o nación.

En estos casos, el sentimiento identitario se refuerza, porque los/as seguidores/as encuentran una forma rápida y socialmente aceptada para identificarse con unos colores, blanco, azulgrana, rojiblanco,… Se produce la fusión entre ideología y club en cuestión de minutos y esa victoria sobre el Goliat del campeonato se transforma en el ajuste político tantas veces deseado sobre el opresor centralista o sobre el prepotente capitalista. Se produce una simbiosis entre afición, como masa seguidora y los colores de su equipo. No hay que buscar muy lejos para entender eslóganes como los de “Més que un club” o “Athletic gu gara” que traspasan ampliamente el sentido deportivo para tocar la fibra más sensible, la sentimental.

El fútbol es un complicado cóctel de juego, negocio, sentimiento e ideología. Dependiendo de la dosis que prevalezca, se obtendrán resultados distintos

Sólo así cabe entender los datos aportados por lo medios informativos de los movimientos de aficionados en los recibimientos dispensados a sus equipos. Ocurre  a nivel de selecciones (como en la reciente Eurocopa francesa: casi 200.000 galeses en las calles de Cardiff para recibir a su selección, brillante semifinalista, o los más de 15.000 en Reykjavik (Islandia, cuartofinalista del torneo). Pero la fiebre recibidora es similar con los triunfos de los equipos en sus respectivas ligas nacionales. Se vio en Leicester, modesto y sorprendente triunfador de la Premier League, por delante de todopoderosos clubes como Manchester United, City o Chelsea. A nivel más local, aunque con un despliegue de fanatismo similar, no se deben olvidar las 50.000 personas que acompañaron la victoria atlética en la Supercopa por las calles de Bilbao, o las más de 20.000 que arroparon en los mismos hitos urbanos a las futbolistas rojiblancas.

Sin embargo, la derrota del equipo genera frustración frecuentemente y, en ocasiones, violencia mal contenida. En la  Eurocopa 2016 han sido detenidas más de 1.550 ultras y se han necesitado más de 90.000 personas para mantener el dispositivo de seguridad. Hemos visto con estupor las cargas policiales en Marsella, intentando contener la violencia desbordada entre las aficiones rusa e inglesa, o las barricadas incendiarias ante la propia Torre Eiffel, por el descontento provocado en una afición imposibilitada para seguir accediendo a la “zona fan”, el mismo día de la final. (¿Esto es fútbol? Se decían bienintencionados aficionados, atónitos ante las imágenes televisivas)

El fútbol, de este modo, se convierte en un cajón de frustraciones, de sueños rotos, de héroes caídos, en el que la política no queda ajena. Ya se ha estudiado en otras ocasiones el simil de este deporte con aquella máxima romana de “pan y circo”. Así entendido, el fútbol, como distracción, era programado, ensalzado y fomentado por los gobiernos  que lo utilizaban –y siguen haciéndolo- para desviar la atención de situaciones que podrían resultarles conflictivas. Es conocida la manipulación que el dictador Videla hizo de la selección argentina durante el Mundial 78. En palabras de Santiago Flores, los goles de Kempes ocultaron al mundo la protesta de las Madres de la Plaza de mayo por la crudeza de la dictadura militar.

Ese binomio fútbol-política necesita el complemento de los medios de comunicación, altavoz oportuno que difunda los éxitos/fracasos y ensalce/destruya los mitos futbolísticos. Porque  de esa colaboración, todos salen bien parados, especialmente los medios, que ven cómo sus cifras de negocio se disparan. Dos ejemplos: 1.- Mediaset, canal español que retransmitió la Eurocopa 2016, registró 10 millones de  televidentes durante el España-Croacia y 8 millones en la final en la que Portugal se coronó campeón. Y 2.- El diario Marca, especializado exclusivamente en noticias deportivas, según el último Estudio General de Medios[2] es el periódico más leído en España con 2.036.000 lectores diarios; el siguiente, El País, con dificultad consigue agrupar a 1.419.000.

Por eso no resulta extraño entender que un empresario deportivo y mediático como Silvio Berlusconi se convirtiese en presidente del gobierno de Italia. Sólo es el caso más sintomático, aunque no el único, porque en menor nivel las puertas giratorias han funcionado continuamente en ambos sentidos (Jesús Gil, fue otro buen ejemplo patrio).  De nuevo la identificación sentimental de colores e ideología surge. De ahí que resulte muy normal convivir en los distintos campos de juego con grupos de ultraderecha o de izquierda radical, que vociferan sus cantos o enseñan sus banderas anticonstitucionales con casi absoluta impunidad y ante la mirada indiferente del resto de la afición. (Esto sí es futbol, dicen orgullosos otros aficionados, complacidos por los gritos de apoyo al equipo de sus amores, aunque vayan intercalados de interjecciones soeces hacia el árbitro o las estrellas del equipo rival. “El futbol está por encima de la política”, argumentan estos optimistas del balón, aunque olviden, por ejemplo, que San Mamés, catedral reconocida entre los templos futboleros, nunca ha dedicado un minuto de silencio por las más de ochocientas víctimas terroristas sufridas en este país).

Con todo, el elemento inicialmente más extraño al futbol en sus inicios, pero que hoy es impensable disociar de este deporte es el económico. No se trata de volver con nostalgia al amateurismo inicial de los equipos. La profesionalización del deporte, en general, trajo ventajas e inconvenientes que están a la vista: popularización, especialización y espectáculo en dosis distintas. Pero el salto cualitativo producido en las últimas décadas ha convertido el fútbol en un producto de mercado, en un negocio. Lo que interesa ahora es abrir mercados hasta hace unos años inaccesibles (Sudeste asiático o el mismísimo EE.UU.) Lo que interesa ahora es que las empresas multinacionales se transformen en patrocinadoras de eventos planetarios (McDonals, Ford, Play Station) o en propietarias de equipos punteros con opciones de ganar cualquier título (Bayer, Red Bull, Volkswagen, Petronor).

Para conseguirlo no hay que reparar en gastos (desembarco de las grandes cadenas televisivas en las principales ligas europeas con cifras astronómicas por contratos de emisión a cambio de los derechos de retransmisión) ni en obstáculos legales (sociedades offshore, o directamente fraudes a las haciendas públicas nacionales). El fin –el espectáculo- justifica los medios, aunque para ello haya que conocer situaciones tan vergonzantes como la campaña realizada por el Barcelona  (TodosSomosMessi) en apoyo incondicional  a su jugador estrella, defraudador reconocido. Por si aún no quedase claro que se trataba de un acto de cariño hacia el superclase, el presidente del club blaugrana lo explicitó: “Leo quien te ataca a ti, ataca al Barca y a su historia. Nos vamos a defender hasta el final. ¡Siempre juntos! [3]

Pues sí, esto es el fútbol, al menos el de 2016. Dada la gran repercusión social que tiene podría utilizarse para construir una sociedad plural con valores éticos donde la igualdad, la solidaridad y el compañerismo fuesen elementos de identidad. Una sociedad mejor, en una palabra. Habrá que esperar…

 

[1] Flores Álvarez-Ossorio, Santiago “Futbol y manipulación social” diciembre, 2013

[2] Abril 2015-mayo 2016

[3] El Mundo, 9 julio 2016

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